Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El camino de dagas - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
1 ... 150 151 152 153 154 155 156 157 158 ... 208
Перейти на страницу:

»Creía que habíamos dejado esto bien claro, Elaida. —La voz de la monstruosa mujer hacía que la ventisca del exterior pareciera cálida—. Sé cómo salvar a la Torre de tus errores garrafales, pero no permitiré que cometas otros a mi espalda. Si persistes en esta actitud, ¡ten por seguro que haré que se te destituya, se te neutralice y se te haga aullar bajo la vara delante de todas las iniciadas e incluso de toda la servidumbre!

No sin esfuerzo, Elaida logró no llevarse la mano a la mejilla. No necesitaba un espejo para saber que la tenía enrojecida. Debía ser prudente. Seaine no había encontrado nada todavía, o en caso contrario habría acudido al despacho. Alviarin podía abrir la boca y revelar a la Antecámara todo el desastroso secuestro del chico al’Thor. Podía conseguir que la destituyeran, la neutralizaran y la varearan sólo con eso, pero la Blanca tenía otra cuerda en su arco. Toveine Gazal conducía a cincuenta hermanas y doscientos hombres de la Guardia de la Torre contra la Torre Negra que, en el momento de dar la orden, Elaida había estado convencida de que sólo albergaba dos o tres varones capaces de encauzar. Con todo, y aunque fuesen cientos —¡cientos!; bajo la fría mirada de Alviarin, esa idea todavía le revolvía el estómago—, aun siendo cientos de esos Asha’man, tenía esperanzas en la misión de Toveine. Había tenido la Predicción que la Torre Negra sería arrasada con fuego y sangre y que las hermanas caminarían por su recinto. A buen seguro, eso significaba que, de algún modo, Toveine triunfaría. Más aún, el resto de la Predicción le había revelado que la Torre recobraría toda su antigua gloria bajo su dirección y que al propio al’Thor le daría pavor su ira. Alviarin había oído las palabras saliendo de su boca cuando la Predicción se apoderó de ella. Pero no lo había recordado después, cuando empezó a hacerle chantaje, no había comprendido su propia perdición. ¡Lo pagaría con creces! Pero debía tener paciencia. Por ahora.

Sin intentar siquiera disimular su desdén, Alviarin apartó a un lado la carpeta y colocó la hoja suelta delante de Elaida. A continuación abrió la escribanía verde y dorada, mojó la pluma de Elaida en el tintero y se la tendió bruscamente.

—Firma.

Elaida cogió la pluma preguntándose en qué locura plasmaría su nombre esta vez. ¿Otro incremento de la Guardia de la Torre, cuando las rebeldes serían aplastadas antes de que los soldados fueran de utilidad? ¿Otro intento de hacer que los Ajahs revelaran públicamente qué hermana dirigía cada uno de ellos? ¡Eso sí que se había estrellado por su propio peso! Leyó rápidamente la hoja y, a medida que lo hacía, sintió un nudo en el estómago que crecía conforme avanzaba en la lectura. Dar a cada Ajah autoridad absoluta sobre cualquier hermana que se encontrara en su área, sin importar a qué Ajah perteneciera, había sido la peor barbaridad hasta ese momento —¿de qué modo podía salvar a la Torre cortar en pedazos su propia estructura?—, pero ¡esto!

«Sepa el mundo que Rand al’Thor es el Dragón Renacido. Sepa el mundo que es un varón que puede tocar el Poder Único. Hombres así han sido y son competencia de la Torre, que ha ejercido esa potestad desde tiempos inmemoriales. Al Dragón Renacido se le garantiza la protección de la Torre, pero aquellos que intenten una aproximación a él sin la mediación de la Torre son convictos de traición contra la Luz, y se pronuncia anatema contra ellos ahora y para siempre. El mundo puede descansar tranquilo sabiendo que la Torre Blanca guiará sin peligro al Dragón Renacido a la Última Batalla y al inevitable triunfo».

Aturdida, añadió «de la Luz» a continuación de «triunfo» de manera automática, pero entonces su mano se quedó paralizada. Que se reconociera públicamente a Rand al’Thor como el Dragón Renacido, pase, puesto que lo era, y ello quizás indujera a muchos a aceptar como cierto el rumor de que ya se había arrodillado ante ella, lo cual resultaría muy útil, pero en cuanto al resto, le parecía increíble que pudiera derivarse tanto daño de tan pocas palabras.

—Que la Luz tenga piedad de nosotras —imploró fervientemente—. Si esto se proclama, será imposible convencer a al’Thor de que su secuestro no fue sancionado. —Sin eso ya resultaría difícil, pero no sería la primera vez que veía convencido a alguien de que no había ocurrido lo que había ocurrido hallándose presente mientras ocurría—. Y estará diez veces más alerta contra cualquier otro intento. Alviarin, en el mejor de los casos, esto asustará y hará huir a algunos de sus seguidores. ¡En el mejor! —Probablemente, muchos se habrían implicado tan a fondo con él que no se atreverían a dar marcha atrás. Y, por supuesto, ¡menos aún si creían que el anatema ya pendía sobre sus cabezas!—. ¡Firmar esto sería tanto como prender fuego a la Torre con mis propias manos!

Alviarin suspiró con impaciencia.

—No habrás olvidado tu catecismo, ¿verdad? A ver, recítalo para que yo te oiga.

Los labios de Elaida se apretaron motu proprio. Uno de sus placeres en ausencia de esa mujer —no el mayor, pero sí un verdadero placer— había sido no verse obligada a repetir aquella asquerosa letanía a diario.

—Haré lo que se me mande —empezó finalmente, con voz inexpresiva. ¡Era la Sede Amyrlin!—. Diré lo que tú ordenes que diga y nada más. —Su Predicción estipulaba su triunfo, pero, ¡oh, Luz, que llegara pronto!—. Firmaré lo que me ordenes que firme. Me… —Se atragantó sin poder remediarlo—. Me someto a tu voluntad.

—Lo dices como si necesitaras que se te recuerde la verdad de esas palabras —manifestó Alviarin con otro suspiro—. Supongo que te he dejado sola demasiado tiempo. —Dio unos golpecitos perentorios con el dedo en el documento—. Firma.

Elaida lo hizo, arrastrando la pluma sobre el papel. No tenía opción. Alviarin apenas esperó a que la punta de la pluma se levantara para coger el decreto.

—Yo misma lo sellaré —dijo mientras se encaminaba a la puerta—. No tendría que haber dejado el sello de la Amyrlin donde pudieras encontrarlo. Quiero hablar contigo más tarde. Verdaderamente, te he dejado a tu libre albedrío demasiado tiempo. Asegúrate de estar aquí cuando regrese.

—¿Más tarde? —preguntó Elaida—. ¿Cuándo? ¡Alviarin!

La puerta se cerró detrás de la mujer, dejando a Elaida consumida por la rabia. ¡Que estuviera allí cuando regresara! ¡Confinada en sus aposentos como una novicia en una celda de castigo!

Durante un rato, toqueteó la caja de correspondencia, con sus halcones dorados luchando entre nubes blancas en un cielo azul, pero fue incapaz de abrirla. En ausencia de Alviarin, esa caja había empezado de nuevo a contener cartas e informes importantes, no sólo las sobras del mantel que la Blanca le echaba, pero con su regreso, habría dado igual que hubiese estado vacía. Se levantó del sillón y se puso a arreglar las rosas en los jarrones blancos, cada uno de ellos colocado encima de un pedestal de mármol del mismo color, en las cuatro esquinas de la estancia. Rosas azules; las más raras.

De pronto se dio cuenta de que miraba fijamente el tallo roto de una rosa en sus manos, partido en dos. Había otra media docena caída sobre las baldosas. Emitió un sonido gutural. Había estado imaginando sus manos rodeando el cuello de Alviarin. No era la primera vez que se planteaba la idea de asesinar a la mujer. Pero la Blanca habría tomado precauciones, a buen seguro. Documentos sellados que deberían abrirse si le pasaba algo, y sin duda se los habría entregado a la última hermana en la que ella pensaría. Aquélla había sido su única preocupación de verdad durante la ausencia de Alviarin, que alguien más pensara que había muerto y sacara a relucir la prueba que la despojaría de la estola. Antes o después, sin embargo, de uno u otro modo, Alviarin acabaría tronchada, como esas rosas…

—No respondíais a mi llamada a la puerta, madre, así que entré —dijo ásperamente una mujer a su espalda.

Elaida se volvió, dispuesta a reconvenirla con dureza, pero al ver a la baja y fornida mujer de rostro cuadrado, con chal de flecos rojos, que se encontraba en el cuarto, se quedó pálida.

1 ... 150 151 152 153 154 155 156 157 158 ... 208
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)