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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Flinn se incorporó, sacudió la cabeza y luego permaneció en silencio mientras Rand se acercó, todavía inestable, junto a él. La lluvia caía sobre los ojos sin vida de Jonan Adley, abiertos desmesuradamente, como aterrados. Jonan había sido uno de los primeros. Los gritos procedentes del otro lado de la colina parecían penetrarlo a través de la lluvia como cuchillos. ¿Cuántos más? ¿Cuántos Defensores? ¿Y Compañeros? ¿Y…?

La torrencial lluvia ocultaba las colinas donde se encontraban los seanchan. ¿Los habría alcanzado siquiera, al atacar a ciegas? ¿O seguirían esperando allí, con todas sus damane, para ver a cuántos más de los suyos podía matar por ellos?

—Organizad la guardia que creáis oportuna —dijo a Bashere. Su voz era hierro. Adley. Uno de los primeros. Su corazón era hierro—. Cuando Gregorin y los otros se reúnan con nosotros, Viajaremos al lugar donde esperan los carros tan deprisa como podamos.

Bashere asintió en silencio y se alejó bajo la lluvia.

«He perdido —pensó, embotado, Rand—. Soy el Dragón Renacido, pero, por primera vez, he perdido».

De pronto, Lews Therin emergió enfurecido dentro de él, olvidadas por completo las retiradas a hurtadillas.

«Yo jamás he sido derrotado —bramó—. ¡Soy el Señor de la Mañana! ¡Nadie puede derrotarme!»

Rand se sentó bajo la lluvia, girando la Corona de Espadas en sus manos, mirando a Callandor tirada en el suelo. Dejó que Lews Therin bramara y rugiera de rabia.

Abaldar Yulan lloraba y agradecía que el aguacero ocultara las lágrimas que corrían por sus mejillas. Alguien tendría que dar la orden. Finalmente alguien tendría que pedir perdón a la emperatriz, así viviera eternamente, y quizás a Suroth antes. Pero no era ése el motivo de su llanto, ni incluso la muerte de un compañero. Se desgarró bruscamente una manga de su chaqueta y la echó sobre los ojos abiertos de Miraj para que la lluvia no cayera sobre ellos.

—Comunicad la orden de retirada —mandó Yulan, y vio que los hombres que lo rodeaban acusaban el impacto de la noticia con un respingo. Por segunda vez en esas costas del Océano Aricio, el Ejército Invencible había sufrido una derrota aplastante, y Yulan no creía ser el único que llorara.

25

Un regreso indeseado

Sentada detrás de su escritorio dorado, Elaida toqueteaba una talla de mármol oscurecido por los años que representaba un extraño pájaro, con un pico tan largo como el cuerpo, y escuchaba con cierta sorna a las seis mujeres que estaban de pie al otro lado del escritorio. Asentadas de sus respectivos Ajahs, se miraban de reojo malhumoradas, apoyaban ora un pie ora otro en la alfombra de vivos colores que cubría gran parte de las baldosas rojizas, ajustaban los chales de manera que los flecos de colores se mecían y, en general, actuaban y hablaban como una pandilla de sirvientas malhumoradas que quisieran tener el valor suficiente para arremeter una contra otra delante de su señora. Una capa de escarcha cubría los cristales de las ventanas, de manera que era imposible ver la nieve arremolinándose en el exterior, aunque a veces el viento aullaba con gélida violencia. Elaida se sentía muy a gusto, sin pizca de frío, y no sólo por los gruesos leños que ardían en el hogar de mármol blanco. Tanto si esas mujeres lo sabían como si no —bueno, Duhara sí lo sabía, indudablemente, y quizá las otras también—, era su señora. El ornamentado reloj dorado, hecho por encargo de Cemaile siglos atrás, desgranaba los segundos. El sueño desvanecido de Cemaile se haría realidad: la Torre recobraría su gloria. Y lo haría firmemente, en las capaces manos de Elaida do Avriny a’Roihan.

—Jamás se ha encontrado un ter’angreal que pueda «controlar» el encauzamiento de una mujer —estaba diciendo Velina en una voz fría y precisa, pero con un timbre casi infantilmente agudo, una voz que contrastaba poderosamente con su nariz aguileña y sus penetrantes y rasgados ojos. Era la portavoz del Ajah Blanco, y era el prototipo de la hermana Blanca en todo, salvo en su fiera apariencia. El vestido sencillo y níveo parecía severo y rígido—. Y muy pocos los hallados que realicen la misma función. En consecuencia, lógicamente, si se encontrara un ter’angreal de ese tipo, o más de uno, por improbable que sea, no habría suficientes para controlar a más de dos o tres mujeres, como mucho. Ello nos lleva a deducir que los informes sobre tales seanchan son exageradísimos. Si existen mujeres «atadas con correas», entonces no pueden encauzar. Obviamente no. No niego que esas gentes dominen Ebou Dar y Amador y tal vez más lugares, pero evidentemente son una invención de Rand al’Thor, quizás a fin de atemorizar a la gente para que se una a él. Como ese Profeta suyo. Es simple lógica.

—Me alegra que al menos no niegues lo de Ebou Dar y Amador, Velina —dijo secamente Shevan. Y podía ser realmente seca cuando se lo proponía. Tan alta como la mayoría de los hombres, además de delgada en extremo, la Asentada Marrón tenía la cara angulosa y la barbilla larga, rasgos que no mejoraba el ondulado cabello. Con sus huesudos dedos se arregló el chal y alisó la falda de seda color oro viejo; su voz adquirió un tono mordaz—. Me produce incomodidad hablar de lo que puede o no puede ser. Por ejemplo, no hace mucho tiempo, todas «sabíamos» que únicamente un escudo tejido por una hermana podía impedir encauzar a una mujer. Entonces aparece una simple hierba, la horcaria, y resulta que cualquiera puede preparar una infusión que te deja tan incapacitada como una piedra para encauzar durante horas. Útil con espontáneas rebeldes o en casos semejantes, supongo, pero una desagradable sorpresa para las que piensan que lo saben todo, ¿eh? Quizá lo siguiente es que alguien aprende a hacer ter’angreal otra vez.

Elaida apretó la boca. No se preocupaba por cosas imposibles, y si ninguna hermana había logrado descubrir de nuevo la creación de los ter’angreal durante tres mil años, nadie lo lograría, y con eso estaba todo dicho. Lo que la irritaba era que la información se filtrara entre sus dedos cuando quería tenerla más amarrada. A pesar de todos sus esfuerzos, hasta la última iniciada de la Torre estaba enterada de lo de la horcaria. A nadie le gustaba ni pizca saberlo. A nadie le hacía gracia descubrir de repente que era vulnerable a cualquiera con ciertos conocimientos sobre hierbas y un poco de agua caliente. Esa certeza era peor que el veneno, como bien claro lo habían dejado las Asentadas.

Al oír mencionar la hierba, los ojos grandes y oscuros de Duhara traslucieron inquietud en su rostro cobrizo, y la mujer adoptó una postura más envarada que de costumbre, con las manos prietas sobre la falda de color rojo tan oscuro que casi parecía negro. De hecho, Sedore tragó saliva, y sus dedos se crisparon sobre la carpeta de cuero repujado que Elaida le había entregado, aunque la carirredonda hermana Amarilla por lo general se comportaba con fría elegancia. ¡Andaya tembló! Incluso se ciñó convulsivamente con el chal de flecos grises.

Elaida se preguntó qué harían si se enteraran de que los Asha’man habían descubierto el olvidado Talento del Viaje. Tal como estaban las cosas, apenas si eran capaces de hablar sobre esos hombres. Por lo menos había conseguido que esa información la conociera sólo un puñado de hermanas.

—Creo que lo mejor sería que nos preocupáramos exclusivamente de las cosas que tenemos como ciertas, ¿no os parece? —dijo Andaya con firmeza, recobrado de nuevo el autocontrol. Su cabello castaño claro, cepillado hasta hacerlo brillar, colgaba en ondas por su espalda. Aunque su vestido azul con pliegues plateados era de estilo andoreño, la mujer todavía conservaba un fuerte acento tarabonés. A pesar de tener una constitución ni demasiado pequeña ni demasiado delgada, de algún modo a Elaida siempre le recordaba un gorrión a punto de empezar a dar saltitos en la rama. Y si a primera vista no parecía la persona indicada para llevar a cabo negociaciones, su fama como mediadora era bien merecida. Dirigió una sonrisa muy poco agradable a las otras, y hasta ese gesto reforzó su apariencia de gorrión. Tal vez se debía al modo de ladear la cabeza—. Las conjeturas inútiles son una pérdida de tiempo. El destino del mundo pende de un hilo y, en lo que a mí respecta, no quisiera malgastar horas valiosas chachareando sobre supuesta lógica o de lo que es de sobra sabido por cualquier necio y novicia. ¿Alguien tiene que decir algo que sea útil?

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