La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Es posible que tengas razón, pero las declaraciones de De Molleville bastarían para hundirme. Hace mucho tiempo que la gente murmura que trabajo para Pitt. De hecho, en estos momentos me esperan en la Convención.
– Procura no perder la calma. Si es una trampa, si esos documentos no existen, lo que diga De Molleville carece de importancia. Confiemos en que sea así. Pero ¿a qué presidente de la Convención se refiere? El actual presidente es Vergniaud.
– ¡Dios! -exclamó Danton.
– Sí, lo sé. No has conseguido sobornarlo ni atemorizarlo. Ha sido un descuido por tu parte.
– Es mejor que vayas inmediatamente -dijo Gabrielle-, y trates de defender al Rey.
– ¿Y ceder ante ellos? -protestó Danton-. Prefiero morir. Si intervengo ahora, a estas alturas, dirán que me han comprado, y los otros publicarán los documentos. Haga lo que haga, algún patriota me clavará un cuchillo en la espalda. ¡Pregúntaselo a Camille si no me crees! -gritó Danton-. Él mismo estaría dispuesto a hacerlo.
Gabrielle se giró hacia Camille y lo miró con aire interrogativo.
– Sin duda me pedirían que los ayudara. A fin de cuentas, no quiero correr la misma suerte que tú.
– ¿Por qué no regresas junto a Robespierre? -preguntó Danton.
– No, prefiero quedarme contigo, Georges-Jacques. Quiero ver cómo resuelves esto.
– ¿Por qué no vas corriendo a contárselo? Él te protegerá. ¿Temes que ya no te quiera? No te preocupes, con tus atributos siempre encontrarás a alguien.
– ¿Es así como pretendes conservar a tus amigos? -intervino Gabrielle. Jamás le había hablado en ese tono-. Te lamentas de que tus amigos desaparecen cuando los necesitas, pero si acuden a ti los insultas. Creo que te estás destruyendo. Creo que estás conspirando con ese De Molleville para destruirte.
– Espera -dijo Camille-. Escúchame, Gabrielle, escúchanos a los dos, antes de que se produzca un desastre. No estoy acostumbrado a ser la fría voz de la razón, de modo que no me pongas a prueba en ese sentido. Si Vergniaud tiene los documentos en su poder, estás acabado -dijo, girándose hacia Danton-. ¿Pero por qué iba Vergniaud a esperar tanto tiempo para darlos a conocer? Hoy es el último día que puedes intervenir en el debate. Te quedan pocas horas. Hace tres días que Vergniaud ejerce de presidente de la Convención, ha tenido tiempo de sobra para dar a conocer los documentos. Por consiguiente, es de suponer que no los tiene, que quizá los tenga otro presidente. ¿Qué día está fechada la carta?
– El 11 de diciembre.
– En aquellas fechas el presidente era Defermon.
– Es…
– Un gusano.
– Un moderado, Gabrielle -dijo Danton-. Ciertamente, no es amigo mío, pero al cabo de cuatro semanas, ¿cómo es posible que no haya hecho ni dicho nada?
– No lo sé, Georges-Jacques. Ni tú mismo conoces tu capacidad para intimidar a la gente. ¿Por qué no vas a verlo y tratas de asustarlo? Si tiene los documentos, es posible que consigas que te los entregue. En caso contrario, no tienes nada que perder.
– Pero si los tiene Vergniaud…
– Entonces da lo mismo que intentes aterrorizar a Defermon. Todo será inútil. No pierdas más tiempo. Puede que Defermon tenga escrúpulos de conciencia. El hecho de que no haya dicho nada hasta ahora, no significa que no vaya a hacerlo. Quizás espere a que comience la votación.
– Ah, veo que ya has regresado, Danton -dijo Fabre, que acababa de aparecer y no había oído las últimas frases-. ¿Qué ha sucedido?
Lo primero que pensó fue que Camille y Danton se habían peleado, como cabía esperar. Le habían informado que Danton había regresado a París y se había dirigido de inmediato a casa de los Desmoulins. Fabre no había averiguado aún cómo se habían desarrollado los hechos, pero el caso es que el ambiente estaba cargado de violencia. No vio la carta de De Molleville, pues Gabrielle estaba sentada sobre ella.
– ¿Qué te has hecho en la cara, querida?
– Me he dado un golpe.
– Me lo temía -murmuró Fabre como si hablara consigo mismo-. Nadie te tomaría por culpable, Danton. No, más bien tienes aspecto de víctima.
– ¿De qué estás hablando, Fabre? -preguntó Danton.
– ¿Culpable? -repitió Camille-. Jamás. Es la viva imagen de la inocencia.
– Me alegro de que lo pienses -respondió Fabre.
– Hay una carta… -empezó a decir Gabrielle.
– Calla -le ordenó Camille-, si no quieres recibir otra bofetada. Esta vez más fuerte.
– ¿A qué carta te refieres? -preguntó Fabre.
– No existe tal carta -replicó Camille-. Al menos, eso espero. Creo, Georges-Jacques, que todo depende de si el emisario era inteligente. La mayoría de las personas no son inteligentes.
– ¿Acaso tratas de confundirme? -preguntó Fabre.
Danton se inclinó para besar a su esposa y dijo:
– Quizá consiga salvarme.
– ¿Eso crees? -respondió Gabrielle, apartando la cara-. Sin embargo, persistes en destruirte.
Danton la miró durante unos instantes. Luego se giró hacia Camille, lo agarró por el pelo y le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás.
– No conseguirás que me disculpe -dijo. Acto seguido se dirigió a Fabre y le preguntó-: ¿Conoces a un diputado, tímido y desconocido, llamado Defermon? Averigua dónde vive. Dile que iré a visitarlo dentro de una hora. No hay excusas que valgan. Que me espere allí. Dile que Danton en persona quiere verlo. Anda, ve inmediatamente.
– ¿Sólo eso? ¿No quieres que le dé ningún otro mensaje?
– Vete.
Al alcanzar la puerta, Fabre se volvió hacia Camille, sacudiendo la cabeza. Mientras caminaba apresuradamente por la calle se decía: «Creen que pueden engañarme, pero se equivocan. No tardaré en averiguar de qué se trata.»
Danton entró en su estudio y cerró la puerta de un portazo. Al cabo de un rato lo oyeron pasearse inquieto por otras habitaciones de la casa.
– ¿Qué crees que hará? -preguntó Gabrielle.
– Dado que existen otras personas de por medio y que se trata de un asunto complicado, éste requiere una solución complicada, pero Georges-Jacques suele resolver los problemas de forma rápida y sencilla. Es cierto lo que he dicho antes: tiene a todo el mundo atemorizado. Recuerdan lo que sucedió en agosto, cuando arrastró a Mandat por todo el Ayuntamiento. Es capaz de cualquier cosa, Gabrielle. Dinero de Inglaterra, de la Corte…
– Lo sé. No soy idiota, aunque él crea que lo soy. Antes de casarse conmigo tenía una amante que le costaba mucho dinero y un hijo que mantener. Cree que no lo sé. Por eso éramos tan pobres. Compró su bufete al nuevo amigo de su amante. No sé por qué te cuento eso, supongo que ya lo sabías -dijo Gabrielle, recogiéndose de nuevo el cabello. Era un gesto automático, pero tenía los dedos hinchados y los movía torpemente. Su rostro estaba tumefacto y presentaba unas profundas ojeras-. Le molestaba que yo tratara de aparentar cierta integridad. Al igual que tú, por eso está enojado con los dos, por eso quiere hacernos daño. Los dos lo sabíamos todo pero no queríamos reconocerlo. Yo no soy una santa, Camille, sabía de dónde procedía el dinero y lo acepté para poder vivir más cómodamente. Cuando me quedé encinta la primera vez, sólo pensaba en el hijo que iba a nacer.
– ¿De modo que en realidad no te importa lo que pueda sucederle al Rey?
– Sí me importa, pero durante este último año he tenido que mostrarme muy tolerante, cerrar los ojos a muchas cosas, para evitar que Georges se divorciara de mí.
– No creo que jamás se divorcie de ti. Es un hombre chapado a la antigua.