El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Para ser un gorrión, podía dar una mordacidad considerable a sus palabras. El semblante de Velina enrojeció, y el de Shevan se tornó sombrío. Rubinde torció los labios al mirar a la Gris; quizá su intención era sonreír, pero lo que consiguió fue esbozar una mueca retorcida. De cabello negro como el carbón y los ojos tan azules como zafiros, por lo general la mayeniense daba la impresión de que se proponía caminar a través de una pared de piedra, y ahora, puesta en jarras, parecía lista para atravesar no una, sino dos.
—Nos hemos ocupado de todo lo que podemos por el momento, Andaya. O de casi todo, en cualquier caso. Las rebeldes están inmovilizadas por la nieve en Murandy, y les daremos un invierno lo bastante caliente como para que en primavera vengan arrastrándose para pedir perdón y someterse a la penitencia que merecen. De Tear nos ocuparemos tan pronto como encontremos dónde se ha metido el Gran Señor Darlin, y de Cairhien, una vez que saquemos de sus escondrijos a Caraline Damodred y a Toram Riatin. Al’Thor tiene la corona de Illian por el momento, pero eso está en vías de solución. Así que, a menos que tengas un plan para reducir al hombre y traerlo a la Torre o para hacer desaparecer a esos supuestos Asha’man, hay asuntos de mi Ajah que he de atender.
Andaya se irguió, obviamente encrespada. En realidad, Duhara estrechó los ojos; se la llevaban los demonios cada vez que se hablaba de hombres que encauzaban. Shevan chasqueó la lengua como si estuviese ante unas niñas peleándose —aunque parecía que la complacía verlo— y Velina frunció el entrecejo al considerar, por alguna razón, que lo había hecho por ella. La situación resultaba divertida, pero empezaba a írseles de las manos.
—Los asuntos de los Ajahs son importantes, hijas. —Elaida no alzó la voz, pero todas las cabezas giraron hacia ella. Puso la figurilla de marfil junto a las otras de su colección, en el cofrecillo adornado con rosas y volutas doradas, ajustó la posición de la escribanía y de la caja de correspondencia, de manera que los tres objetos lacados quedaron perfectamente alineados en la mesa, y una vez que el silencio fue absoluto, continuó—. Sin embargo, los asuntos de la Torre lo son más. Confío en que llevéis a cabo mis decretos sin demora. Aprecio demasiada indolencia en la Torre. Me temo que Silviana puede encontrarse muy atareada si las cosas no se arreglan pronto. —No expresó más amenazas; se limitó a sonreír.
—Como ordenéis, madre —murmuraron seis voces no tan firmes como sus propietarias habrían deseado. Incluso el semblante de Duhara tenía una palidez evidente cuando hizo la reverencia. Dos Asentadas habían sido destituidas del cargo, y media docena había realizado durante días el servicio de Trabajos Domésticos como castigo, lo que era bastante humillante de por sí en su posición, sin añadir la Mortificación del Espíritu; Shevan y Sedore tenían apretados los labios, demasiado fresco el recuerdo de fregar suelos y trabajar en la lavandería, pero ninguna había sido enviada ante Silviana para la Mortificación de la Carne. Y ninguna quería que la enviaran. La Maestra de Novicias recibía dos o tres visitas a la semana de hermanas a las que había castigado su Ajah o que se habían impuesto una penalización ellas mismas, por dolorosa que fuera, una dosis de correa acababa mucho antes que rastrillar paseos del jardín durante un mes, pero Silviana mostraba bastante menos clemencia con las hermanas que con las novicias o las Aceptadas a su cargo. Más de una hermana se había pasado unos cuantos días preguntándose si un mes manejando un rastrillo no habría sido preferible, después de todo.
Se escabulleron hacia la puerta, ansiosas por salir. Asentadas o no, nadie pondría los pies en ese piso alto de la Torre sin ser convocado personalmente por Elaida. Toqueteando su estola de rayas, Elaida acentuó la sonrisa, que se tornó complacida. Sí, era la señora de la Torre Blanca. Como le correspondía a la Sede Amyrlin.
Antes de que el grupo de Asentadas llegara a la puerta, la hoja izquierda se abrió y dio paso a Alviarin; la blanca estola de Guardiana casi pasaba inadvertida con el níveo vestido de seda, que hacía parecer sucio el de Velina en comparación.
Elaida sintió que su sonrisa se torcía y empezaba a borrarse de su rostro. Alviarin llevaba una única hoja de papel en su esbelta mano. Era extraño en lo que una se fijaba en un momento así. La mujer había estado ausente casi dos semanas, desapareciendo de la Torre sin decir nada ni dejar una nota, y nadie la había visto siquiera marcharse; Elaida había empezado a albergar vanas ilusiones, imaginando a la Blanca tendida en un ventisquero o arrastrada por las aguas de un río, debajo de una capa de hielo.
Las seis Asentadas se frenaron de golpe, indecisas, cuando Alviarin no se apartó del umbral. Ni siquiera una Guardiana con la influencia de la Blanca obstruía el paso a las Asentadas. No obstante, Velina, por lo general la mujer más dueña de sí misma de toda la Torre, se encogió por alguna razón. Alviarin miró primero a Elaida, con frialdad, después estudió a las Asentadas un momento, y lo entendió todo.
—Creo que deberías dejarme eso a mí —le dijo a Sedore en un tono sólo una fracción más cálido que la nieve del exterior—. A la madre le gusta considerar cuidadosamente sus decretos, como sabes. No sería la primera vez que cambia de opinión después de haberlos firmado.
Tendió la esbelta mano y Sedore, cuya arrogancia era notable incluso entre las Amarillas, apenas vaciló antes de entregarle la carpeta de cuero.
Elaida rechinó los dientes de rabia. Sedore había detestado pasar cinco días con los brazos metidos hasta los codos en agua caliente y fregando suelos, pero encontraría algo menos cómodo para ella la próxima vez. Quizá, después de todo, una visita a Silviana. ¡Incluso limpiar pozos negros!
Alviarin se apartó a un lado sin decir palabra y las Asentadas salieron ajustándose chales, murmurando entre dientes, recuperando la dignidad de la Antecámara. La Guardiana cerró enérgicamente la puerta a sus espaldas y se encaminó hacia Elaida al tiempo que hojeaba los papeles guardados en la carpeta, los decretos que había firmado confiando en que Alviarin estuviera muerta. Por supuesto, no lo había dejado todo a la esperanza. No había hablado con Seaine, por si acaso alguien la veía y se lo contaba a Alviarin cuando regresara, pero indudablemente Seaine estaba actuando según las instrucciones, siguiendo el camino de la traición que irremediablemente la llevaría hasta Alviarin Freidhen. Pero realmente había tenido esperanzas. ¡Oh, sí, cómo había esperado que se cumplieran sus vanas ilusiones!
—Esto puede tramitarse, supongo —murmuró para sí Alviarin mientras revolvía la carpeta—. Pero esto no. Ni esto. ¡Y, por supuesto, esto ni pensarlo! —Arrugó un decreto, firmado y sellado por la Sede Amyrlin, y lo tiró al suelo con desdén. Se detuvo junto al sillón dorado de Elaida, cuyo alto respaldo estaba rematado con la Llama de Tar Valon hecha en piedras de la luna incrustadas, y soltó bruscamente la carpeta y la hoja que había llevado sobre el escritorio. Después abofeteó a Elaida tan fuerte que ésta vio motitas negras.