La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¿Quién es el presidente de la Convención?
Gabrielle no lo recordaba, pues cada día quince días ocupaba el cargo un hombre distinto.
– Lo siento, Georges, no lo recuerdo.
– ¿Dónde están mis amigos? ¿Dónde se meten cuando los necesito? Robespierre debe de saberlo, él lo sabe todo.
– No seas ridículo -dijo Camille. Ni Georges ni Gabrielle le habían oído entrar-. Ya sé que debería estar en la Escuela de Equitación, pero no soporto los discursos sobre Luis. Podemos ir juntos más tarde. ¿Pero qué…? -Antoine se levantó de pronto, pisoteando sus soldados, y se arrojó gritando en brazos de Camille-. ¿Qué ha sucedido, Georges? Hace una hora, cuando te dejé, estabas perfectamente.
– Así que fuiste a ver a Lucile antes de venir aquí… -dijo Gabrielle, mirando a su marido con aire de reproche.
– ¡Basta! -contestó furioso Danton. Antoine se echó a llorar. Su padre llamó a gritos a Catherine, la cual apareció apresuradamente-. Llévate al niño -le ordenó Danton. La sirvienta trató de coger al pequeño en brazos, que seguía agarrado al cuello de Camille-. ¡Vaya recibimiento! Me ausento durante un mes y cuando regreso compruebo que mis hijos se han encariñado con otro hombre.
Catherine logró llevarse por fin al pequeño. Gabrielle sintió deseos de taparse los oídos para no oír los berridos de su hijo, pero temía incluso moverse. Jamás había visto a su marido tan enfurecido. Georges agarró a Camille de las solapas y lo obligó a sentarse en el sofá junto a Gabrielle.
– Toma -dijo, arrojando la carta sobre el regazo de su esposa-. Es de Bertrand de Molleville, el ex ministro, que se halla actualmente en Londres. Podéis leerla juntos y sufrir conmigo.
Gabrielle cogió la carta, la alisó y la sostuvo en alto para que Camille la leyera. Aunque era muy miope, éste consiguió descifrar la primera frase. Miró a Danton, horrorizado, y se llevó una mano a la frente, como presintiendo el desastre que estaba a punto de estallar.
– Eres un gran consuelo -rezongó Danton.
Gabrielle miró perpleja a Camille y a su marido, y luego leyó la carta:
– «Creo mi deber informarle, señor, que entre los documentos que me confió el difunto señor Montmorin, a finales de junio del pasado año -y que traje a Inglaterra conmigo- he hallado una nota en la que se detallan varias sumas de dinero que le fueron entregadas a usted, procedentes del fondo secreto del Ministerio de Asuntos Exteriores, junto con las fechas en que se llevaron a cabo los pagos, las circunstancias en que usted las recibió y los nombres de las personas que…»
– Sí -dijo Georges- soy como tú sospechabas que era.
Gabrielle siguió leyendo:
– «Obra también en mi poder una nota, escrita de su puño y letra… Le notifico que he adjuntado ambos documentos a una carta dirigida al presidente de la Convención Nacional…» ¿Qué es lo que pretende ese hombre, Georges? -murmuró Gabrielle.
– Continúa. Dice que ha enviado la carta y los dos documentos a un amigo suyo que vive en París, para que éste los remita al presidente de la Convención si no salvo al Rey.
Gabrielle continuó leyendo la carta, espantada ante la amenaza y los violentos términos contenidos en la misma.
– «… si se niega usted a comportarse, en el asunto concerniente al Rey, como un hombre a quien el Monarca remuneró generosamente. Si por el contrario se aviene a prestar el servicio que solicito, del que es perfectamente capaz, percibirá una justa recompensa.»
– Se trata de un chantaje, Gabrielle -dijo Camille-. Montmorin fue ministro de Asuntos Exteriores. Le obligamos a dimitir después de que Luis tratara de huir, pero siguió formando parte del círculo de allegados del Monarca. Murió en septiembre en la cárcel. De Molleville fue ministro de Marina.
– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Gabrielle con tono angustiado, apoyando una mano en el brazo de Danton, como si quisiera consolarlo.
Danton la apartó bruscamente y contestó:
– Debí matarlos a todos cuando tuve ocasión de hacerlo.
El pequeño Antoine, que estaba en una habitación contigua, seguía llorando desconsoladamente.
– Siempre supuse -dijo Gabrielle-, que no estabas de acuerdo con esta Revolución, que eras partidario del Rey.
Danton se volvió hacia ella y soltó una carcajada.
– Le debes lealtad -prosiguió Gabrielle-. Has aceptado su dinero, con el que has vivido y has adquirido tierras. Debes serle leal. Sabes que es lo correcto, y si no lo haces… -Gabrielle se detuvo, sin saber cómo continuar. ¿Qué podía sucederle? ¿Ser menospreciado por todo el mundo, o incluso juzgado?-. Debes salvarlo. No te queda más remedio.
– ¿De veras crees que me recompensarán por mis servicios, querida? Te equivocas. Si salvo a Luis -tiene razón, puedo hacerlo- pondrán esos documentos a buen recaudo y seguirán utilizándome como un pelele. Cuando ya no les sea útil, cuando haya perdido mi influencia, los sacarán para difamarme y sembrar el caos.
– ¿Por qué no le pides que te entregue esos documentos a cambio de tus servicios? -preguntó Camille-. Junto con el dinero. Si pudieras hacerlo, si te pagaran una cantidad justa, lo harías, ¿no es así?
– Explícate -respondió Danton.
– Si pudieras salvar a Luis, conservar tu prestigio entre los patriotas y sacarles más dinero a los ingleses, supongo que lo harías, ¿no es cierto?
Tiempo atrás Danton hubiera contestado: «Sería un imbécil si no lo hiciera.» Camille habría sonreído, pensando: «Siempre finge ser peor de lo que es.» Pero ahora observó una expresión de perplejidad en el rostro de Danton, como si no supiera qué responder ni qué hacer, como si de pronto hubiera perdido el control. Gabrielle se puso de pie precipitadamente y recibió una bofetada en pleno rostro, que la derribó de nuevo sobre el sofá.
– ¡Dios mío! -exclamó Camille-. Ha sido un gesto muy valiente.
Danton se cubrió la cara con las manos, tratando de reprimir unas lágrimas de furia y humillación. No había vuelto a llorar desde que el toro lo había embestido, desde que era un niño incapaz de controlar sus lágrimas. Al cabo de unos minutos miró a su esposa y vio que ésta lo miraba con los ojos secos.
– Jamás podré perdonarme por haberte golpeado -dijo Danton, arrodillándose junto a ella.
– Podrías dedicarte a romper la vajilla en lugar de descargar tu ira sobre la gente -dijo Gabrielle, palpándose el labio inferior-. No somos tus enemigos -añadió, crispando los puños para no frotarse la mejilla y que él viera que le hacía daño.
– No te merezco -le dijo Danton-. Perdóname. No pretendía golpearte.
– Camille tampoco merece que le golpees.
– Un día te mataré -dijo Danton, dirigiéndose a Camille-. No temas, acércate. Tienes una mujer encinta que te protege. En septiembre, cuando los presos fueron muertos, me cubriste de mierda. Todo está organizado, informaste a Prudhomme y a algunos más. No os preocupéis, les dijiste, no habrá ningún problema… mientras yo trataba de negar toda participación en el asunto. Aquello fue necesario, pero al menos fingí no tener nada que ver en ello. Tú, en cambio, no hubieras dudado en responsabilizarte de la Matanza de los Inocentes. De modo que no me mires con ese aire de superioridad. Tú lo sabías. Estabas al corriente desde un principio.
– Sí, pero no supuse que iban a descubrirte -contestó Camille, sonriendo y retrocediendo unos pasos.
– Te aconsejo que te lo tomes en serio, Camille -dijo Gabrielle, mirándole asustada.
– Lávate la cara, Gabrielle -le ordenó su marido-. Porque si esos documentos salen a la luz pública mi futuro no valdrá ni dos sous, y tampoco el tuyo.
– Es posible que sea una trampa, que no posea esos documentos -dijo Camille-. ¿Cómo ha conseguido una nota escrita de tu puño y letra?
– Esa nota existe.
– Entonces te has comportado como un idiota. De todos modos, es posible que De Molleville haya visto esos documentos, pero dudo mucho que Montmorin se los haya entregado. De Molleville afirma que se los dio para que los guardara a buen recaudo, pero ¿cómo iban a estar a buen recaudo en la maleta de un emigrado que se fuga a Inglaterra? ¿De qué iban a servirle a Montmorin esos documentos en Londres? De Molleville hubiera tenido que remitírselos de nuevo. Además, Montmorin ignoraba que iban a matarlo en la cárcel.