El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—Jurarás obedecernos a las dos sin reservas —dijo Pevara, y la mano de la mujer más joven se retiró rápidamente, como si la vara fuese una víbora enroscada. Pevara continuó al tiempo que empujaba el ter’angreal hacia ella, con dos dedos—. De ese modo, podemos pedirte que respondas sinceramente y sabremos que así lo harás, y si das la respuesta equivocada, sabemos que obedecerás y nos ayudarás a dar caza a tus hermanas Negras. La Vara puede utilizarse para liberarte del juramento, si das la respuesta correcta.
—¿Liberarme? —exclamó Zerah—. No sé de nadie que se haya desvinculado de un juramento prestado sobre la Vara Juratoria.
—Ése es el motivo por el que tomamos estas precauciones —intervino Seaine—. Lógicamente, una hermana Negra tiene que poder mentir, lo que significa que debe haberse desvinculado al menos de ese Juramento y probablemente de los otros dos también. Pevara y yo hicimos pruebas y descubrimos que el procedimiento es muy semejante a prestar juramento. —No mencionó lo doloroso que había sido, sin embargo; tanto como para hacerlas llorar a ambas. Tampoco mencionó que a Zerah no se la liberaría del nuevo juramento, fuese cual fuese su respuesta; no hasta que la búsqueda del Ajah Negro llegase a su fin. Para empezar, no podían dejarla que saliera de allí para ir a protestar por el interrogatorio, cosa que sin duda haría, y con toda razón, si no era una Negra. Si no lo era.
¡Luz, cómo deseaba Seaine haber encontrado a una hermana de otro Ajah que encajase con los criterios que habían establecido! Una Verde o una Amarilla habría ido de perillas. Las unas y las otras eran altaneras en el mejor de los casos, ¡y últimamente…! No. No iba a caer presa de la enfermedad que se extendía por toda la Torre. Sin embargo, no podía evitar que ciertos nombres le pasaran por la cabeza, los de una docena de Verdes y el doble de Amarillas, y todas ellas sobrepasando con creces el punto en que se hacía necesario bajarles los humos y ponerlas en su sitio. ¡Mira que demostrar desdén a una Asentada!
—¿Decís que os habéis liberado de uno de los Juramentos? —Zerah parecía escandalizada, inquieta y sobresaltada al mismo tiempo. Reacciones perfectamente razonables.
—Y lo prestamos de nuevo —contestó Pevara, impaciente. Asió la fina vara y encauzó un pequeño flujo de Energía hacia uno de los extremos, todo ello manteniendo el escudo de Zerah—. Por la Luz, juro no pronunciar una sola palabra que no sea verdad. Por la Luz, juro no crear armas para que un hombre mate a otro. Por la Luz, juro no utilizar el Poder Único como arma excepto contra los Engendros de la Sombra o como último recurso en defensa de mi vida, la vida de mi Guardián o la de otra hermana. —No torció el gesto en la parte referente al Guardián; las nuevas hermanas destinadas a integrarse en el Ajah Rojo a menudo lo hacían cuando prestaban el juramento—. No soy una Amiga Siniestra. Espero que eso te satisfaga. —Enseñó los dientes a Zerah, pero no quedó muy claro si se trataba de una sonrisa o de una especie de gruñido.
A su vez, Seaine prestó de nuevo los Juramentos, y cada uno de ellos le produjo una leve y momentánea presión en todo su cuerpo, desde el cuero cabelludo hasta las plantas de los pies. En realidad, apenas si notó la presión, teniendo aún la sensibilidad a flor de piel por haber mentido después de repetir el Juramento de no decir mentiras. Afirmar que Pevara tenía barba o que las calles de Tar Valon estaban pavimentadas con queso había resultado extrañamente regocijador durante un rato —incluso Pevara había reído—, pero ahora no merecía la pena el malestar. Hacer esa prueba no había sido realmente necesario, a su entender. Lógicamente, tenía que ser así. Decir que no era una Negra casi le enredó la lengua —le parecía repugnante verse obligada a negar tal cosa— pero le tendió la Vara Juratoria a Zerah con un firme cabeceo.
Rebullendo en el banco, la esbelta mujer giró la suave vara blanca entre sus dedos y tragó saliva con esfuerzo. La pálida luz de la linterna le daba un color enfermizo a su tez. Las miró alternativamente, con los ojos muy abiertos, y después sus manos se cerraron sobre el ter’angreal al tiempo que asentía.
—Exactamente como he dicho —gruñó Pevara al tiempo que volvía a encauzar Energía en la Vara—, o repetirás el juramento hasta que lo hagas correctamente.
—Juro obedeceros a las dos sin reservas —pronunció Zerah con voz tensa, y después se estremeció cuando el juramento ejerció su control. Siempre se notaba más presión con el primero—. Peguntadme sobre el Ajah Negro —exigió; sus manos temblaban sobre la Vara—. ¡Preguntad sobre el Ajah Negro! —La intensidad de la mujer reveló la respuesta a Seaine antes de que Pevara soltara el flujo de Energía e hiciera la pregunta, ordenando absoluta sinceridad—. ¡No! —gritó Zerah—. ¡No soy del Ajah Negro! ¡Y ahora, cancelad este juramento! ¡Libradme de él!
Seaine se hundió con desaliento, apoyando los codos en la mesa. Ciertamente no había querido que Zerah respondiese que sí, pero había tenido la seguridad de que la pillarían en una mentira. Una mentira descubierta, o eso había parecido, tras semanas de investigación. ¿Cuántas semanas más de búsqueda tenían por delante? ¿Y de mirar hacia atrás desde que se despertaba hasta que se dormía? Cuando conseguía conciliar el sueño.
Pevara señaló a la mujer más joven con aire acusador.
—Les dijiste a otras que venías del norte.
—Cierto —contestó lentamente Zerah, cuyos ojos se habían abierto mucho otra vez—. Bajé por la orilla del Erinin hasta Jualdhe. ¡Ahora, liberadme de este juramento!
—En la sudadera de tu montura se encontraron ajonjeras y cardos estrellados. Ninguna de esas dos plantas se ven a ciento cincuenta kilómetros al sur de Tar Valon.
Zerah se puso de pie bruscamente.
—¡Siéntate! —espetó Pevara.
La mujer se dejó caer en el banco pesadamente, pero ni siquiera se encogió. Estaba temblando. No, tiritaba. Tenía la boca prieta; de otro modo, a Seaine no le cabía duda de que sus dientes habrían castañeteado. Luz, la pregunta sobre el norte o el sur la asustaba más que una acusación de ser Amiga Siniestra.
—¿Desde dónde partiste? —preguntó lentamente—. ¿Y por qué? —Su intención era aclarar por qué había estado dando un rodeo, lo que obviamente había hecho, sólo para ocultar de qué dirección procedía, pero las respuestas salieron a borbotones de la boca de Zerah.
—Desde Salidar —chirrió. No había un término mejor para el sonido de su voz. Todavía asiendo la Vara Juratoria, se retorció en el banco. Las lágrimas desbordaron sus ojos, que estaban desorbitados y clavados en Pevara. Las palabras fluyeron imparables, aunque ahora los dientes le castañeteaban de verdad—. Vi-vine para ase-asegurarme de que todas las hermanas su-supieran lo de las R-Rojas y Logain, y que así dep-depusieran a Elaida y la T-Torre pueda recobrar la unidad. —Con un gemido, empezó a gritar sin parar, con la vista prendida en la Asentada Roja.
—Bien —dijo Pevara. Luego repitió en tono más severo—. ¡Bien! —Su semblante era la viva imagen de la compostura, pero el brillo de sus oscuros ojos distaba mucho del travieso que Seaine recordaba de la época en que una era novicia y la otra Aceptada—. Así que tú eres la fuente de ese… rumor. ¡Vas a presentarte ante la Antecámara y lo confesarás como la mentira que es! ¡Admite que es una mentira, muchacha!
Los ojos de Zerah, ya abiertos de par en par, casi se salieron de las órbitas. La Vara cayó de sus manos y rodó sobre el tablero de la mesa, y la joven Blanca se asió la garganta. Un sonido ahogado salió de su boca abierta. Pevara la miraba estupefacta, pero de repente Seaine comprendió.