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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Obviamente «la de blanco» era Kahlan, y también sabía qué significaba «darles felicidad y jolgorio».

Asimismo pensó en la profecía que la hermana Verna le había contado, la que decía: «Él es el portador de la muerte, y así se llamará a sí mismo». A decir de la Hermana, esa profecía aseguraba que el poseedor de la espada era capaz de resucitar a los muertos, conjurar el pasado en el presente. Desazonado, Richard se preguntó qué podría significar eso.

En el campamento encontró a la hermana Verna en cuclillas junto al fuego, cocinando una torta de cereal. Al percibir ese aroma, su estómago protestó. El paraje, escasamente arbolado, empezaba a despertar al nuevo día, cuya llegada los sonidos de animales e insectos se encargaban de anunciar. Desde los altos árboles de exiguo follaje cantaban grupos de pequeños pájaros oscuros, mientras que las ardillas grises correteaban por las ramas persiguiéndose. Richard ensartó el conejo en un pincho que luego colgó sobre el fuego, mientras la hermana Verna continuaba ocupada con la torta.

— Te he traído el desayuno. Creí que te gustaría comer algo de carne.

La única respuesta fue un gruñido.

— ¿Sigues enfadada conmigo por salvarte la vida?

Pausadamente la mujer agregó otra ramita a las llamas.

— No estoy enfadada contigo por salvarme la vida, Richard.

— Creí que habías dicho que el Creador detesta las mentiras. ¿Piensas que él te cree? Yo no.

El rostro de la mujer se puso tan colorado, que Richard pensó que su rizada cabellera iba a arder.

— No blasfemes.

— ¿Acaso mentir no es una blasfemia?

— Richard, no entiendes por qué estoy enfadada.

El joven se sentó en el suelo, se cogió los tobillos y cruzó las piernas.

— Quizá sí que lo entiendo. Se suponía que tú debías protegerme y no al revés. Tal vez sientes que has fallado. Pero yo no lo creo. Ambos nos limitamos a hacer lo que debíamos para sobrevivir.

— ¿Tú crees? —Un abanico de finas arrugas se desplegó alrededor de los ojos de la mujer al entrecerrarlos—. Si mal no recuerdo, cuando Bonnie, Geraldine y Jessup conducen a la gente al otro lado del río de aguas envenenadas, algunas personas mueren.

— De modo que es cierto que leíste el libro —repuso Richard, risueño.

— ¡Ya te lo dije! Corrimos un riesgo del todo insensato. Podríamos haber muerto los dos.

— No teníamos otra opción.

— Siempre tienes una opción, Richard. Eso es lo que trato de enseñarte. Los magos que crearon el valle de los Perdidos también creyeron que no tenían otra opción y solamente lograron empeorar las cosas. —La Hermana se sentó sobre sus talones—. Usaste tu han sin ser consciente de las consecuencias.

— ¿Qué otra opción teníamos?

Con las manos sobre las rodillas, la mujer se inclinó hacia adelante.

— Siempre tenemos otra opción, Richard. Esta vez tuviste suerte de no matarte al usar tu magia.

— ¿Se puede saber de qué estás hablando?

La hermana Verna cogió una alforja y empezó a rebuscar en el interior hasta sacar una bolsa de tela verde.

— Tienes sangre de la bestia en el brazo. ¿Te picó alguno de los bichos?

— En las piernas.

— Enséñamelo.

Richard se subió las perneras y le mostró las picaduras hinchadas y enrojecidas. La mujer meneó la cabeza y, susurrando para sí, sacó de la bolsa primero una botella y luego otra.

A continuación recogió un palito del suelo, lo mojó en la pasta blanca que contenía una de las botellas y la extendió sobre la parte plana de la hoja de un cuchillo. El palito lo arrojó al fuego. Entonces cogió otro, lo mojó en la pasta oscura que contenía la segunda botella y la mezcló con la anterior sobre la hoja del cuchillo, tras lo cual la extendió por el filo. Después también arrojó al fuego el segundo palito, que aún tenía algo de pasta. Richard se estremeció cuando una bola de fuego al rojo vivo explotó y salió disparada hacia lo alto, disipándose a medida que se elevaba para, finalmente, convertirse en una hirviente nube de humo negro.

— Claro y oscuro, tierra y cielo —dijo la Hermana, alzando el cuchillo para mostrarle la pasta gris que cubría la hoja—. Magia que curará lo que, de otro modo, te mataría antes de acabar el día. Tienes un talento especial para meterte en líos, Richard. A cada paso que das, te metes en uno peor. Vamos, ven aquí, acércate.

Richard hundió los talones y bordeó el fuego.

— ¿Estabas tratando de decidir si debías o no ayudarme?

— Claro que no. Las pastas están hechas con una poderosa magia, una magia muy compleja que contrarrestará el efecto de la ponzoña que te inyectaron los insectos. Si te la aplico demasiado pronto, te matará. Y, si me demoro demasiado, serán las picaduras las que te maten. Debe ser el tipo de magia correcto en el momento adecuado. Simplemente estaba esperando que llegara ese momento.

Richard quería discutir con ella, pero en vez de eso dijo:

— Gracias por ayudarme. —Antes de inclinarse sobre las picaduras, la Hermana frunció el entrecejo—. ¿Hermana, por qué has dicho que empeoraba las cosas?

— Estás actuando de un modo temerario. Usar magia es peligroso no sólo para los demás, sino también para quien la conjura.

Richard hizo un gesto de dolor cuando la mujer pasó el cuchillo por encima de una de las picaduras, primero en un sentido y luego en el otro, cortando en forma de aspa. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

— ¿Cómo puede ser peligroso para mí?

La Hermana se concentró mientras se inclinaba sobre la pierna del joven murmurando un ensalmo y rozando con el cuchillo la carne hinchada. Richard tuvo que hacer esfuerzos para no pegar un brinco cuando cortó la siguiente picadura. Aunque eran superficiales, los cortes le escocían terriblemente.

— Es como encender fuego en el corazón de un bosque seco de yesca. Tú te encuentras en el centro del fuego, en el centro de lo que tú mismo has provocado. Lo que hiciste fue estúpido y peligroso.

— Hermana Verna, tan sólo trataba de seguir vivo.

— ¡Y mira los resultados! —exclamó ella, dándole con un dedo en una de las dolorosas picaduras—. Si no te curo, morirás. —Una vez hubo acabado con las piernas, pasó a los brazos—. Cuando esas bestias nos atacaron, creíste que nos salvabas, pero todo lo que hiciste solamente sirvió para aumentar el peligro.

Al acabar sostuvo el cuchillo sobre el fuego. Una delgada lengua de fuego blanco brotó con furia del acero y consumió los restos de la pasta. La Hermana mantuvo el cuchillo sobre las llamas hasta que no quedó nada de la pasta ni de la lengua de fuego blanca.

— Si no hubiera actuado, Hermana, ahora estaríamos muertos.

— ¡Yo no digo que hicieras mal en actuar! —La mujer agitó el caliente acero en su dirección—. ¡Lo que digo es que no actuaste de la forma correcta! ¡Usaste un tipo de magia equivocado!

— Usé la única que tenía: la espada.

La Hermana arrojó el cuchillo, que fue a clavarse con un ruido sordo en uno de los leños.

— Es peligroso actuar sin conocer las consecuencias de la magia que uno conjura.

— Bueno, todo lo que tú hacías era inútil.

La hermana Verna se balanceó hacia atrás hasta quedar sentada sobre los talones, lo miró fijamente un momento y enseguida se volvió para colocar de nuevo las botellas en la bolsa verde.

— Lo siento, Hermana. No quería decir eso. No lo pensaba de verdad. Lo único que quería decir es que tú no eras capaz de sentir el camino y que yo sabía que, si nos quedábamos allí, no saldríamos con vida.

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