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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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—Por la Luz bendita —exclamó—. No tienes que mentir, Zerah. —Las piernas de Zerah se sacudían debajo de la mesa como si la Blanca intentara ponerse de pie y le resultara imposible—. Díselo, Pevara. ¡Cree que es verdad! Le has ordenado decir la verdad y mentir. ¡No me mires así! ¡Ella lo cree! —Los labios de Zerah habían adquirido un tinte azulado. Sus párpados aletearon. Seaine alzó las manos en un gesto tranquilizador—. Pevara, le diste la orden así que, al parecer, debes retirarla, o se asfixiará ante nuestros ojos.

—Es una rebelde —masculló la Roja, que dio a esa palabra todo el desprecio que pudo. Pero luego suspiró—. Aún no se le ha sometido a la prueba. No tienes que… mentir, muchacha.

Zerah se desplomó hacia adelante, con la mejilla contra el tablero, inhalando entre sollozos entrecortados.

Seaine sacudió la cabeza, asombrada. No había considerado la posibilidad de juramentos contradictorios. ¿Y si el Ajah Negro no se limitaba a anular el Juramento contra la mentira, sino que lo reemplazaba por otro propio? ¿Y si reemplazaban los Tres, por los suyos? Pevara y ella tendrían que ir con mucho cuidado si daban con una hermana Negra, o podrían provocar su muerte antes de saber cuál era el conflicto. ¿Quizás, ante todo, una renuncia a cualquier juramento prestado —imposible llevarlo a cabo con más precisión al ignorar qué juraban las hermanas Negras— y a continuación prestar nuevamente los Tres? Luz, el dolor de ser liberada de todos a la vez no distaría mucho de someterla a interrogatorio. Quizá no se diferenciara ni poco ni mucho. Pero, ciertamente, una Amiga Siniestra merecía eso y mucho más. Si es que conseguían encontrar una.

Pevara contemplaba a la mujer jadeante sin el menor atisbo de compasión en su rostro.

—Cuando se la someta a juicio por rebelión, me propongo formar parte del tribunal.

—Después de haberla sometido a la prueba —adujo pensativamente Seaine—. Sería una lástima perder la ayuda de una que sabemos que no es Amiga Siniestra. Y, puesto que es una rebelde, no debería preocuparnos mucho utilizarla. —Habían tenido varias discusiones, sin llegar a una conclusión en ninguna, con respecto a la segunda razón para mantener operativo el nuevo juramento. A una hermana sujeta por juramento a obedecer se la podía compeler, Seaine rebulló inquieta; aquello se parecía demasiado a la execrable Compulsión, una práctica prohibida, se la podía inducir a ayudar en la búsqueda, siempre y cuando no importara obligarla a aceptar el peligro, tanto si quería como si no—. No creo que enviaran sólo a una —continuó—. Zerah, ¿cuántas vinisteis a propagar esa historia?

—Diez —farfulló la mujer contra el tablero de la mesa; entonces se irguió bruscamente y las miró desafiante—. ¡No traicionaré a mis hermanas! ¡No les…! —Enmudeció de golpe y sus labios se fruncieron en un gesto de amargura al caer en la cuenta de que acababa de hacerlo.

—¡Nombres! —bramó Pevara—. ¡Dame sus nombres o te desollaré en este mismo momento!

Los nombres salieron de los labios de Zerah en contra de su voluntad. Obedeciendo la orden, ciertamente, más que por la amenaza. No obstante, ante la expresión severa del rostro de Pevara, Seaine tuvo la certeza de que la Roja no necesitaba mucha provocación para arrancarle la piel a tiras como a una novicia a la que se sorprende robando. Cosa curiosa, ella no sentía la misma animosidad. Repulsa sí, pero ni mucho menos tan fuerte. La mujer era una rebelde que había contribuido a romper la unidad de la Torre Blanca, cuando lo que una hermana debía hacer era aceptar cualquier cosa con tal de mantenerla íntegra. Sin embargo… Muy extraño.

—¿Estás conforme, Pevara? —preguntó cuando acabó la lista. La tozuda mujer sólo respondió con un seco cabeceo—. Muy bien. Zerah, traerás a Bernaile a mis aposentos esta tarde. —Había dos de cada Ajah, excepto del Azul y del Rojo, al parecer, pero mejor sería empezar con la otra Blanca—. Dirás únicamente que quiero hablar con ella de un asunto privado. No le advertirás por ningún medio, ni de palabra, acción u omisión. Después guardarás silencio y dejarás que Pevara y yo hagamos lo que es necesario. Has sido reclutada para una causa mejor que vuestra equivocada rebelión, Zerah. —Pues claro que era equivocada; a pesar de que Elaida estuviese llevando a extremos su poder—. Vas a ayudarnos a dar caza al Ajah Negro.

Zerah, con el rostro afligido, asintió involuntariamente a cada mandato, pero ante la mención de descubrir al Ajah Negro dio un respingo. ¡Luz, tenía que estar totalmente desquiciada por sus experiencias para no haberlo adivinado!

—Y dejarás de propagar esas… historias —añadió severamente Pevara—. A partir de este momento, no mencionarás al Ajah Rojo ni a falsos Dragones asociados. ¿Me has entendido?

El semblante de Zerah adoptó una expresión de hosca obstinación, pero su boca respondió:

—Os he entendido, Asentada. —Parecía a punto de romper a llorar otra vez de pura frustración.

—Entonces, quítate de mi vista —le espetó Pevara, soltando al mismo tiempo el escudo y el saidar—. ¡Y recobra la compostura! ¡Límpiate la cara y arréglate el cabello! —Esto último lo dijo cuando la mujer más joven ya se había vuelto y se alejaba rápidamente de la mesa. Zerah tuvo que retirar las manos del cabello para abrir la puerta. Cuando ésta se cerró tras ella en medio de chirridos, Pevara resopló—. La creo completamente capaz de haberse presentado ante esa tal Bernaile toda desaliñada, con la esperanza de así advertirla.

—Tienes razón —admitió Seaine—. Pero ¿a quién pondremos sobre aviso si vamos por ahí lanzando miradas ceñudas a esas mujeres? En el mejor de los casos, llamaríamos la atención.

—Tal como están las cosas, Seaine, no llamaríamos la atención aunque fuésemos dándoles patadas por todo el recinto de la Torre—. Por su tono, habríase dicho que la idea le resultaba atractiva—. ¡Son rebeldes, y me propongo tenerlas atadas tan corto que chillarán si a una de ellas se le ocurre siquiera tener un mal pensamiento!

Siguieron dando vueltas sobre lo mismo. Seaine insistió en que bastaba con tener cuidado al dar las órdenes para no dejar abiertas escapatorias. Pevara hizo hincapié en que estaban dejando que diez rebeldes —¡diez!— se pasearan por la Torre sin recibir el merecido castigo. Seaine dijo que finalmente tendrían su castigo, y Pevara gruñó que finalmente no era lo bastante pronto para ella. Seaine siempre había admirado la fuerza de voluntad de la otra mujer, pero, sinceramente, a veces sólo era pura tozudez.

El débil chirrido de un gozne fue toda la advertencia que Seaine necesitó para poner la Vara en su regazo, ocultándola entre los pliegues de la falda, mientras la puerta se abría de par en par. Pevara y ella abrazaron la Fuente al unísono.

Saerin entró en el cuarto sosegadamente, sosteniendo una linterna, y se apartó a un lado para dejar paso a Talene; a ésta la siguió Yukiri, con otra luz, y Doesine, delgada como un muchacho y alta para ser cairhienina, la cual cerró la puerta con bastante contundencia para después apoyar la espalda en la hoja, como para impedir que alguien saliera. Cuatro Asentadas, representando a todos los otros Ajahs de la Torre. Parecieron pasar por alto el hecho de que Seaine y Pevara asieran el saidar. La Blanca tuvo la repentina sensación de que el cuarto estaba muy abarrotado. Imaginación suya, irracional, pero…

—Qué extraño veros juntas a vosotras dos —comentó Saerin. Su semblante estaría sereno, pero sus dedos acariciaron la empuñadura del cuchillo curvo metido en el cinturón. Había conservado su asiento en la Antecámara durante cuarenta años, más tiempo que ninguna otra hermana, y todas habían aprendido a tener cuidado con su temperamento.

—Lo mismo podríamos decir de vosotras —replicó secamente Pevara. A ella nunca le impresionó el genio de Saerin—. ¿O es que habéis bajado aquí para ayudar a Doesine a intentar recuperar algo que ha perdido? —El repentino sonrojo de la Amarilla acentuó más si cabe la apariencia de muchachito guapo a pesar de su porte elegante, y reveló a Seaine qué Asentada se había aventurado demasiado cerca del sector de las Rojas con resultados lamentables—. Sin embargo, jamás habría pensado que algo así lograra reuniros. Las Verdes a la gresca con las Amarillas, las Marrones con la Grises… ¿O acaso las has traído aquí únicamente para sostener un duelo discreto, Saerin?

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