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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¿Cuándo hice yo una profecía? —Richard frunció el entrecejo.

— No sólo la hiciste, sino que usaste tu han sin ser consciente de ello, recurriste a una profecía sin conocer su contenido; hiciste algo en el pasado que te ayudará en el futuro.

— ¿De qué estás hablando?

— Destruiste los bocados de los caballos.

— Ya te dije entonces por qué lo hacía. Son muy crueles.

La Hermana negó con la cabeza.

— Justamente de eso estoy hablando; crees que lo hiciste por una razón, pero en realidad el propósito de esa acción era otro. Tu consciente simplemente trata de racionalizar lo que tu han está haciendo. Cuando huíamos del valle, yo creí que tu idea era descabellada y traté de frenar mi caballo. Pero no pude porque no tenía bocado.

— ¿Y qué?

— Porque destruiste los bocados en el pasado fuiste capaz de mantener una promesa en el futuro. Eso es usar una profecía. Estás blandiendo el hacha a ciegas.

Richard la miró con escepticismo.

— Me parece que esa interpretación es ir demasiado lejos, incluso para ti.

— Sé cómo funciona el don, Richard.

El joven reflexionó sobre ello, pero finalmente decidió que no quería creerla, aunque también decidió que no quería discutir con la Hermana sobre ese asunto. Había otras cosas que deseaba preguntarle.

— ¿Ya has llenado ese librito? No te he visto escribir en él.

— Ayer envié un mensaje que decía que habíamos atravesado el valle. Es un libro mágico, y con la magia borramos los viejos mensajes. Lo borré todo excepto dos páginas, pero con lo que añadí ayer ahora hay tres páginas llenas.

Richard partió una esquina de la torta, aún caliente.

— ¿Quién es la Prelada?

— Es la superiora de las Hermanas de la Luz. Es la… —La mujer entornó los ojos—. Nunca la he mencionado. ¿Cómo conoces su existencia?

Richard se lamió las migas que le habían quedado en los dedos.

— Lo leí en tu libro.

Inmediatamente la mano de la Hermana voló hacia su cinturón para comprobar que el libro seguía allí. Sí estaba, como siempre.

— ¿Te has atrevido a leer mis mensajes privados? ¡No tienes ningún derecho! Pienso…

— Cuando lo hice estabas muerta —la atajó Richard—. Al matarte a ti, o a la ilusión de ti, el libro cayó al suelo y yo lo leí.

La mujer se relajó.

— Oh. Bueno, no era más que parte de la ilusión. Como ya te he dicho, en la vida real las cosas son distintas.

Richard partió otro pedazo de torta.

— Sólo había dos páginas escritas, como en el libro verdadero. No añadiste la tercera hasta que salimos del valle. Hasta entonces sólo eran dos.

— Ilusión, Richard —repuso ella, observando cómo comía la torta.

— En una página decía: «Soy la Hermana que está al cargo de este muchacho. Estas directivas no son solamente irrazonables sino también absurdas. Exijo conocer el significado de estas instrucciones. Exijo saber con qué autoridad han sido dictadas. Atentamente, hermana Verna Sauventreen, servidora de la Luz». Y en la segunda página estaba escrito: «Obedecerás las instrucciones o sufrirás las consecuencias. No te atrevas a poner nunca más en duda las órdenes de palacio. De mi propia mano, la Prelada».

La Hermana había palidecido.

— No tenías ningún derecho a leer algo que no te pertenecía.

— Como ya he dicho, entonces estabas muerta. ¿Cuáles eran esas instrucciones sobre mí que te enojaron tanto?

El color regresó a la faz de la Hermana de golpe.

— Tiene que ver con un tecnicismo. Tú no lo entenderías y, de todos modos, tampoco es asunto tuyo.

— ¿Que no es asunto mío? —Richard enarcó una ceja—. Afirmas que solamente estás tratando de ayudarme pero me has hecho tu prisionero, ¿y dices que no es asunto mío? Llevo un collar alrededor del cuello con el que puedes causarme daño, tal vez incluso matarme, ¿y dices que no es asunto mío? Declaras que debo obedecerte, que debo confiar en ti y creerme las cosas que me dices, pero esa confianza se tambalea a cada nueva cosa que descubro, ¿y no es asunto mío? Afirmas que lo que viví en la ilusión no es como las cosas de la vida real, pero yo descubro que sí, ¿y dices que no es asunto mío?

La hermana Verna enmudeció. Lo miraba sin ninguna emoción. Lo miraba, pensó el joven, como quien observa a un insecto metido en una caja.

— Hermana Verna, ¿puedes aclararme algo que no puedo quitarme de la cabeza?

— Si puedo…

Richard se acercó aún más al cuerpo las piernas sobre las que estaba sentado y se esforzó para que ni una pizca de hostilidad se filtrara en su voz.

— La primera vez que me viste te sorprendió que fuese un adulto. Creíste que sería un niño.

— Es cierto. Algunas Hermanas en palacio localizan a los nacidos con el don. Pero tú permaneciste oculto a nosotras, por lo que nos costó mucho tiempo encontrarte.

— Pero tú misma me dijiste el otro día que te habías pasado media vida lejos de palacio, buscándome. Si pasaste más de veinte años buscándome, ¿cómo podías esperar que fuese un niño? Deberías haberte imaginado que sería un adulto, a no ser que no supieras que había nacido y emprendieras la búsqueda mucho antes de que alguien en palacio me localizara.

— Es como dices. Es algo que nunca antes había ocurrido —repuso ella con voz cautelosa y sosegada.

— ¿Y por qué empezasteis a buscarme antes de que ninguna de las Hermanas percibiera que había nacido alguien con el don?

La mujer escogió las palabras cuidadosamente.

— No sabíamos con exactitud cuándo nacerías, pero te esperábamos. Por eso fuimos enviadas a buscarte.

— ¿Cómo sabíais que nacería?

— Se anuncia en una profecía.

Richard asintió. Deseaba saber más acerca de esa profecía que hablaba de él y por qué pensaban las Hermanas que era tan importante, pero estaba siguiendo una pista que no quería abandonar.

— Así pues, ¿sabías que podrían pasar muchos años antes de que me encontrarais?

— Sí. No sabíamos cuándo nacerías. Solamente sabíamos que tu nacimiento se produciría dentro de unas décadas determinadas.

— ¿Cómo se eligen las Hermanas que deben emprender la búsqueda?

— La Prelada las elige.

— ¿Y vosotras no tenéis ni voz ni voto?

La Hermana se puso tensa como si temiera que, sin querer, se estuviera poniendo ella misma la soga al cuello, pero el impulso de proclamar su fe fue más fuerte.

— Las Hermanas trabajamos al servicio del Creador. Ninguna de nosotras tenía ninguna razón para oponerse. Nuestro único propósito es ayudar a los poseedores del don. El hecho de ser elegida para salvar a los nacidos con el don es uno de los mayores honores que puede recibir una Hermana.

— ¿Ninguna de las elegidas anteriormente tuvo que sacrificar tantos años de su vida para rescatar a un poseedor del don?

— No. Nunca he oído que les costará más de un año. Pero sabía que la misión que me asignaban podía durar décadas.

Richard sonrió para sí. Entonces se inclinó hacia atrás y estiró los músculos.

— Ahora ya lo entiendo —proclamó con aire triunfante.

— ¿Qué es lo que entiendes? —inquirió ella, recelosa.

— Entiendo por qué me tratas como lo haces, hermana Verna. Entiendo por qué te opones a mí en todo y por qué estamos siempre como perro y gato. Entiendo por qué estás resentida conmigo, por qué me odias.

La Hermana presentaba el mismo aspecto que alguien que espera que el suelo se abra a sus pies y se lo trague.

— Yo no te odio, Richard —protestó.

— Sí que me odias, y no te culpo por ello. Lo entiendo. Por mi culpa tuviste que renunciar a Jedidiah.

La mujer se estremeció como si la soga acabara de estrecharse en torno a su cuello.

— ¡Richard! Te prohíbo que me hables de ese…

— Es por eso por lo que estás resentida conmigo. No por lo que sucedió a tus compañeras, sino por Jedidiah. Si no fuese por mí, estarías con él. Habrías estado con él estos últimos veinte años. Tuviste que renunciar al amor de tu vida para emprender esta maldita búsqueda. La Prelada te eligió y tú no tuviste elección; tenías que ir. Es tu deber, y por tu deber perdiste a tu amor y a los hijos que podríais haber tenido. Por mi culpa. Por eso me odias.

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