La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Zedd colocó el bastón entre las rodillas con una mano, mientras que con la otra tiraba de sus pesados ropajes tratando de deshacer un grueso pliegue que se había formado bajo su huesudo trasero.
— Bueno… solamente deseaba compartir el té, Ahern.
— ¿Qué quieres en realidad?
— Me pareció que tal vez necesitaras trabajo —contestó el mago, al tiempo que le servía una taza.
— Ya tengo.
— ¿De veras? ¿De qué tipo? —Zedd se sirvió.
Ahern descruzó los brazos y se recostó, evaluando a su nuevo compañero de mesa. Pero los ojos de Zedd no revelaron nada. El hombre llevaba un abrigo largo que cubría unos imponentes hombros así como una camisa de franela verde oscuro. Una espesa melena, de pelo casi todo gris, le cubría hasta las orejas y parecía no haber visto un peine en mucho tiempo. El rostro, curtido por los elementos, presentaba profundas arrugas así como el típico enrojecimiento provocado por la acción del viento.
— ¿Por qué lo quieres saber?
Zedd se encogió de hombros mientras tomaba un sorbo de té.
— Para juzgar si puedo hacerte una oferta mejor. —Por supuesto Zedd podía conseguir por arte de magia cualquier cantidad de oro que el hombre le pidiera, pero decidió que ésa no era la mejor táctica. Así pues, tomó otro sorbo y esperó.
— Transporto hierro desde Tristen hasta aquí, a los herreros de Penverro y a veces hasta Winstead. Los keltas fabricamos las mejores armas de toda la Tierra Central.
— No es eso lo que he oído. —El ceño de Ahern se hizo más pronunciado. Zedd cruzó las manos sobre la cabeza plateada de su bastón—. Lo que he oído es que los keltas forjan las mejores espadas de las tres tierras, no sólo de la Tierra Central. —El bardo empezó a entonar una nueva canción sobre un rey que perdió la voz y tuvo que transmitir sus órdenes por escrito. Pero, como nunca había permitido a ninguno de sus súbditos que aprendiera a leer, perdió su reino—. Una carga muy pesada para esta época del año.
— Todavía es peor en primavera —repuso Ahern con un amago de sonrisa—. Por el barro. Entonces es cuando se distingue a un bocazas de un buen carretero.
— ¿Tienes trabajo estable? —inquirió Zedd, empujando la taza llena un poco más cerca del hombre.
— Lo bastante para alimentarme —repuso Ahern, quien por fin cogió la taza.
— Me diste la impresión de estar habituado a usar esto —comentó el mago, levantando el extremo del látigo.
— Hay diversos modos de lograr que un tiro de caballos dé lo mejor de sí. Esos idiotas —dijo, señalando con el mentón a los parroquianos— creen que pueden conseguir lo que sea con unos cuantos latigazos.
— ¿Y tú no?
— No. Yo uso el látigo para llamar la atención de los caballos, para decirles qué quiero de ellos y por dónde deben ir. Mi tiro trabaja para mí porque lo he entrenado para que trabaje, no porque le dé latigazos. En un camino muy estrecho quiero un tiro que comprenda lo que quiero, no uno que salte al notar un latigazo. Ya hay suficientes desfiladeros sembrados con huesos tanto de hombres como de caballos, y yo no quiero añadir los míos.
— Parece que conoces bien tu trabajo.
— ¿Y a qué tipo de «trabajo» te dedicas tú? —preguntó Ahern, señalando con la taza el ostentoso atavío de Zedd.
— Árboles frutales. Cultivo las frutas más sabrosas de todo el mundo, sí señor —respondió Zedd, alzando un dedo hacia lo alto.
Ahern soltó un gruñido.
— Quieres decir que posees tierras que otros trabajan para que produzcas las frutas más sabrosas de todo el mundo.
— Sí, supongo que sí —dijo Zedd, riéndose entre dientes—. Al menos, ahora es así. Pero empecé de otro modo. Durante años trabajé yo solo, luchando por salir adelante. Cuidaba los frutales día y noche, tratando de producir las mejores frutas que nadie hubiera probado. Muchos de los árboles no lograban dar buen fruto. Fracasé muchas veces y pasé hambre.
»Pero al fin salí adelante. Ahorraba hasta la última moneda de cobre y así pude ir comprando cada vez más tierra. Plantaba los árboles, los cuidaba, recogía la fruta, la llevaba al mercado y la vendía yo solo. Con el tiempo, mi fruta fue ganando fama de ser la más sabrosa y llegó el éxito. En los últimos años contrato a otros para que cuiden los campos de frutales, pero sigo trabajando para que mi fruta siga siendo la mejor. Supongo que tú también esperas tener éxito en tu trabajo.
Zedd, orgulloso de la historia que acababa de inventarse, se recostó en la silla. Ahern le tendió la taza para que le sirviera más té.
— ¿Y dónde tienes los campos?
— En la Tierra Occidental. Me trasladé allí antes de que se alzara el Límite.
— ¿Y qué te trae por aquí?
Zedd se inclinó hacia adelante y bajó la voz.
— Bueno, mi esposa no goza de buena salud ¿sabes? Ambos nos hemos hecho viejos y, ahora que el Límite ya no existe, ella desea visitar de nuevo la tierra en la que nació. Allí conoce a sanadores que podrán curarla. Yo haría cualquier cosa por ella. Está demasiado enferma para seguir viajando a lomos de un caballo, por lo que quisiera contratar a alguien que nos llevara. Estoy dispuesto a pagar lo que sea.
— Parece que habéis emprendido un largo viaje —dijo Ahern, dulcificando el gesto—. ¿Adónde os dirigís?
— A Nicobarese.
Ahern golpeó la taza contra la mesa, derramando parte del té.
— ¿Qué? —exclamó. Entonces bajó la voz y aproximó el cuerpo hacia Zedd. Su fornido abdomen quedó apretado contra el borde de la mesa—. ¡Pero si estamos en lo más crudo del invierno!
— Creí que habías dicho que la primavera es la peor estación —comentó el mago, pasando un dedo por el borde de la taza.
Ahern gruñó y miró al tal Ruben con recelo.
— Eso está en el noroeste, al otro lado de las montañas Rang’Shada. Si venís de la Tierra Central y queréis ir a Nicobarese, ¿qué sentido tiene cruzar primero las Rang’Shada? Ahora tendréis que volverlas a cruzar.
Esas palabras tomaron por sorpresa a Zedd, que tuvo que devanarse los sesos para hallar una respuesta. Al fin dijo:
— Yo nací en el norte, cerca de Aydindril. Nos dirigíamos allí, a visitar mi tierra natal, antes de emprender viaje a Nicobarese en primavera. Nuestra idea era cruzar las montañas por el sur y luego ir hacia el noreste, a Aydindril. Pero Elda, mi esposa, enfermó, por lo que decidí que sería mejor llevarla enseguida a los sanadores.
— Hubiera sido mucho mejor ir a Nicobarese primero, antes de cruzar las montañas.
Zedd cruzó las manos sobre el bastón.
— Bueno, Ahern, ¿sabes cómo enmendar un error, para volver atrás y hacer lo que sugieres?
Ahern rió de mala gana.
— Supongo que no. —Tras un momento de reflexión, lanzó un cansino suspiro—. Voy a decirte algo, Ruben; es un viaje muy largo. Vas a meterte en problemas, y yo no quiero tener nada que ver con eso.
— ¿De veras? —Zedd arqueó una ceja y, deliberadamente, recorrió la sala con la mirada—. Dime una cosa, Ahern, si la empresa te parece tan formidable, ¿cuál de estos hombres crees que estará a la altura del trabajo? ¿Quién es mejor conductor que tú?
Ahern escrutó a la multitud con gesto agrio.
— Yo no digo que sea el mejor conductor que hay aquí, pero la mayoría de estos tipos son unos fanfarrones con la cabeza hueca. No creo que ni uno solo de los presentes pudiera lograrlo.
Zedd rebulló en el banco mostrando su irritación.
— Ahern, creo que simplemente estás tratando de aumentar el precio.
— Y yo creo que tú estás tratando de rebajarlo.
Una leve sonrisa apareció en los labios del mago.
— Opino que no es un trabajo tan difícil como lo pintas.
— ¿Crees que es fácil? —le espetó Ahern, nuevamente ceñudo.
Zedd se encogió de hombros.
— Ya estás conduciendo tu vehículo en invierno. Yo sólo te pido que lo conduzcas en otra dirección. Eso es todo.