El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Fruncido el entrecejo, Bashere hizo que su caballo se acercara a él hasta que su rodilla casi tocó la de Rand. Flinn apartó su montura de ellos, pero Adley estaba demasiado concentrado en escudriñar a través de la lluvia para reparar en algo tan próximo a él, y Dashiva, todavía enjugándose incesantemente la cara, los observaba con interés, sin disimular. Bashere bajó la voz hasta hablar en un murmullo.
—No estáis razonando con claridad. Ése era un buen plan al principio, pero su general piensa con rapidez. Se desplegó para entorpecer nuestros ataques antes de que pudiéramos caer sobre ellos en una maniobra envolvente. Aun así, aparentemente le hemos infligido un duro castigo, y ahora está reuniendo de nuevo a todas sus tropas. No lo cogeréis por sorpresa. Lo que quiere es que vayáis por él. Está ahí fuera, esperando que ocurra. Asha’man o no Asha’man, si nos ponemos cara a cara con ese tipo, si nos encontramos a su altura, entonces creo que los buitres se darán un festín y nadie saldrá vivo.
—Nadie se encuentra a la altura del Dragón Renacido —gruñó Rand—. Los Renegados pueden decírselo a ese hombre, sea quien fuere. ¿Verdad, Flinn? ¿Dashiva? —Flinn asintió vacilante. Dashiva se encogió—. ¿Pensáis que no puedo sorprenderlo, Bashere? ¡Pues observad!
Sacó el envoltorio alargado y le quitó la tela que lo cubría; oyó exclamaciones ahogadas cuando las gotas de lluvia relucieron sobre una espada aparentemente hecha de cristal. La Espada que no es una Espada.
—Veamos si se sorprende o no con Callandor en las manos del Dragón Renacido, Bashere.
Apoyando la hoja translúcida en el doblez del brazo, Rand hizo que Tai’daishar se adelantara unos pasos. No tenía por qué hacerlo, ya que desde allí no tenía una perspectiva más clara del terreno. Sólo que… Algo se deslizaba por el exterior del vacío, una telaraña negra tejiéndose sinuosa, envolvente. Tenía miedo. La última vez que había empuñado Callandor, que la había usado realmente, había intentado traer de vuelta a la vida a los muertos. Entonces había estado seguro de que podía hacer cualquier cosa, lo que fuera. Como un loco creyéndose capaz de volar. Pero él era el Dragón Renacido. Podía hacer cualquier cosa. ¿Acaso no lo había demostrado repetidas veces? Intentó asir el Poder a través de la Espada que no es una Espada.
El saidin pareció penetrar instantáneamente en Callandor antes de que él tocase la Fuente a través de ella. Desde el pomo de la empuñadura hasta la punta de la hoja, la espada de cristal resplandeció con una luz blanca. ¡Y había creído que el Poder lo henchía antes! Ahora contenía más dentro de sí de lo que podrían diez hombres juntos sin ayuda, o un centenar, no sabía realmente cuántos. El fuego del sol, irradiando abrasador a través de su cabeza, de su mente. El frío de todos los inviernos de todas las Eras, penetrando mordiente en su corazón. En aquel torrente, la infección era la suma de todos los estercoleros del mundo vaciándose en su alma. El saidin seguía intentando matarlo, intentando arrollar, abrasar, congelar hasta la última partícula de su ser, pero luchó y vivió un instante más, y otro, y otro. Quiso reír. ¡Podía hacer cualquier cosa!
Una vez, empuñando Callandor, había creado un arma que rastreó a los Engendros de la Sombra por toda la Ciudadela de Tear, los mató con rayos que los perseguían y se descargaban sobre ellos allí donde se habían parado o corrían o se escondían. Sin duda tenía que haber algo parecido para utilizarlo contra el enemigo allí. Pero cuando llamó a Lews Therin sólo le respondieron gimoteos angustiados, como si la voz incorpórea temiera el dolor infligido por el saidin.
Con Callandor resplandeciendo en su mano —no recordaba haber enarbolado el arma— contempló intensamente las colinas donde su enemigo se ocultaba. Ahora estaban grises, con el aguacero y las espesas y negras nubes que tapaban el sol. ¿Qué era lo que le había dicho a Eagan Padros?
—Yo soy la tormenta —susurró, aunque en sus oídos sonó como un grito, como un bramido, y encauzó.
En lo alto, las nubes bulleron, se arremolinaron. Donde habían sido de color pizarroso, se tornaron negras como el hollín, como la noche más oscura. No sabía lo que estaba encauzando. Eso le ocurría a menudo, a pesar de las enseñanzas de Asmodean. Quizá Lews Therin lo estaba guiando, a despecho de sus gimoteos. Flujos de saidin giraron vertiginosamente por la negra bóveda, Viento, Agua y Fuego. Del cielo llovieron rayos, cien, centenares a la vez, venablos blanco azulados que se bifurcaban y se descargaban hasta donde le alcazaba la vista. Las colinas que tenían enfrente explotaron. Algunas saltaron en pedazos bajo el torrente de relámpagos como un termitero reventado a patadas. El fuego estalló en las arboledas, los árboles convirtiéndose en antorchas bajo la lluvia, las llamas propagándose velozmente a través de los olivares.
Algo lo golpeó con fuerza y fue consciente de estar levantándose del suelo. La corona se le había caído de la cabeza, pero Callandor seguía resplandeciendo en su mano. Vagamente, advirtió que Tai’daishar se incorporaba también, tembloroso. Así que lo contraatacaban ¿verdad? Alzando más aún a Callandor, bramó:
—¡Venid a atacarme si os atrevéis! ¡Yo soy la tormenta! ¡Ven si te atreves, Shai’tan! ¡Soy el Dragón Renacido!
Un millar de siseantes rayos llovieron de las nubes. Algo lo golpeó otra vez. Intentó levantarse, sin éxito; un peso se lo impedía. Callandor, todavía brillante, estaba tirada a un metro de su mano extendida. La violenta tormenta de relámpagos resquebrajaba el cielo. De repente se dio cuenta de que el peso que tenía encima era Bashere y que el saldaenino lo sacudía. ¡Debía de haber sido él el que lo había derribado!
—¡Basta! —gritó el general. La sangre le resbalaba por la cara desde un tajo abierto en el cuero cabelludo—. ¡Nos estáis matando! ¡Parad!
Rand volvió la cabeza y una estupefacta mirada fue suficiente. Los rayos se descargaban alrededor, en todas direcciones. Uno se descargó en la ladera opuesta, donde se encontraban Denharad y los mesnaderos; se alzaron gritos de hombres y caballos. Anaiyella y Ailil estaban a pie, tratando en vano de tranquilizar las monturas encabritadas que intentaban soltarse tirando de las riendas, girando los ojos, enloquecidas. Flinn se inclinaba sobre alguien, cerca de un caballo muerto, tiesas ya las patas.
Rand soltó el saidin, pero aun así siguió fluyendo dentro de él durante unos segundos, y la tormenta de rayos rugió. El flujo disminuyó, se debilitó y desapareció. El mareo lo inundó y ocupó el vacío dejado por el Poder. Durante otros tres segundos, dos Callandor brillaron donde permanecían tiradas sobre el suelo y los relámpagos se descargaron. Luego se hizo el silencio, salvo por el creciente repiqueteo de la lluvia. Y por los gritos al otro lado de la colina.
Lentamente, Bashere se quitó de encima de él, y Rand se levantó sin ayuda, tambaleándose sobre las piernas inestables, parpadeando a medida que su vista volvía a enfocarse. El saldaenino lo observaba como habría hecho con un león rabioso, toqueteando la empuñadura de su espada. Anaiyella lo miró un momento, plantado allí de pie, y se desmayó; su caballo salió disparado, las riendas colgando. Ailil, todavía forcejeando con su montura encabritada, lanzó ojeadas fugaces a Rand. Éste dejó a Callandor tirada en el suelo; no estaba seguro de querer cogerla. Aún no.