La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Sí, pero ambos sabemos que sus pasiones son más fuertes que sus hábitos. Todo dependía de… Si Lucile hubiera sido tan complaciente como finge ser… Pero ella jamás te abandonaría. -Gabrielle pulsó el timbre para llamar a la sirvienta-. Cuando me mostró la carta estaba furioso, temí haber hecho algo malo. Supuse que era una de esas cartas anónimas en las que alguien se dedicaba a calumniarme.
– Difamarte -le corrigió Camille automáticamente.
En aquel momento entró Marie de la cocina, con un amplio delantal de hilo y con aspecto preocupado.
– Catherine se ha llevado al niño a casa de la señora Gély -dijo, sin que a nadie le preguntara qué deseaba.
– Tráeme una botella de algo de la bodega, Marie. ¿Qué te apetece, Camille? Tráenos lo que sea, Marie -dijo Gabrielle, suspirando-. Las sirvientas acaban tomándose demasiadas confianzas. Lamento no haber hablado antes contigo, Camille.
– Supongo que temías reconocer que ambos teníamos el mismo problema.
– ¿Te refieres a que estás enamorado de mi marido? Hace tiempo que lo sé. No me mires con esa cara. Sé sincero, si tuvieras que describir los sentimientos que te inspira, ¿qué dirías? Yo, en cambio, creo que ya no lo amo. Hoy he conocido a alguien que hace años deseaba conocer. He pensado… No soy una mujer tan débil que necesite casarme con ese tipo de hombre. Pero qué más da.
De pronto apareció Danton, con aire serio, sosteniendo el sombrero en una mano y la capa en la otra. Se había afeitado y lucía una casaca negra y una corbata de muselina blanca.
– ¿Quieres que te acompañe? -le preguntó Camille.
– No, espérame aquí.
Tras esas palabras, Danton se marchó.
– ¿Qué va a hacer? -murmuró de nuevo Gabrielle. En el ambiente flotaba un aire como de conspiración. Tomó un largo sorbo de vino. Estaba seria y pensativa; al cabo de cinco minutos estrechó la mano de Camille entre las suyas.
– Confiemos en que sea Defermon quien tenga la carta. Confiemos en que se sienta angustiado, que no sepa qué hacer con ella, mientras espera a que comience el juicio de Luis. Sin duda habrá pensado: «Si me tomo esta carta en serio, si se la enseño a la Convención, la Montaña caerá sobre mí. El diputado Lacroix se ha hecho amigo de Danton desde que ambos estuvieron en Bélgica, y tiene influencia sobre los de la Planicie. Defermon comprenderá que si enseñan la carta sólo complacería a Brissot, Roland y sus secuaces. Y se dirá: «Danton se ha presentado con aire enérgico y decidido, no como un hombre que se siente culpable. Afirmará que la carta es un fraude, un truco…» Defermon querrá creerlo. Como nos tienen por unos salvajes, Defermon temerá enojar a Danton y acabar asesinado. Ya oíste el mensaje que tu marido ordenó a Fabre que le llevara. «Dile que Danton en persona desea verlo.» Defermon le estará aguardando, preguntándose: «¿Qué debo hacer?» Empezará a sentirse culpable de que la carta obre en su poder. Georges-Jacques lo obligará a doblegarse.
Había oscurecido. Ambos permanecieron sentados en silencio, con las manos entrelazadas. Gabrielle pensó en su marido, cuya imponente estatura y corpulencia impresionaba a todo el mundo, mientras recorría con las yemas de los dedos los bordes de las cuidadas uñas de Camille, sintiendo que el pulso le latía aceleradamente, como el de un animalillo.
– Georges ya no siente temor.
– Cierto, pero yo formo parte de los timoratos de este mundo.
– ¿Tú, timorato? Deja de fingir, Camille. Eres tan timorato como una serpiente.
Camille sonrió y apartó el rostro.
– Antes creía que Georges no era una persona muy complicada -dijo-. Pero me equivocaba. Es muy complicado, muy sutil. Sus ambiciones sí son sencillas: poder, dinero, tierras…
– Y mujeres -apostilló Gabrielle.
– ¿Por qué has dicho que se estaba destruyendo?
– No estoy segura a qué me refería. Pero en aquel momento, cuando estaba tan enfadado que echaba espumarajos por la boca y nos insultaba, lo vi con toda claridad. Georges piensa: «La gente dice que estoy corrompido, pero tan sólo le sigo el juego al sistema, soy dueño de mis actos, nada puede mancharme.» Pero no es cierto. Ha olvidado lo que deseaba. Los medios se han convertido en el fin. Aunque no se dé cuenta, está corrompido. -Gabrielle se estremeció y apuró los dos dedos de vino tinto y dulzón que quedaban en la copa-. ¡Por la vida, la libertad y la felicidad!
Al cabo de un rato Danton regresó a casa. Entró en la habitación precedido por Catherine, quien sostenía unos candelabros de plata con altas velas de cera. El cuarto de estar se inundó de una luz amarillenta. La gigantesca sombra de Danton se proyectaba sobre las paredes. Se arrodilló junto al hogar y sacó unos papeles del bolsillo.
– Tenías razón -dijo, dirigiéndose a Camille-. Era un truco. Casi me sentí decepcionado.
– Hasta el juicio final resultaría pálido comparado con la escena que organizaste -respondió Camille.
– La carta obraba en poder de Defermon, tal como dijiste. Pero no había ninguna nota adjunta de mi puño y letra ni ningún recibo. Tan sólo esta carta -dijo Danton, arrojándola al fuego-. Sólo una larga lista de acusaciones por parte de De Molleville, dando al asunto un tinte siniestro. Alega que los documentos existen, pero no aporta ninguna prueba. Yo me puse a vociferar y dije: «De modo que haces más caso de la carta de un emigrado que de mi palabra, ¿eh?» El pobre Defermon no hacía sino repetir: «Tienes razón, tienes razón. ¡Dios mío!»
Camille observó cómo las llamas devoraban las hojas de papel. No me ha permitido leer la carta, pensó; ¿qué otras cosas habrá dicho De Molleville? Gabrielle cree que estamos enterados de todo, pero Georges-Jacques es muy listo.
– ¿Quién fue el emisario?
– Ese gusano no lo sabía -contestó Danton-. El portero no lo reconoció.
– Con Vergniaud no te habría resultado tan fácil. Quizá no hubieras conseguido obligarle a que te la entregara. Por otra parte, quizás esos documentos existan. Quizá todavía estén en París.
– Sea como sea -contestó Danton-, no puedo hacer nada al respecto. Pero te diré una cosa: cuando De Molleville firmó esa patética carta, al mismo tiempo firmó la sentencia de muerte de Luis. No moveré un dedo para salvar a Capeto.
Gabrielle agachó la cabeza, apenada.
– Has perdido -le dijo su marido, acariciándole suavemente el cuello-. Ve a acostarte. Te conviene descansar. Camille y yo nos beberemos otra botella de vino. Estoy agotado.
Y mañana todos se comportarán como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, Danton se paseaba nervioso de un lado al otro de la habitación. Estaba pálido, aún no se había recuperado de la conmoción que le había producido la carta. Poco a poco fue recobrando el dominio de sus nervios y sus músculos, pero jamás volvería a sentirse tan seguro de sí mismo como antes. Sabía que había comenzado su declive.
V. Un mártir, un rey, un niño
El juicio del Rey ha concluido. Las puertas de la ciudad se han cerrado. Un Rey nunca es inocente, según ha decidido la Convención. ¿Acaso el mero hecho de haber nacido condena a Luis?
– Es la lógica de la situación -dice Saint-Just con calma.
Son las cinco de la mañana. En una casa de la Place Vendôme, todas las luces están encendidas. Han mandado llamar a los mejores médicos de la república; también han mandado llamar a David, el artista, para que contemple a un mártir, para que observe cómo la muerte va borrando los rasgos mientras la inmortalidad los moldea a su manera. Es el primer mártir de la república, el cual percibe unas voces confusas, algunas cercanas y otras lejanas, algunas familiares y otras desconocidas; sus sentidos se disipan poco a poco mientras en una habitación contigua organizan su funeral. Se llama Michel Lepelletier, nacido noble, actualmente diputado. Nada pueden hacer ya por él; al menos, no en este mundo.