La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Ahern se inclinó hacia adelante, y los músculos de la mandíbula se le tensaron.
— ¡La dirección en la que quieres ir es el problema! Para empezar, corren rumores de guerra civil en Nicobarese. Y lo peor es que, a no ser que desees perder semanas en los pasos del sur, el camino más recto es atravesar Galea.
»Hay conflictos entre Galea y Kelton —añadió, bajando la voz—. He oído que se lucha en la frontera. Algunas ciudades de Kelton han sido saqueadas. La gente de Penverro está nerviosa, pues la ciudad se halla muy cerca de la frontera con Galea. Eso es lo que se dice. Ir a Galea es meterse en la boca del lobo.
— ¿Que hay lucha dices? No son más que habladurías. La guerra ha acabado. Las tropas de D’Hara han regresado a su hogar.
— No se trata de incursiones de soldados de D’Hara —lo corrigió el carretero, meneando lentamente la cabeza—, sino de galeanos.
— ¡Paparruchas! Los keltas creen que los galeanos los atacan cada vez que un campesino vuelca un farol y el granero se incendia, y los galeanos ven a keltas cada vez que los lobos se llevan a un cordero. Me encantaría saber cuánto han costado todas las flechas que se han disparado a las sombras. Si Kelton o Galea atacaran, el Consejo Supremo cortaría la cabeza a quien hubiera dado la orden de ataque, fuera quien fuera. —Zedd agitó un dedo en dirección a Ahern—. ¡No sería tolerado! —exclamó, golpeando el suelo con el bastón.
— Yo no sé nada de política y menos aún sobre esas malvadas Confesoras —se defendió Ahern, algo intimidado—. Yo sólo sé que quien atraviese Galea se expone a recibir una lluvia de flechas. Lo que quieres no es tan fácil como te imaginas.
Zedd empezaba a cansarse de ese juego. No tenía tiempo para eso. No podía quitarse de la cabeza algo que Adie había dicho acerca de la Luz. Decidido a resolver la discusión de un modo u otro, apuró el té de un sorbo.
— Gracias por la conversación, Ahern, pero ya veo que no eres el hombre capaz de llevarnos a Nicobarese.
Dicho esto, el mago se levantó e hizo ademán de asir el sombrero. El carretero colocó una de sus enormes zarpas sobre el brazo de Zedd, instándolo a que se volviera a sentar. Entonces se inclinó nervioso hacia adelante.
— Mira, Ruben, los tiempos son duros. La guerra con D’Hara ha afectado al comercio. Kelton se libró de lo peor de la guerra, pero muchos de nuestros vecinos no, y resulta difícil hacer negocios con gente muerta. Ya no hay tantos cargamentos como solía haber, pero sobran los hombres dispuestos a transportarlos. No puedes culparme por tratar de obtener el mejor precio cuando se presenta una buena oportunidad. —El carretero enarcó las cejas mientras se inclinaba más hacia Zedd—. Es como cuando tú tratas de obtener el mejor precio por la mejor fruta.
— La mejor fruta, ciertamente. —Zedd agitó con impaciencia la mano hacia la sala—. Cualquiera de esos hombres estaría encantado de llevarnos. Y cualquiera de ellos se jactaría de ser el mejor conductor, igual que tú. Estás tratando de subir el precio al máximo y estás en tu derecho de hacerlo, pero basta ya de juegos. Ahern quiero saber por qué debería pagar tu precio.
Con la yema de un grueso dedo Ahern empujó su taza hasta el centro de la mesa, indicando que volviera a llenársela. Antes de hacerlo, Zedd se alisó las mangas. El carretero atrajo la taza hasta el refugio de sus enormes brazos mientras se inclinaba hacia adelante. Entonces echó una mirada en todas direcciones.
Todos los presentes miraban al bardo, que cantaba una canción de amor a una de las camareras. El rapsoda le sostenía una mano mientras le cantaba su amor eterno. La muchacha tenía el rostro arrebolado. Con la otra mano sostenía la bandeja a la espalda y reía tontamente con la mirada clavada en el suelo.
Ahern se sacó de debajo de la camisa de franela verde una cadena con un medallón plateado.
— Es por esto por lo que pido el precio máximo.
Zedd contempló ceñudo la regia imagen del medallón.
— Parece galeano —comentó.
— Lo es. En primavera y verano D’Hara puso cerco a Ebinissia. Los galeanos perecían lentamente sin nadie que los ayudara; todo el mundo estaba demasiado ocupado luchando contra los ejércitos de D’Hara, por lo que los abandonaron a su suerte. Los galeanos necesitaban armas.
»Yo transporté montones de armas y la tan necesaria sal por los pasos más aislados. La guardia de Galea se había ofrecido a escoltar a cualquiera que se arriesgara a realizar ese viaje, pero pocos lo intentaron. Esos pasos remotos son muy traicioneros.
— Una acción muy noble de tu parte —opinó Zedd, enarcando una ceja.
— De noble nada. Me pagaron más que generosamente. Simplemente no me gustaba que estuvieran atrapados como ratas, especialmente sabiendo lo que hacen los soldados de D’Hara a los vencidos. Sea como sea, me dije que con algunas espadas keltas tendrían mejor oportunidad de defenderse, eso es todo. Como ya he dicho, tratamos de sacar el mayor provecho.
Zedd alzó la mano posada sobre el bastón y señaló el medallón que Ahern había vuelto a esconderse bajo la camisa.
— ¿Qué es ese medallón?
— Cuando el cerco se levantó, fui llamado a comparecer ante la corte de Galea. La reina Cyrilla en persona me entregó el medallón. Dijo que por haber ayudado a su pueblo a defenderse siempre sería bienvenido en Galea. —El hombre se golpeó el medallón por encima de la camisa—. Es un pase real. Con él puedo ir adondequiera en Galea, y nadie puede impedirlo.
— Así pues, ahora tratas de poner precio a algo que no lo tiene —dijo Zedd, mirándolo fijamente a los ojos.
— Lo que yo hice no fue nada —repuso Ahern, entornando los ojos—. Los galeanos sufrieron todas las penurias de la guerra. Yo los ayudé porque lo necesitaban y porque me pagaron bien. No reivindico que sea un héroe. Lo hice por ambas razones. Seguramente, con una sola no hubiera bastado. Ahora tengo el pase que me ayudará a ganarme la vida. Bueno, no veo nada malo en ello.
— Tienes razón, Ahern —lo calmó Zedd, recostándose en el respaldo—. Después de todo, los galeanos pusieron un precio en oro a lo que hiciste por ellos. Yo haré lo mismo, si puedo. ¿Cuánto pides por llevarnos a Nicobarese?
El carretero hizo rodar la taza de té, que entre sus manazas parecía diminuta.
— Treinta monedas de oro. Ni una menos.
— ¡Caramba, caramba! —repuso Zedd, enarcando una ceja—. ¿No te vendes un poco demasiado caro?
— Yo puedo llevaros hasta allí, y ése es mi precio. Treinta monedas.
— Veinte ahora y diez más cuando lleguemos a Aydindril.
— ¡Aydindril! No habías dicho nada de Aydindril. No quiero tener nada que ver con Aydindril ni con sus brujos y Confesoras. Además, para ir allí tendríamos que volver a cruzar las Rang’Shada.
— De todos modos las tendrás que cruzar para regresar aquí. ¿Qué más te da hacerlo por el norte? Apenas te desviarás. Si no te gusta mi oferta, te ofrezco veinte por llevarnos a Nicobarese, y allí estoy seguro de que encontraré a alguien que estará encantado de llevarnos a Aydindril por diez monedas, si es que mi esposa necesita un vehículo una vez curada. Si quieres treinta, tuyas son si te comprometes a llevarnos a Nicobarese y luego a Aydindril. Ésa es mi oferta.
Ahern continuó haciendo rodar la taza entre las manos.
— De acuerdo —dijo al fin—. Veinte ahora y diez más cuando lleguemos a Aydindril. Pero con una condición.
— ¿Cuál?
— Que no lleves ese sombrero. —Ahern señaló con el dedo el sombrero rojo de Zedd—. La pluma asustaría a los caballos.
Una amplia sonrisa distendió las arrugadas mejillas de Zedd.
— Yo también tengo una condición —dijo, ante lo cual Ahern ladeó la cabeza—. Tendrás que decirle a mi mujer que es tu condición.
— Hecho. —El carretero le devolvió la sonrisa, pero se desvaneció tan rápidamente como había brotado—. No será nada fácil ascender hasta las montañas, internarnos en ellas y cruzarlas, Ruben. Tengo un coche que compré con lo que gané en la operación de Ebinissia. Le pondré patines para que podamos movernos más fácilmente sobre la nieve. Y ahora es hora de pagar —añadió, dando golpecitos a un lado de la taza.