La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Deseaba ir a verte pero no quería importunarte. Nunca sé qué decir en estas circunstancias, y nuestra amistad no es tan estrecha como para que sobren las palabras entre nosotros. Lo lamento.
Danton apoyó una mano en su hombro y respondió:
– Gracias, amigo mío.
– Te escribí una carta, aunque sé que en estos momentos las cartas no sirven de ningún consuelo. Sólo quería que supieras que puedes contar conmigo.
– Lo sé.
– No existe ninguna rivalidad entre los dos. Sostenemos las mismas ideas políticas.
– ¿Oyes cómo me aclaman? -preguntó Danton-. Hace tan sólo unas semanas me escupían en la cara por no mostrarles las cuentas del ministerio.
En aquel momento se acercó Fabre, que había procurado informarse sobre las reacciones que había suscitado el discurso que Danton había pronunciado.
– La Gironda está dividida sobre el asunto del Tribunal Revolucionario -dijo-. Brissot te apoyará, lo mismo que Vergniaud. Roland y sus amigos se oponen.
– Han abandonado el republicanismo -respondió Danton-. Lo único que les interesa es destruirme.
Los diputados seguían acercándose para felicitarle. Fabre hacía reverencias a diestro y siniestro, como si fuera el artífice del discurso. Collot, el actor, gritaba con su bilioso rostro contraído por la emoción:
– ¡Bravo, Danton! ¡Bravo!
Robespierre se retiró discretamente, mientras seguían sonando los aplausos. Afuera, la muchedumbre le reclamaba insistentemente. Danton se pasó la mano por la cara. Tras no pocos esfuerzos, Camille había conseguido acercarse a él. Al verlo, Danton le echó un brazo sobre los hombros y dijo:
– Vamos a casa, Camille.
Louise mantuvo los oídos bien abiertos. Tan pronto como se enteró de que Danton había regresado a París, bajó y dio instrucciones a Marie y Catherine. Los niños estaban en casa de Victor Charpentier; quizás era mejor que su padre no los viera todavía. Louise decidió prepararle la cena, independientemente de la hora a la que llegara, y recibirlo personalmente. Su madre bajó cinco veces a buscarla.
– ¿Qué te propones? -le espetó-. No permitiré que tengas nada que ver con ese bruto.
– Puede que sea un bruto, pero sé que a Gabrielle le hubiera complacido que tratara de hacerle la vida más cómoda.
Louise se sentó en el sillón de Gabrielle, resuelta a conjurar a su espíritu. Desde aquí, pensó, Gabrielle había visto varios gobiernos irse a pique. Desde aquí había presenciado la caída de la monarquía. Había sido una mujer sencilla, una típica ama de casa, que sin embargo había convivido con unos hombres sanguinarios.
Al día siguiente, a las seis de la mañana, Danton entró en su casa para mudarse de ropa. Al ver a Louise, pálida, dormida en el sillón de Gabrielle, se sobresaltó. La transportó en brazos hasta el sofá y la cubrió con una manta. Louise no se despertó. Luego cogió lo que necesitaba y se fue.
En casa de los Desmoulins, Lucile se hallaba en la cocina, preparando café. Camille estaba sentado ante su mesa, redactando el boceto de un discurso que Danton iba a pronunciar aquel día en la Convención.
– Me complace este ambiente sosegado e industrioso -dijo Danton, ciñendo a Lucile por la cintura y besándola en el cuello.
– Me alegra comprobar que has reanudado tu rutina habitual -dijo Camille.
– Esa niña, la hija de los Gély, me estaba esperando en casa. Se había quedado dormida en un sillón.
– ¿Ah, sí? -Lucile y Camille se miraron. Las palabras sobraban entre ellos, pues habían conseguido perfeccionar otros medios de comunicación.
10 de marzo. Hacía un frío tan intenso que incluso costaba respirar. Claude Dupin fue a casa de los Gély para formalizar su compromiso con Louise. Su padre le dijo que aunque ésta era muy joven, estaban dispuestos a permitir que contrajeran matrimonio ese mismo año. La situación había cambiado, y el señor Gély confesó a Claude:
– Queremos que nuestra hija viva en otro ambiente. Louise ve y oye muchas cosas que no convienen a una jovencita de su edad. La muerte de su amiga ha supuesto un duro golpe para ella. Los preparativos de la boda la distraerán.
– Lo lamento -dijo Louise a Claude Dupin-, pero no puedo casarme contigo. Al menos por ahora. ¿Estás dispuesto a aguardar un año? Prometí a una amiga que ha muerto que me ocuparía de sus hijos y debo cumplir mi palabra. Si fuera tu esposa tendría otras obligaciones y viviría en otra calle. Creo que, dada la forma de ser del ciudadano Danton, no tardará en hallar una nueva esposa. Cuando esos niños tengan una madrastra, podré casarme contigo.
Claude Dupin la miró estupefacto. Había creído que todo estaba arreglado.
– No alcanzo a comprenderlo -respondió-. Gabrielle Danton me pareció una mujer sensata. ¿Cómo es posible que te permitiera hacerle semejante promesa?
– No lo sé -contestó Louise-. Pero el caso es que lo hizo.
Dupin asintió.
– Muy bien -dijo-, sigo sin comprenderlo, pero haremos lo que tú quieras. Esperaré. Una promesa es una promesa, aunque no esté de acuerdo con ella. Sólo te ruego que procures mantenerte alejada de Georges Danton.
Louise estaba preparada para la inevitable confrontación con sus padres. Cuando Claude Dupin se hubo ido, su madre rompió a llorar y su padre la miró con aire solemne, como si se sintiera profundamente apenado por todos. Su madre dijo que era un estúpida y se enfadó con ella.
– ¡No me vengas con que has hecho una promesa! -gritó, agarrándola por los hombros y zarandeándola-. Estás enamorada de uno de esos canallas, reconócelo. ¿De quién se trata? ¿Es ese periodista?
– No temas pronunciar su nombre -replicó Louise-, no se trata del demonio.
De pronto vio a Gabrielle sentada en el sofá, viva, risueña, con su hinchada mano apoyada en el hombro de Camille, y Louise sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas.
– ¡Eres una golfa! -dijo su madre, propinándole un bofetón.
Era la segunda vez que le pegaba aquel mes. El ambiente de casa empieza a parecerse al de abajo, pensó Louise.
– ¿Se marcha de nuevo a Bélgica? -preguntó Louise a Danton.
– Confío en que sea la última vez. Me necesitan en la Convención.
– ¿Desea que los niños regresen a casa?
– Sí. Los sirvientes se ocuparán de ellos.
– No quiero dejarlos en manos de los sirvientes.
– Te agradezco lo que has hecho por mis hijos, pero eres demasiado joven para cargar con tanta responsabilidad. Deberías divertirte con tus amigos.
Danton se preguntó qué hacía una respetable joven de quince años para divertirse.
– Los niños están acostumbrados a mí -contestó Louise-. Me gusta cuidarlos. ¿Qué es lo que va a hacer en Bélgica?
– Voy a entrevistarme con el general Dumouriez.
– ¿Por qué?
– Es algo complicado. Algunas de las cosas que ha hecho el general últimamente no son propias de un revolucionario. Por ejemplo, montamos unos clubes jacobinos en toda Bélgica, y él los ha cerrado. La Convención quiere saber el motivo. Si Dumouriez no es un patriota, tendrá que ser arrestado.
– ¿Que no es un patriota? ¿Qué es entonces? ¿Partidario de los austriacos o del Rey?
– El Rey ya no existe.
– Sí que existe. Está en la cárcel. El Delfín es ahora el Rey.
– No, no es más que un niño.
– En tal caso, ¿por qué lo han encerrado?
– ¡Qué niña tan testaruda! ¿Te interesa la política? ¿Lees los periódicos?
– Sí.
– Entonces debes de saber que los franceses han decidido abolir la monarquía.
– No, lo ha decidido París, que es muy distinto. Por eso ha estallado la guerra civil.
– Los diputados de todo el país votaron a favor de abolir la monarquía.
– Pero no han permitido que se celebre un referéndum. No se han atrevido.
– ¿Son ésas acaso las opiniones que te han inculcado tus padres? -preguntó enojado Danton.