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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Louise se quedó helada.

– ¿Y el niño? -preguntó-. Le dije que me ocuparía de sus hijos si ella…

– Es un varón. Ojalá me equivoque, pero creo que no vivirá mucho tiempo. Una amiga, que vive cerca de mi casa, se encargará de él. La señora Charpentier está de acuerdo.

– Muy bien -respondió Louise-. ¿Dónde está François-Georges?

– Con la señora Desmoulins.

– Iré a buscarlo.

– Deja que descanse durante un par de horas.

Se lo prometí, pensó Louise. En aquel momento comprendió que los niños no eran unos vínculos morales sino seres de carne y hueso, frágiles, impacientes, con unas necesidades que ella no podía satisfacer.

– El marido de la señora Danton no tardará en regresar a casa -dijo la nodriza-. No te preocupes. Él se encargará de dar las instrucciones oportunas.

– Usted no lo comprende -contestó Louise-. La señora me pidió que cuidara de sus hijos. Debo cumplir mi promesa.

Danton tardó algunos días en recibir la noticia. El 16 de febrero, cinco días después de fallecer su esposa, regresó a casa. Habían enterrado a Gabrielle apresuradamente, sin darles tiempo a embalsamarla. Habían aguardado instrucciones de Georges-Jacques, pero al no dar éste señales de vida habían desistido de ponerse nuevamente en contacto con él, temiendo provocar un ataque de ira y remordimientos.

Los vestidos de Gabrielle colgaban inermes en el ropero, como víctimas de inenarrables torturas. Bajo el viejo régimen, algunas mujeres habían sido quemadas vivas, y muchos hombres habían muerto sobre el potro de tortura. Danton se preguntó si habían sufrido más que ella. No podía adivinarlo. Nadie quería decírselo. Nadie quería entrar en detalles. Los cajones, en esa casa mortuoria, exhalaban un leve aroma floral. Lo armarios estaban perfectamente ordenados. Gabrielle solía llevar un inventario de la vajilla. Dos días antes de su muerte había roto una taza. En una fábrica de Sèvres habían diseñado un nuevo modelo de servicio de café. Mientras uno tomaba una tacita de moca podía contemplar la cabeza de Capeto, chorreando gotitas doradas de sangre, sostenida por la mano dorada de Sanson.

La doncella halló un pañuelo de Gabrielle bajo el lecho en el que había fallecido. Danton encontró en su mesa un anillo que ella había extraviado hacía tiempo. Un día se presentó un vendedor con tejidos que ella le había encargado. Cada día sucedía algo que venía a rematar una tarea a medio hacer. En cierta ocasión Danton encontró una novela con un marcador entre sus páginas, tal como lo había dejado ella.

Y así termina la historia de Gabrielle.

VI. Una historia secreta

(1793)

El niño aún vivía, pero Danton no quiso verlo ni hizo ningún comentario sobre quién debía ocuparse de él. Sobre su mesa yacían numerosas cartas de pésame. Al abrirlas, pensó que los autores de las mismas eran unos hipócritas pues sabían lo que le había hecho a su esposa. Le escribían como si no supieran nada, para hacerse notar, para que no olvidara sus nombres.

La carta de Robespierre era larga y emotiva. Iba desde lo personal hasta lo político -lógico, tratándose de Max- y luego -lógico tratándose de Max- regresaba de nuevo a lo personal. «Soy tu amigo más leal, y lo seré hasta que muera. A partir de este momento debemos permanecer más unidos que nunca…», etcétera. Incluso en su presente estado, Danton lo consideró una exageración y le extrañó lo afectado que parecía Robespierre por lo sucedido.

Camille no le escribió ninguna carta. Fue a verlo y permaneció sentado en silencio, con la cabeza inclinada, mientras Danton hablaba sobre el pasado, sollozando amargamente, y arremetiendo de vez en cuando contra él. No sabía por qué se encontraba en la línea de fuego, ni por qué su carrera y su persona eran sometidas a tan duras críticas, pero al parecer servía a Danton para desahogarse. Al fin, agotado, Danton se quedó dormido, cosa que no había hecho en varios días. Gabrielle rondaba por el estudio empapelado en rojo, por el comedor octagonal, donde los empleados de Danton solían trabajar al principio de mudarse, y por el dormitorio, donde ocupaban lechos separados, cuya distancia entre ambos se hacía cada vez más pronunciada.

Danton leyó el diario que Gabrielle escribía esporádicamente, en cuyas páginas aparecía expuesta la mecánica de su propio pasado. Para evitar que otras personas lo leyeran decidió quemarlo, arrojando al fuego sus páginas de una en una y observando cómo eran devoradas por las llamas. Louise permanecía sentada en un rincón de la casa, con los ojos enrojecidos y la cara hinchada. Danton apenas reparó en su presencia. El 3 de marzo partió de nuevo para Bélgica.

Marzo fue un mes trágico. En Holanda los diezmados ejércitos sufrieron una grave derrota. En la Vendée la insurrección degeneró en una guerra civil. En París la multitud saqueó los comercios y destrozó las prensas girondinas. Hébert exigió la cabeza de todos los ministros y generales.

El 8 de marzo Danton subió a la tribuna de la Convención. Los patriotas se quedaron impresionados al verlo aparecer pálido, ojeroso, visiblemente agotado. En ocasiones, al referirse a la traición y la humillación que había experimentado, el dolor apenas le permitía hablar; en cierto momento se detuvo y miró a sus colegas fijamente, tocándose la cicatriz que le atravesaba la mejilla. Entre las tropas había visto mala fe, incompetencia y negligencia. Exige que envíen de inmediato unos refuerzos masivos. Los ricos de Francia deben sufragar los gastos de la liberación de Europa. Es preciso implantar un nuevo impuesto con carácter urgente. Los conspiradores contra la República deben ser juzgados por un Tribunal Revolucionario, cuyas sentencias no podrán recurrirse.

De pronto preguntó una voz:

– ¿Quién mató a los presos?

La Convención estalló en gritos y cánticos de septembriseur, haciendo temblar las paredes. Los diputados de la Montaña se alzaron a una de sus asientos. El presidente gritó pidiendo orden e hizo sonar la campana. Danton permaneció inmóvil, de cara a las galerías ocupadas por el público, con los puños crispados. Tan pronto como se restableció el orden, reanudó su discurso:

– De haber existido dicho tribunal en septiembre, los hombres a quienes se ha reprochado tan insistente y duramente ser los causantes de esos hechos no hubieran tenido que mancharse las manos de sangre. Su reputación y su buen nombre no me importan. Llamadme sanguinario si así lo deseáis. Estoy dispuesto a beber la sangre de los enemigos de la humanidad, si con ello consigo que Europa sea libre.

– Te expresas como un rey -dijo la voz de un girondino.

– Y tú como un cobarde -replicó Danton.

Habló durante casi cuatro horas. Afuera se había congregado una gran multitud que lo aclamaba enfervorecida. Los diputados, en pie, no cesaban de aplaudirle. Incluso Roland y Brissot se habían puesto en pie, como si se dispusieran a huir. Fabre gritó de pronto:

– ¡Un discurso magistral! ¡Un discurso magistral!

La Montaña se precipitó sobre él, mientras sonaban aplausos y vítores ensordecedores. El doctor Marat se acercó a él abriéndose paso a duras penas entre los numerosos partidarios que rodeaban a Danton, como un gusano ávido de participar en el festín.

– Éste es tu momento, Danton -le dijo.

– ¿Para qué? -preguntó Danton fríamente.

– Para instituir una dictadura. Todo el poder está en tus manos.

Danton se volvió. En aquel momento los diputados se apartaron respetuosamente para dejar paso a Robespierre. Cada vez que regreso a casa, pensó Danton, advierto que su popularidad ha aumentado. Robespierre tenía las mandíbulas apretadas y presentaba un aspecto tenso, envejecido. Pero al hablar lo hizo en voz baja, con serenidad:

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