La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Se oyó el sonido de las botellas entrechocando en el interior de la bolsa. Era como si no lograra colocarlas justo como ella quería.
— Richard, tú crees que lo que debes aprender con nosotras es a controlar el don, a usar la magia. Ésa es la parte sencilla. Lo difícil es saber qué tipo de magia usar, cuánta, cómo, cuándo y las consecuencias de hacerlo. La clave de todo es el cuándo, cómo, cuánto y qué; como la magia que acabo de aplicar a las picaduras.
»Sin esos conocimientos, eres como un ciego que blandiera un hacha en medio de un grupo de niños —prosiguió, mirándolo muy seria—. No tienes ni idea del peligro que creas cuando usas magia. Nosotras trataremos de enseñarte a mirar antes de blandir el hacha.
— Nunca lo había visto de ese modo —fue la réplica de Richard, mientras arrancaba hierbas a sus pies.
— Tal vez debería estar enfadada conmigo misma, y no contigo, por ser tan estúpida. Me creí inmunizada contra cualquier engaño para hacerme caer en una trampa. Te doy las gracias por salvarme, Richard.
El joven se enrolló un largo tallo de hierba alrededor de un dedo.
— Sentí tanto alivio al encontrarte… Creí que estabas muerta. Me alegro de que no sea así.
La mujer había sacado todas las botellas de la bolsa y las había dejado en el suelo.
— Podría haberme perdido en ese encantamiento por toda la eternidad.
— ¿Qué quieres decir?
Al joven le pareció que había más botellas de las que podrían caber en esa bolsa, pero él mismo había visto cómo las sacaba de allí.
— Otras veces hemos tratado de rescatar a algunas Hermanas. Hemos visto a Hermanas y a sus pupilos perdidos en hechizos de embeleso. La primera vez que crucé el valle vi a una. Pero nunca hemos sido capaces de rescatarlas. Algunas Hermanas incluso han muerto en el intento. Tú usaste magia.
La mujer empezó a meter de nuevo las botellas en la bolsa.
— Usé la espada. La espada posee magia, ya lo sabes.
— No. No usaste la magia de la espada, sino tu han, aunque no te dieras cuenta de ello. Usar el han guiándose por el deseo, pero sin saber que se hace, es la cosa más peligrosa que existe.
»Cuando me llamaste, te oí. Las Hermanas hemos tratado de llamar a otras, pero nunca nos han oído. Ni una sola vez.
— Simplemente no sabíais cómo hacerlo. Tú tampoco podías oírme hasta que atravesé una especie de brillante muro que te rodeaba. Entonces sí pudiste hacerlo. El truco consiste en atravesar primero ese muro.
— Eso ya lo sabemos, Richard —objetó ella suavemente, apartando botellas a ambos lados para hacer sitio—. Hemos probado todo tipo de magia, pero nunca hemos sido capaces de atravesar el muro de uno de esos encantamientos, ni romperlo. Ni siquiera hemos podido captar la atención de las Hermanas atrapadas en ellos. Nadie había podido ser liberada de un encantamiento de embeleso. Gracias, Richard. —Finalmente la Hermana colocó la última botella y se volvió para mirar al joven a la cara.
Él se encogió de hombros al tiempo que se deshacía del tallo de hierba arrollado alrededor de un dedo.
— Bueno, era lo mínimo que podía hacer para compensarte.
— ¿Compensarme por qué?
— Bueno… —Richard estaba muy ocupado bajándose las perneras de los pantalones—… antes de salvarte, podríamos decir que te maté.
— ¿Qué hiciste qué? —inquirió la Hermana, inclinándose hacia él.
— Me estabas haciendo daño con tu magia, con el collar.
— Lo siento, Richard. Estaba hechizada y no era dueña de mis actos. No era mi intención hacerte daño.
— No, no me refiero a eso. Fue antes. En la torre blanca.
La mujer se aproximó aún más a él y le dijo, haciendo rechinar los dientes:
— ¿Entraste en una torre? ¿Estás loco o qué? ¡Ya te dije qué son esas torres! ¿Por qué eres tan…
— Hermana, no tenía opción.
— Otra vez con las mismas. Te advertí de lo peligrosas que son esas torres. ¡Te avisé que te mantuvieras alejado de ellas!
— Escúchame; caían rayos por todas partes y no podía escapar. Yo… bueno, no se me ocurrió otra solución. Me zambullí a través de un arco y me refugié en el interior de una torre.
— ¿Es que eres incapaz de seguir ni la más simple de las indicaciones? ¿Siempre tienes que comportarte como un niño?
Richard la miró sin alzar la cabeza.
— Ésas fueron exactamente tus palabras. Entraste en la torre. Yo estaba convencido de que eras tú. Estabas furiosa conmigo, tanto como ahora, y empleaste esas mismas palabras.
El joven apretó los dientes y se señaló con un dedo el collar que llevaba al cuello.
— Usaste esto para lanzarme contra el muro e inmovilizarme. ¿Puede hacer eso el collar, Hermana?
— Sí. —La Hermana se sentó, mucho más calmada ya—. Nosotras no poseemos el poder de un mago, el han masculino. El collar aumenta nuestro poder para que seamos más fuertes que quien lo lleva puesto. De ese modo podemos enseñarle.
— Después lo usaste para causarme dolor. Era un dolor muy real, igual que el que me provocaste cuando estabas atrapada. Pero mucho más fuerte, y no acababa. ¿Puede hacer eso el collar, Hermana? —preguntó Richard, muy enfadado.
La hermana Verna arrancó una mata de hierba y empezó a limpiarse las manos con ella, eludiendo la mirada del joven.
— Sí —contestó al fin—. Pero no era más que una visión, Richard. No era real.
— Yo te dije que dejaras de hacerme daño o te obligaría a ello. Pero tú seguías, por lo que conjuré la magia de la espada y rompí el vínculo de poder que me retenía. Tú te pusiste furiosa y dijiste que acababa de cometer mi último error y que ibas a matarme por osar oponerme a ti. Ibas a matarme, Hermana.
— Lo siento, Richard —susurró la mujer, que alzó la vista hacia él—. Siento que tuvieras que pasar por eso. —Su voz se hizo más enérgica para preguntar—. ¿Y bien? ¿Qué me hiciste o, mejor dicho, qué hiciste a la visión de mí?
El joven se inclinó hacia adelante y rozó con la yema del dedo índice el hombro de su acompañante.
— Te corté en dos con la espada. Justo por aquí.
La Hermana se quedó petrificada y palideció ligeramente. Pero, con un esfuerzo, recuperó la compostura.
— No quería hacerlo —se disculpó Richard, arrancando de nuevo briznas de hierba que crecían a sus pies—, pero estaba convencido de que ibas a matarme.
— No lo dudo, Richard. Pero te repito que sólo era una visión. De haber sido real, las cosas no habrían sucedido así. No hubieras podido matarme.
— ¿A quién estás tratando de convencer, Hermana? ¿A mí o a ti misma?
— Las cosas que viste no son como en la vida real, Richard —repuso ella, devolviéndole ahora la mirada—. Son simples ilusiones.
Richard lo dejó pasar. Dio la vuelta al conejo para que se tostara por el otro lado y apartó a un lado la bandeja de hierro con la torta de cereales para que se enfriara.
— Sea como sea, cuando te vi de nuevo no sabía si eras una visión o eras real, pero deseaba de verdad que estuvieras viva. Yo no quería matarte. Además —añadió, alzando la vista y sonriendo—, te había prometido que lograríamos cruzar el valle de los Perdidos.
— Sí, lo prometiste. Tus palabras las dictaba más el deseo que la sensatez.
— Hermana, me limité a hacer lo posible por sobrevivir y ayudarte a ti también a hacerlo.
La mujer suspiró y sacudió la cabeza.
— Richard, sé que estás tratando de hacerlo lo mejor posible, pero debes comprender que lo que tú crees que es lo mejor, no necesariamente lo es. Estás apelando a tu han sin saber lo que haces ni darte cuenta de que lo haces. Estás corriendo unos riesgos que ni te imaginas.
— ¿De qué modo estaba usando mi han?
— Los magos hacen promesas que su han se esfuerza por cumplir. Tú me prometiste que me ayudarías a cruzar el valle, que me salvarías. Pero al hacerlo te acogiste a una profecía.