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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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—La Guardiana me dijo que queríais hablar conmigo —continuó en tono irritado Silviana— con respecto a una penitencia privada. —Aun tratándose de la Sede Amyrlin, no hizo esfuerzo alguno por disimular su desagrado. Silviana consideraba que la penitencia privada era una afectación ridícula. La penitencia era algo público; sólo el castigo ocurría en privado—. También me pidió que os recordase algo, pero se marchó rápidamente sin decirme qué. —Terminó con un resoplido. Silviana consideraba cualquier cosa que le restase tiempo de sus novicias y Aceptadas como una interrupción innecesaria.

—Creo que lo recuerdo —contestó Elaida en tono apagado.

Cuando Silviana se hubo marchado finalmente —sólo media hora después, según el toque del reloj de Cemaile, aunque le pareció una eternidad— lo único que frenó a Elaida de convocar a la Antecámara de inmediato a fin de exigir que se le quitase la estola de Guardiana a Alviarin, fue la certeza de su Predicción y el convencimiento de que Seaine seguiría el rastro de traición hasta la Blanca. También el hecho indudable de que tanto si Alviarin caía en la confrontación como si no, ella sí caería. En consecuencia, Elaida do Avriny a’Roihan, Vigilante de los Sellos, la Llama de Tar Valon, a buen seguro la dirigente más poderosa del mundo, yació boca abajo en su cama lloriqueando contra la almohada, segura de que cuando Alviarin regresara insistiría en que estuviera sentada durante toda la entrevista. Lloriqueó y rezó para que la caída de la Blanca ocurriera pronto.

—No te ordené que hicieses… varear a Elaida —manifestó la voz cristalina—. ¿Te has excedido en tus atribuciones?

Alviarin, puesta de rodillas, se postró boca abajo en el suelo ante la mujer que parecía hecha de sombras y luz plateada. Cogió el repulgo del vestido de Mesaana y lo cubrió de besos. El tejido de Ilusión —tenía que serlo, aunque no veía un solo hilo de saidar ni tampoco percibía la habilidad de encauzar en la mujer— fluctuó, inestable, con su desesperado toqueteo del borde de la falda. Seda de color broncíneo, con un estrecho remate de volutas bordadas en negro, se hizo visible en parpadeos intermitentes y fugaces a través de la Ilusión creada.

—Vivo para serviros y obedeceros, Insigne Señora —jadeó Alviarin entre beso y beso—. Sé que estoy entre los más bajos de los bajos, un gusano en vuestra presencia, y sólo aspiro a merecer vuestra sonrisa.

Ya había sido castigada una vez por «excederse en sus atribuciones», no por desobediencia, ¡gracias al Gran Señor de la Oscuridad!, y sabía que aunque Elaida estuviese chillando en ese momento, no sería ni la mitad de fuerte que lo que había chillado ella. Mesaana dejó que el besuqueo del repulgo continuara unos segundos más y finalmente le puso fin empujando la barbilla de Alviarin con la puntera del escarpín para que levantase la cabeza.

—El decreto ha sido despachado.

—Sí, Insigne Señora. —Se apresuró a contestar a pesar de que no era una pregunta—. Se enviaron copias a Puerto del Norte y Puerto del Sur antes incluso de que Elaida lo firmara. Los primeros correos han salido, y ningún mercader partirá de la ciudad sin copias para distribuirlas. —Mesaana estaba enterada de eso, naturalmente. Lo sabía todo. Alviarin sintió un calambre en la nuca por la postura forzada del cuello, pero no se movió. Mesaana le diría cuándo podía hacerlo—. Insigne Señora, Elaida es una cáscara vacía. Con toda humildad, ¿no sería mejor no tener que utilizarla? —Contuvo el aliento. Con los Elegidos, hacer preguntas podía resultar peligroso.

Un dedo de sombras y luz plateada dio golpecitos sobre los labios plateados, fruncidos en una sonrisa divertida.

—¿Quieres decir que sería mejor si tú llevases la estola de Amyrlin, pequeña? —dijo por último—. Una ambición lo bastante insignificante para que sea apropiada para ti, pero cada cosa a su tiempo. Por el momento, tengo una pequeña tarea que encomendarte. A pesar de los muros que se han alzado entre los Ajahs, sus cabezas parecen encontrarse con sorprendente frecuencia. Hacen que parezca como por casualidad. Al menos todas, excepto la Roja; lástima que Galina hiciera que la mataran, porque te habría dicho lo que se traen entre manos. Casi con toda seguridad será algo trivial, pero has de enterarte por qué enseñan los dientes en público y después intercambian susurros en privado.

—Escucho y obedezco, Insigne Señora —repuso Alviarin, agradecida de que Mesaana lo considerase poco importante. El gran «secreto» de quién dirigía cada Ajah no era tal para ella, hasta a una hermana Negra se le exigía transmitir al Consejo Supremo todo lo que se comentaba en su supuesto Ajah, pero de ellas sólo Galina había sido Negra. Eso significaba preguntar a las hermanas Negras que había en la Antecámara, lo que a su vez significaba pasar por todas las capas existentes entre esas mujeres y ella. Llevaría tiempo, y el éxito no estaba asegurado. Con excepción de Ferane Neheran y Suana Dragand, que eran cabezas de sus Ajahs, las Asentadas rara vez parecían saber qué pensaba la cabeza de su Ajah hasta que se les comunicaba—. Os informaré tan pronto como me entere, Insigne Señora.

Pero archivó un dato. Fuese o no trivial, Mesaana no sabía todo lo que pasaba en la Torre Blanca. Y ella estaría muy pendiente por si veía a una hermana con falda de color bronce y el repulgo bordado en volutas negras. Mesaana se ocultaba en la Torre, y el conocimiento era poder.

26

Un pequeño detalle adicional

Seaine deambulaba por los pasillos de la Torre con una creciente sensación de estar perdida a cada paso. La Torre Blanca era muy grande, cierto, pero aquello duraba varias horas. Ansiaba encontrarse en su acogedor cuarto. A pesar de las vidrieras que aislaban todas las ventanas, había corrientes en los anchos corredores adornados con tapices que hacían titilar las llamas de las lámparas de pie. Corrientes frías, y no resultaba fácil hacer caso omiso de ellas cuando se colaban por debajo de la falda. En sus aposentos estaba caliente, cómoda y segura.

Las doncellas saludaban con reverencias y los criados inclinaban la cabeza a su paso, sin que apenas reparara en ellos. La mayoría de las hermanas se encontraban en los sectores de sus Ajahs, y las pocas que habían salido de ellos caminaban con cauteloso orgullo, a menudo en parejas y siempre del mismo Ajah, con los chales bien extendidos por los brazos, exhibiéndolos como una bandera. Sonrió y saludó con la cabeza a Talene, pero la escultural Asentada de cabello dorado le dirigió una mirada dura que convirtió su belleza en una talla de hielo, y después se alejó ajustándose el chal de flecos verdes.

Demasiado tarde ya para plantear a la Verde tomar parte en la investigación, aun en el caso de que Pevara hubiese estado de acuerdo. Pevara aconsejó ir con precaución, mucha precaución, y, a decir verdad, Seaine estaba más que dispuesta a hacerle caso considerando las circunstancias. Sólo que Talene era una amiga. Había sido una amiga.

La reacción de la Verde no era de las peores. Varias hermanas se habían mostrado desdeñosas con ella, sin disimulo. ¡A una Asentada! Ninguna Blanca, por supuesto, pero ser de otro Ajah no justificaba tal comportamiento. Las normas debían observarse, fuese cual fuese la situación que atravesara la Torre. Juilaine Madome, una mujer alta y atractiva, con el oscuro cabello corto, que había ocupado un asiento en la Antecámara en representación de las Marrones hacía menos de un año, le rozó al pasar a su lado y continuó adelante con aquellas zancadas hombrunas, sin disculparse siquiera. Saerin Asnobar, otra Asentada Marrón, le lanzó una mirada ceñuda y hosca mientras toqueteaba el cuchillo curvo, que siempre llevaba metido debajo del cinturón, antes de desaparecer por un pasillo lateral. Saerin era altaranesa; unos leves toques blancos en las sienes resaltaban una fina y desvaída cicatriz que le cruzaba la tez olivácea, y sólo un Guardián podía igualar su expresión ceñuda.

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