La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
David saca sus lápices. Lepelletier es un hombre feo, sin paliativos. Sus rasgos ya han empezado a suavizarse. Yace con un brazo inerme y desnudo, como el brazo de Cristo cuando lo transportaron a la tumba. Las ropas están desgarradas y empapadas en sangre. David trata de reproducir la camisa, de vestir mentalmente al moribundo que yace en el lecho.
Unas horas antes, Lepelletier había estado cenando en el restaurante Feurier, en el Jardin de l’Égalité (tal como llamamos actualmente al Palais Royal). De improviso se le acercó un hombre -un desconocido, pero amistoso-, quizá para felicitarle por su republicana firmeza al votar a favor de la muerte de Capeto. Afable, aunque cansado tras las largas sesiones nocturnas en la cámara, el diputado se reclinó hacia atrás. Súbitamente el extraño sacó del bolsillo de su casaca un cuchillo y se lo clavó debajo de las costillas, en el lado derecho.
Lepelletier es transportado a casa de su hermano con los intestinos destrozados, chorreando sangre, con una herida grande como un puño. «Tengo frío -murmura-. Tengo frío.» Le cubren con unas mantas. «Tengo frío», repite.
Son las cinco de la mañana. Robespierre está acostado en su habitación de la rue Saint-Honoré. Ha echado el cerrojo a la puerta. Brount yace en el pasillo junto a ella, con las fauces entreabiertas, agitando de vez en cuando las patas, soñando con épocas mejores.
Las cinco de la mañana. Camille Desmoulins se levanta sigilosamente de la cama, como solía hacer en el colegio Louis-le-Grand. Danton quiere un discurso para tratar de obligar a Roland a dimitir de su cargo. Lolotte se gira, murmura unas palabras y extiende una mano. Camille la arropa y dice: «Duérmete.» Danton no utilizará el discurso. Sostendrá los folios arrugados en la mano y se lo irá inventando a medida que vaya hablando… Camille no lo hace por obligación sino para ejercitar su imaginación y para matar el tiempo hasta el amanecer.
Siente el aire helado como la hoja de un cuchillo sobre su oscura piel. Atraviesa la habitación de puntillas y se lava la cara para despejarse, procurando no hacer ruido. Si Jeanette le oye, se levantará para encender la chimenea, para decirle que es propenso a resfriarse -lo cual no es cierto- y para atiborrarlo de comida. En primer lugar escribe una carta a su padre, firmada: «Tu hijo, el regicida.» Luego coge otra hoja de papel y empieza a redactar el discurso. El gato de Lolotte juguetea con la pluma, observándola con recelo; Camille le acaricia el lomo mientras contempla el amanecer sobre los suburbios del este. De pronto, la llama de la vela oscila bruscamente y él se vuelve asustado. Pero está solo, rodeado por las negras siluetas de los muebles y los grabados que cuelgan en las paredes. Suavemente, como al gato, acaricia el cañón de una pequeña pistola que conserva en el cajón de la mesa. Una gélida lluvia cae sobre las enlodadas calles.
Las siete y media. En una pequeña habitación, junto a una estufa, están sentados un sacerdote y Luis el Último.
– Sobre nosotros hay un juez incorruptible… la Guardia Nacional se ha reunido… ¿Qué le he hecho a mi primo Orléans para que me persiga de esta forma…? Puedo soportarlo todo… Esas gentes ven cuchillos y venenos por todas partes, temen que me suicide… Estoy ocupado, aguarde unos minutos… Déme su última bendición, y rece para que el Señor me ayude en los instantes postreros… Entréguele mi reloj y mis ropas a Cléry, mi mayordomo…
Las diez y media de la mañana. La multitud arrebata la casaca de manos del ayudante de Sanson y la hacen jirones. En la Place de la Révolution venden tortas calientes y pan de jengibre. La gente congregada en torno al cadalso empapa unos trapos en la sangre derramada.
Lepelletier, el mártir, yace en el ataúd de cuerpo presente.
Los restos de Luis, el Rey, son rociados con cal viva.
Al final de la primera semana de febrero, Francia está en guerra contra Inglaterra, Holanda y España. La Convención Nacional promete ayuda armada a todos aquellos que decidan alzarse contra la opresión: «Guerra contra los castillos, paz para las casas de las gentes honestas.» Cambon, del comité de finanzas: «A medida que penetramos en territorio enemigo, aumentan los costes de la guerra.»
En Francia escasean los alimentos y la inflación aumenta vertiginosamente. En París, la Comuna lucha contra los ministros girondinos y trata de aplacar a los militantes de las Secciones; trata de estabilizar el precio del pan a tres sous, y el ministro Roland no cesa de lamentarse de la mala administración del dinero público. En la Convención, la Montaña constituye tan sólo una vociferante minoría.
Jacques Roux, un sansculotte, desde la tribuna de la convención
Debemos garantizar las existencias de pan porque cuando deje de haber pan no habrá ley, libertad ni república.
Estallan revueltas en Lyon, Orléans, Versalles, Rambouillet, Étampes, Vendôme, Courville y aquí, en la misma capital.
Dutard, un empleado del Ministerio del Interior,
a propósito de la Gironda
Pretenden establecer una aristocracia formada por ricos, comerciantes y terratenientes… Si pudiera elegir, preferiría el viejo régimen; los nobles y los sacerdotes poseían ciertas virtudes de las que estas gentes carecen. ¿Qué es lo que dicen los jacobinos? Es preciso controlar a estos individuos codiciosos y depravados. Bajo el viejo régimen, los nobles y los sacerdotes constituían una barrera que no podían atravesar. Pero bajo el nuevo régimen no existen límites para sus ambiciones; son capaces de matar al pueblo de hambre. Es necesario erigir una barrera que los contenga, y el único medio es convocar a las masas.
Camille Desmoulins, a propósito del ministro Roland
El pueblo constituye para usted tan sólo un medio necesario para organizar una insurrección; tras haber servido a la revolución, es dejado de lado, olvidado. Pretende que esas gentes se dejen conducir como ganado por quienes son más sabios que ellos y están dispuestos a molestarse en guiarlos. Toda su conducta se basa en estos repugnantes principios.
Robespierre, a propósito de la Gironda
Se creen unos caballeros, los justos beneficiarios de la Revolución. Nosotros no somos más que chusma.
10 de febrero. A primeras horas de la mañana, Louise Gély llevó a Antoine a casa de su tío Víctor.
Los dos niños -el hijo de los Desmoulins y François-Georges, que acaba de cumplir un año- están a cargo de su nodriza, la cual se ocupa, pese al ajetreo de la jornada, de darles de comer cuando tienen hambre.
Louise regresó apresuradamente a la Cour du Commerce para comprobar que Angélique se había adueñado de su territorio.
– Creo que el parto se producirá esta noche. De modo que pórtate bien y procura no estorbar, jovencita -dijo su madre.
– Y no pongas esa cara, que estás muy fea -apostilló Angélique.
Al poco rato llegó Lucile Desmoulins. Esa nunca está fea, pensó Louise con rabia.
Lucile llevaba una falda de lana negra, un elegante chaleco y el cabello recogido con una cinta tricolor.
– ¡Jesús! -exclamó, dejándose caer en un sillón y extendiendo las piernas para admirar las puntas de sus botas de montar-. Si hay algo que detesto es el melodrama que rodea a los embarazos y partos.
– Supongo que si pudieras estarías dispuesta a pagar a otra mujer para que tuviera a tus hijos -dijo Angélique con dulzura.
– Desde luego -respondió Lucile-. Creo que debería ser menos complicado.
Las mujeres intentaban mantener ocupada a Louise, impidiendo que participara en la conversación. En cierto momento oyó decir a Gabrielle, refiriéndose a ella, que era «muy amable, muy útil», lo cual hizo que se ruborizara. Le ponía violenta que hablaran de ella.
Cuando Lucile se disponía a marcharse, dijo a la señora Gély:
– Si me necesitan, acudiré inmediatamente. Gabrielle está muy agitada. Dice que tiene miedo, lamenta que Georges-Jacques no esté aquí.