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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Caía una ligera llovizna. Rand miró con el entrecejo fruncido las densas nubes negras que anunciaban tormenta y que empezaban a ocultar el pálido sol, a mitad de camino del horizonte. ¡La llovizna se convertiría en aguacero! Irritado, volvió a estudiar el terreno que había ante él. La Corona de Espadas se le clavaba en las sienes. Con el Poder llenándolo, el paisaje se le mostraba claro como un mapa a pesar del tiempo. O suficientemente claro, en cualquier caso. Las colinas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, algunas cubiertas con olivares, otras sólo con hierba o simplemente con piedras y hierbajos. Le pareció atisbar movimiento al borde de una arboleda, y luego otro entre las hileras de un olivar, en otra colina a kilómetro y medio del bosquecillo. Pensar no era suficiente. Hombres muertos yacían sobre los kilómetros dejados atrás, enemigos muertos. También mujeres, lo sabía, pero él se había mantenido lejos de donde había sul’dam y damane muertas, negándose a verles las caras. Casi todos creían que era por el odio que sentía hacia quienes habían acabado con tantos de sus seguidores.

Tai’daishar retozó unos cuantos pasos sobre la cumbre de la colina antes de que Rand lo controlara con mano firme y presionando las rodillas. Estaría bueno que una sul’dam avistara su movimiento. Los pocos árboles que había alrededor no servían de mucho como cobertura. Vagamente, cayó en la cuenta de que no conocía ninguno de ellos. Tai’daishar sacudió la cabeza arriba y abajo. Rand metió el Cetro del Dragón en las alforjas, dejando fuera únicamente el extremo romo tallado, a fin de tener ambas manos libres por si el castrado no se contentaba con eso. Podría haber librado al animal del cansancio con el saidin, pero no sabía cómo hacerle obedecer con el Poder.

No entendía cómo el caballo conservaba suficiente energía. El saidin lo henchía, hervía dentro de él, pero su cuerpo, percibido como algo distante, estaba deseoso de dejarse caer por el agotamiento. Parte del cansancio se debía a la cantidad de Poder que había manejado a lo largo del día, y parte a la tensión de luchar con el saidin para que hiciera lo que quería. Al saidin había que dominarlo siempre, forzarlo, pero jamás hasta ese extremo. Las heridas medio curadas, siempre tiernas, del costado izquierdo le producían un intenso dolor; la más antigua era como un taladro intentando abrirse paso a través del vacío, y la más reciente como un hierro al rojo vivo hincado en su carne.

—Fue un accidente, milord Dragón —dijo de repente Adley—. ¡Lo juro!

—¡Cállate y sigue vigilando! —replicó secamente Rand.

Los ojos de Adley bajaron a sus manos, que sujetaban las riendas, un momento, y luego se apartó el cabello empapado de la cara e irguió la cabeza, obedientemente.

Ese día, allí, controlar el saidin resultaba más difícil que nunca, pero dejarlo soltarse en cualquier momento, en cualquier lugar, podía matar a uno. Adley había dejado que se le escapara y habían muerto hombres, consumidos por violentas llamaradas, no sólo los amadicienses a los que iba dirigido su ataque, sino también casi treinta mesnaderos de Ailil y otros tantos de Anaiyella.

De no ser por ese error, Adley se encontraría ahora con Morr y con los Compañeros en la espesura, a unos ochocientos metros al sur. Narishma y Hopwil estaban con los Defensores, hacia el norte. Rand quería tener a Adley a la vista.

¿Habrían ocurrido otros «accidentes» de los que no se había enterado? No podía vigilar a todo el mundo constantemente. El semblante de Flinn estaba tan lúgubre y rígido como el de un cadáver de un día, y Dashiva, lejos de mostrarse ausente, parecía a punto de empezar a sudar por la concentración. Seguía mascullando entre dientes, tan quedo que Rand no le entendía a pesar de hallarse henchido de Poder, pero el hombre se enjugaba la lluvia de la cara de forma continua con un pañuelo de lino empapado, que se había puesto mugriento a medida que transcurrían las horas. Rand no creía que ellos hubiesen dejado soltarse al saidin. De todos modos, ni ellos dos ni Adley asían la Fuente en ese momento. No lo harían hasta que él les ordenara que la asieran.

—¿Se ha acabado? —preguntó Anaiyella a su espalda.

Sin importarle quién podría estar vigilando allí fuera, Rand hizo girar a Tai’daishar de cara a la mujer. La noble teariana reculó en la silla de manera que la capucha de su capa de lluvia ricamente bordada cayó sobre sus hombros. Una de sus mejillas se crispó con un tic nervioso. Sus ojos podían estar rebosantes de miedo, o de odio. A su lado, Ailil toqueteaba las riendas con aparente tranquilidad.

—¿Qué más podéis querer? —preguntó la mujer más baja, con voz fría, como una dama mostrándose amable con un inferior. Apenas—. Si el alcance de la victoria se mide por las bajas enemigas, creo que sólo el día de hoy pondrá vuestro nombre en las crónicas de la historia.

—¡Lo que quiero es empujar a los seanchan de vuelta al mar! —barbotó Rand. ¡Luz, tenía que acabar con ellos ahora, cuando tenía una oportunidad! ¡No podía luchar contra los seanchan, los Renegados y sólo la Luz sabía quiénes más al mismo tiempo!—. ¡Lo hice antes y volveré a hacerlo ahora!

«Vaya ¿acaso tienes el Cuerno de Valere guardado en un bolsillo esta vez?», inquirió irónicamente Lews Therin. Rand le gruñó ferozmente para sus adentros.

—Hay alguien allí abajo —dijo de repente Flinn—. Cabalga en esta dirección. Desde el oeste.

Rand hizo dar media vuelta a su montura. Los legionarios rodeaban las laderas de la colina, aunque se ocultaban tan bien que rara vez conseguía atisbar una chaqueta azul. Ninguno de ellos tenía caballo. ¿Quién osaría cabalgar por campo abierto?

El bayo de Bashere subió la cuesta trotando, casi como si fuera terreno llano. El yelmo del general saldaenino iba colgado de la silla, y él parecía agotado.

—Hemos acabado aquí —manifestó Bashere con voz inexpresiva, sin preámbulos—. Una parte de la lucha es saber cuándo marcharse, y es momento de hacerlo. He dejado casi quinientos muertos en esta batalla, y a dos de vuestros soldados para acabar de aderezar el guiso. Envié a tres de ellos a buscar a Semaradrid, Gregorin y Weiramon, con el mensaje de que regresen de inmediato y se reúnan con vos. Dudo que se encuentren en muchas mejores condiciones que yo mismo. ¿Cómo va vuestra cuenta particular para el carnicero?

Rand hizo caso omiso a la pregunta. Las bajas de su columna superaban en casi doscientas a las de Bashere.

—No teníais autoridad para enviar órdenes a los demás. Mientras siga quedando media docena de Asha’man, ¡mientras quede yo, me basta! Tengo intención de encontrar al resto del ejército seanchan y destruirlo, Bashere. No permitiré que agreguen Altara a sus conquistas junto a Tarabon y Amadicia.

Bashere se atusó el bigote con los nudillos al tiempo que soltaba una seca risotada.

—Queréis encontrarlos. Mirad ahí fuera.

Trazó un arco en el aire con la mano enguantada que abarcaba las colinas del oeste.

—No puedo señalar un punto en particular, pero habrá diez, tal vez quince mil, lo bastante cerca para verlos desde aquí si esos árboles no estuvieran en medio. He bailado con el Oscuro para llegar hasta vos atravesando sus líneas sin ser descubierto. Debe de haber alrededor de un centenar de damane ahí abajo. Tal vez más. Y las que sin duda vienen de camino, así como soldados. Por lo visto, su general ha decidido concentrarse en vos. Supongo que ser ta’veren no siempre significa queso y cerveza.

—Si están ahí fuera… —Rand oteó las colinas. La lluvia había arreciado. ¿Dónde había movimiento? Luz, qué cansado estaba. El saidin lo aporreaba, lo tenía molido. De manera inconsciente tocó el envoltorio sujeto debajo de la correa del estribo. Su mano se apartó bruscamente motu proprio. Diez mil, incluso quince mil… Una vez que Semaradrid, Gregorin y Weiramon se reunieran con él… Y, lo más importante, una vez que los restantes Asha’man llegaran…—. Si están ahí fuera, ahí será donde los destruya, Bashere. Los atacaré por todos lados, como teníamos intención de hacerlo desde el principio.

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