El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Quizá todo aquello era de esperar. Se habían producido varios incidentes desafortunados recientemente, y ninguna hermana olvidaría haber sido echada sin contemplaciones de los pasillos adyacentes al sector de otro Ajah, y mucho menos lo que a veces acompañaba a eso. Corría el rumor de que las Rojas habían herido algo más que el orgullo de una Asentada —¡una Asentada!—, aunque no quién era. Lástima que la Antecámara no pudiera obstaculizar el absurdo decreto de Elaida, pero un Ajah detrás de otro se habían lanzado a aprovechar las nuevas prerrogativas, y pocas Asentadas estaban dispuestas a derogarlas ahora que se habían instaurado; el resultado era una Torre dividida casi en campamentos armados. Si anteriormente Seaine había pensado que el ambiente de la Torre era un hervidero de murmuraciones y desconfianza, ahora, además, estaba aderezado con acritud.
Chasqueó la lengua, irritada, y se ajustó el chal de flecos blancos mientras Saerin desaparecía. Era ilógico dar un respingo porque una altaranesa mirase ceñuda —ni siquiera Saerin llegaría más lejos; seguro que no— y aún más ilógico preocuparse por lo que no estaba en sus manos cuando tenía una tarea que llevar a cabo.
Y entonces, después de toda una mañana de infructuosa búsqueda, dio un paso y vio a la mujer que intentaba localizar caminando hacia ella. Zerah Dacan era una joven delgada, de cabello negro y aire orgulloso, adecuadamente dueña de sí misma y, a juzgar por las apariencias, inmune a las corrientes encrespadas que corrían por la Torre en esos días. Bueno, no era exactamente una joven, pero Seaine estaba convencida de que aún no hacía cincuenta años que llevaba el chal de flecos blancos. Era inexperta. Relativamente. Eso podría ser de ayuda.
Zerah no hizo intención de eludir a una Asentada de su propio Ajah, e inclinó respetuosamente la cabeza cuando Seaine llegó a su altura. Las mangas de su níveo vestido, así como una ancha banda al borde de la falda, llevaban mucho bordado en oro, una ostentación poco corriente entre las hermanas del Ajah Blanco.
—Asentada —saludó. ¿Había en sus azules ojos un atisbo de preocupación?
—Te necesito para algo —dijo Seaine más tranquila de lo que se sentía. Probablemente estaba trasladando sus propios sentimientos a los ojos de Zerah—. Ven conmigo.
No había nada que temer; no en pleno corazón de la Torre Blanca. Pero mantener las manos enlazadas a la altura de la cintura, sin crisparlas, requirió un gran esfuerzo por su parte. Como era de esperar, Zerah la siguió con sólo un murmullo de aquiescencia. Caminó al lado de Seaine con notable gracia mientras bajaban amplias escaleras de mármol y anchas rampas curvadas; sólo frunció ligeramente el entrecejo cuando Seaine abrió una puerta de la planta baja, que daba a una escalera estrecha que descendía en espiral hacia la oscuridad.
—Tú primero, hermana —dijo Seaine mientras encauzaba una pequeña esfera de luz. Según el protocolo, debería haber precedido a la otra mujer, pero se sentía incapaz de hacer tal cosa.
Zerah empezó a bajar sin vacilación. Lógicamente, no tenía nada que temer de una Asentada, una Asentada Blanca. Lógicamente, Seaine le diría lo que quería cuando llegara el momento oportuno, y no sería nada que ella no pudiese hacer. Ilógicamente, Seaine sintió un cosquilleo en el estómago, como si tuviese dentro una enorme polilla revoloteando. Luz, estaba asiendo el saidar, y la otra mujer, no. En cualquier caso, Zerah era más débil que ella. No había nada que temer. Pero eso no sirvió para que cesara el nervioso cosquilleo en su estómago.
Bajaron más y más, cruzaron puertas que llevaban a sótanos y subsótanos, hasta que llegaron al nivel más profundo, debajo incluso del lugar donde las Asentadas pasaban las pruebas. El oscuro corredor sólo estaba alumbrado por la pequeña esfera luminosa de Seaine. Llevaban recogidas las faldas, pero sus escarpines levantaban pequeñas nubes de polvo a pesar del cuidado con que pisaban. Puertas de madera lisas jalonaban las suaves paredes de piedra, muchas de ellas con grandes pegotes de herrumbre en lugar de goznes y cerraduras.
—Asentada, ¿qué nos trae aquí abajo? —preguntó Zerah, mostrando finalmente cierta duda—. No creo que nadie haya venido a este sitio desde hace años.
Seaine estaba segura de que su visita, unos cuantos días antes, había sido la primera a ese nivel durante el último siglo. Ésa era una de las razones por la que Pevara y ella habían elegido el lugar.
—Es aquí —dijo mientras empujaba una puerta, que se abrió rechinando sólo un poco. No se conseguiría quitar toda la herrumbre por mucho aceite que se le echara, y los intentos de utilizar el Poder habían sido infructuosos. Su habilidad con la Tierra era mejor que la de Pevara, pero eso no quería decir que fuera mucha.
Zerah entró y parpadeó con sorpresa. En un cuarto, por lo demás vacío, Pevara estaba sentada detrás de una raída aunque sólida mesa, con tres pequeñas banquetas alrededor. No había resultado fácil bajar esos pocos muebles, sobre todo cuando no podía confiarse en los sirvientes. Quitar el polvo había sido más sencillo, aunque no menos desagradable, y eliminar el polvo del corredor, cosa necesaria después de cada visita, era sencillamente oneroso.
—Estaba a punto de renunciar a seguir sentada en la oscuridad —gruñó Pevara. El brillo del saidar la rodeó mientras alzaba una linterna que había debajo de la mesa y la encendía, proporcionando tanta luz como el antiguo almacén de toscas paredes merecía. En cierto modo regordeta y generalmente bonita, la Asentada Roja semejaba un oso con dolor de muelas—. Queremos hacerte unas preguntas, Zerah.
Acto seguido escudó a la mujer al tiempo que Seaine cerraba la puerta. El semblante de Zerah conservó la calma, pero ella tragó saliva de manera audible.
—¿Sobre qué, Asentadas? —También había un leve temblor en su voz. Sin embargo, podía deberse simplemente al ambiente de la Torre.
—Sobre el Ajah Negro —repuso fríamente Pevara—. Queremos saber si eres una Amiga Siniestra.
La estupefacción y la indignación rompieron la calma de Zerah. La mayoría habría considerado aquello suficiente como negativa, pero la mujer más joven espetó:
—¡No tengo por qué aguantar eso de ti! ¡Vosotras, las Rojas, habéis estado creando falsos Dragones durante años! ¡Si queréis saber mi opinión, no tenéis que salir del sector de las Rojas para encontrar hermanas Negras!
La ira ensombreció el rostro de Pevara. Su lealtad a su Ajah era fuerte, ni que decir tiene, pero lo peor es que su familia había muerto a manos de Amigos Siniestros. Seaine decidió intervenir antes de que Pevara recurriese a la fuerza bruta. No tenían pruebas contra Zerah. Todavía.
—Siéntate, Zerah —dijo con toda la afabilidad posible—. Siéntate, hermana.
Zerah se giró hacia la puerta como si pudiese desobedecer la orden de una Asentada —¡y de su propio Ajah!— pero finalmente tomó asiento en uno de los bancos, muy tiesa, justo al borde.
Antes de que Seaine hubiese acabado de sentarse, dejando a Zerah entre las dos, Pevara soltó la Vara Juratoria de marfil blanco sobre el estropeado tablero de la mesa. Seaine suspiró. Eran Asentadas, con pleno derecho a utilizar el ter’angreal que quisieran, pero había sido ella quien lo había escamoteado —no podía evitar pensar en ello como un escamoteo al no haber seguido ninguno de los procedimientos marcados— y todo el tiempo, en el fondo de su mente, había tenido la certeza de que se daría media vuelta y se encontraría con Sereille Bagand, muerta mucho tiempo antes, plantada delante de ella, dispuesta a sacarla del estudio de la Maestra de Novicias cogida por la oreja. Irracional, pero no menos real.
—Queremos asegurarnos de que dices la verdad —manifestó Pevara, que todavía parecía un oso enfurecido—, así que prestarás juramento con esto y después volveré a preguntártelo.
—No debería someterme a esto —replicó Zerah, lanzando una mirada acusadora a Seaine—, pero volveré a prestar todos los Juramentos, si es lo que hace falta para satisfaceros. Y luego exigiré una disculpa a las dos. —No hablaba como una mujer que estaba escudada y a la que se le había hecho semejante pregunta. Casi con desprecio, extendió la mano hacia la fina vara, que brillaba a la débil luz de la linterna.