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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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La mujer descruzó las piernas, extendió hasta el suelo los pies calzados con chinelas y se apoyó sobre ellos. Cuando el muchacho se deslizó de su brazo, el peso muerto de su cabeza golpeó contra el suelo. Brazos y piernas cayeron torcidos hacia un lado. El chico llevaba ropas mugrientas. Asqueada, la mujer se limpió las manos en la falda.

— ¿Por qué no entras, Jedidiah? —La voz de la mujer resonó en la fría piedra—. Sé que estás ahí. No trates de esconderte.

Lentamente la pesada puerta se abrió con un chirrido y una oscura figura avanzó hasta situarse al alcance de la luz de la vela que ardía encima de una desvencijada mesa, único mobiliario de la pieza subterránea. Jedidiah se quedó mirando en actitud relajada y silenciosa, mientras el resplandor anaranjado se desvanecía de los ojos de la mujer hasta adquirir de nuevo su pálido color azul con motas violeta.

La mirada del joven se posó en la estatua que ella aún sostenía.

— Su propietaria me ha enviado a buscarla. La quiere de vuelta.

— ¿Lo sabe? —inquirió la Hermana con una sonrisa más amplia—. No importa —añadió, encogiéndose de hombros—. Toma, ya no la necesito… de momento.

El rostro de Jedidiah era una máscara de placidez mientras recogía la estatua.

— No le gusta que «tomes prestadas» sus cosas.

La mujer acarició la mejilla del joven con un dedo.

— No es a ella a quien sirvo. Me importa un pepino qué le gusta y qué no.

— Harías bien en que te importara un poco más.

— ¿De veras? —Su sonrisa se iluminó—. Yo podría darte el mismo consejo. Poseía el don —dijo, girando el cuerpo para coger un brazo del muchacho que yacía en el suelo sin vida. Lentamente sus ojos volvieron a posarse en los de Jedidiah, y la sonrisa desapareció por completo, como si sólo hubiera sido un espejismo—. Ahora es mío —anunció con un susurro cargado de veneno.

Un ligero gesto de perplejidad distorsionó la perfecta máscara del joven.

— ¿Crees que para eso necesito la ceremonia, Jedidiah? ¿El ritual en el bosque Hagen? —Lentamente negó con la cabeza—. Ya no. Eso es sólo la primera vez, porque somos hembras, y el han femenino no puede absorber el han masculino. Pero ahora que poseo el don de un hombre, puedo absorber el de otros sin necesidad del ritual.

»Y tú también, Jedidiah —susurró, acercando su rostro al del joven hasta casi tocarlo—. Con el quillion tú también puedes. Yo podría enseñarte. Es tan sumamente fácil. Simplemente le enseñé el rito de unión para tratar de revelarle su han. —La mejilla de la Hermana rozó la de Jedidiah mientras le susurraba al oído—. Pero no sabía cómo controlar su don. Creé un vacío en el quillion. —La mujer se apartó para estudiar los ojos del joven—. Ese vacío le succionó la vida y también el don. Ahora me pertenece a mí.

Jedidiah estudió los ojos de la mujer un momento antes de echar un vistazo al cuerpo.

— No recuerdo haberlo visto.

— No juegues conmigo, Jedidiah —siguió susurrando ella casi pegada al joven mago—. Lo que realmente quieres saber es dónde lo he encontrado y por qué las Hermanas no, si realmente poseía el don.

Jedidiah se encogió de hombros con indiferencia.

— Si poseía el don, ¿por qué no lleva collar?

— Porque era aún muy joven —contestó la Hermana, ladeando la cabeza—. Su han era demasiado débil para que las demás Hermanas lo detectaran. Pero no demasiado débil para mí —añadió, ladeando la cabeza al otro lado. Acto seguido rozó con su nariz la nariz del joven—. Estaba aquí mismo, en la ciudad, bajo sus mismas narices. Probablemente era el fruto de un devaneo de uno de vosotros. Sois unos chicos muy malos.

— Muy eficiente. Así te ahorras tener que escribir un informe y contestar preguntas curiosas.

— Sé buen chico y deshazte de él por mí —le pidió la Hermana, bajando la vista hacia el cadáver—. Lo encontré viviendo en la miseria cerca del río. Tíralo allí. Nadie hará preguntas.

— ¿Me estás pidiendo que te haga el trabajo sucio? —Jedidiah enarcó una ceja.

La mujer le acarició el cuello, donde llevaba el rada’han.

— No cometas el error de tomarme por una simple Hermana, Jedidiah. Ahora poseo el don masculino, igual que tú. Y sé cómo usarlo. Ni te imaginas cómo aumenta ese poder cuando añades el han de otro.

— Parece que te estás convirtiendo en una Hermana que hay que tener en cuenta. Cualquier persona sensata iría con mucho cuidado contigo.

— Eres muy listo, Jedidiah —lo felicitó ella, dándole suaves cachetes en la mejilla.

»¿Sabes, Jedidiah? —añadió con un ligero frunce de preocupación, mientras deslizaba las manos hasta la cintura del joven—. Es posible que creas que tu don te hace muy poderoso, pero creo que deberías empezar a preocuparte. Hasta ahora nadie ha desafiado tus habilidades ni el lugar que por derecho te corresponde entre los magos de palacio. Pero se acerca uno nuevo, uno que llegará pronto. Jamás has conocido a nadie como él. Creo que, cuando llegue, dejarás de ser el orgullo de palacio.

El semblante del joven no reveló ninguna emoción, pero poco a poco se fue poniendo colorado.

— Bueno, has dicho que te gustaría enseñarme —dijo, levantando la estatua.

La Hermana agitó un dedo frente a su cara.

— No, no, no. Ése es mío. Tú elige a otro cualquiera. Cualquier don aumentará tu poder, pero ése es mío.

Jedidiah agitó la estatua frente al rostro de la Hermana.

— Es posible que la propietaria de esto tenga algo que decir. Tiene sus propios planes para el nuevo.

— Lo sé —repuso ella con una sonrisa torcida—. Y tú vas a mantenerme informada de sus planes.

— ¿Por qué debería hacerlo? —inquirió Jedidiah enarcando una ceja.

La sonrisa de la mujer se amplió a ambos lados de la boca.

— Te tengo reservado algo muy especial. —Las manos de la Hermana se enseñorearon de los dos lados de las caderas de Jedidiah, notando la firmeza de sus juveniles músculos bajo la túnica—. Eres bueno con las manos, tienes un talento especial para trabajar objetos de metal. Quiero que hagas algo por mí, algo imbuido de magia. He oído que ése es uno de los talentos de tu don.

— ¿Qué quieres: una chuchería, un amuleto tal vez, en oro o en plata?

— No, no, mi querido muchacho. Quiero que trabajes acero. Para empezar, reúne el acero de un centenar de puntas de espada. Pero deben ser espadas muy especiales. Tómalas de la armería. Deben ser puntas de espadas antiguas que hayan sido usadas y hayan atravesado carne en combate.

— ¿Y qué quieres que haga luego?

— Ya hablaremos de eso más tarde —respondió ella, deslizando hacia arriba una mano por la parte interior del muslo.

La mujer sonrió al notar el rápido efecto de su caricia.

— Debes de sentirte muy solo desde que Margaret se marchó. Muy, muy solo. Creo que necesitas una amiga que te comprenda. ¿Sabías que el han masculino te proporciona una comprensión única del macho? Ahora veo con una nueva luz qué es lo que os gusta a los hombres. Creo que tú y yo vamos a ser muy buenos amigos y, como mi amigo especial, voy a darte la recompensa antes de realizar el trabajo.

La Hermana le lanzó un hilo de magia hacia donde sabía que tendría un efecto más contundente. Jedidiah sonrió ampliamente mientras dejaba caer la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos, dejó escapar un gutural gruñido y luego una exclamación ahogada. Jadeando, agarró con ambas manos las nalgas de la mujer, la atrajo hacia así y la besó con furia.

La Hermana apartó con los pies el cadáver del muchacho mientras permitía que Jedidiah la tumbara sobre el suelo cubierto de paja.

36

El carcayú se fue haciendo más grande. La flecha esperaba tan sólo que la cabeza plana y oscura se levantara. Detrás de su hombro izquierdo resonó un grave gruñido.

— ¡Silencio! —susurró Richard.

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