La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Es inevitable -respondió secamente la señora Gély-. Ha tenido que ir a Bélgica por un asunto urgente.
– De todos modos, no dejen de avisarme.
La señora Gély asintió. A sus ojos, Gabrielle era una chica dulce y piadosa a la que Lucile, que era poco menos que una prostituta, había traicionado.
Gabrielle expresó el deseo de descansar un rato, y Louise regresó de mala gana a la pequeña y sombría vivienda de sus padres. A media tarde, cuando ya había oscurecido, se sentó en el cuarto de estar, pensando en Claude Dupin. Si Lucile supiera que éste se le había declarado, que quizá se convertiría pronto en su esposa, no la trataría como si fuera una imbécil.
Su madre había sonreído de forma condescendiente, pero en el fondo estaba entusiasmada. Claude Dupin era un excelente partido. Cuando cumplas los dieciséis años, le dijo, hablaremos de ello. A los quince se es demasiado joven para pensar en el matrimonio. Sólo los aristócratas se casan a esa edad.
Claude Dupin tenía veinticuatro años, pero ya era (según había informado a Louise su padre) secretario general del département del Sena, aunque eso a ella le tenía sin cuidado. Aparte de otras cualidades, era un joven muy apuesto.
Hacía quince días lo había llevado a casa de Gabrielle, para presentárselo. Gabrielle lo encontró muy amable y educado. Pese a la proverbial reserva de su amiga, Louise había leído en sus ojos una expresión de aprobación y deseaba charlar al día siguiente a solas con ella sobre Claude Dupin y formularle un montón de preguntas. Si Gabrielle estaba a su favor, si Claude le había caído bien, Louise le pediría que hablara con sus padres para intentar convencerlos de que era lo suficiente madura para tener novio. No quería esperar. La vida era muy corta.
Pero cuando todo discurría de forma amable y civilizada, de repente irrumpió el ciudadano Danton acompañado de sus amigos. Tras las debidas presentaciones, el ciudadano Fabre dijo:
– Así que ésta es la niña prodigio, la famosa jovencita que ya es una experta administradora. Vaya, vaya…
Luego observó fijamente a Claude a través del monóculo.
El ciudadano Hérault miró a Claude Dupin como si no acabara de comprender de quién se trataba.
– Querida Gabrielle -dijo Hérault, dándole un beso.
A continuación se sentó, se sirvió una copa del mejor coñac de Danton y se dispuso a relatarles algunas anécdotas sobre Luis Capeto, al que, por supuesto, conocía íntimamente. Al cabo de un rato Camille, que estaba sentado en una esquina del sofá, con la cabeza apoyada en el hombro de Gabrielle, lo interrumpió.
– Hace tiempo que ardo en deseos de conocerlo, Dupin -dijo, dirigiendo al joven una lánguida mirada.
El ciudadano Danton sometió a Claude Dupin a un implacable interrogatorio sobre los asuntos del département, Gabrielle no se lo reprochaba, así era como solía trabajar. Claude Dupin ofreció unas respuestas claras e inteligentes; cada vez que decía algo particularmente interesante, el ciudadano Camille cerraba los ojos y se estremecía de placer. «Tan joven y un experto burócrata», observó Fabre. Louise pensó que si Gabrielle la estimaba debería inducir al ciudadano Camille a retirar la cabeza de su hombro y dejar de mostrarse sarcástico. Pero Gabrielle, que parecía divertirse de lo lindo con aquella situación, pasó el brazo por los hombros del ciudadano Camille y lo miró con afecto.
En cuanto entraron en la habitación -Louise no podía negarlo- Claude Dupin pareció encogerse. En cuanto hubo respondido a las preguntas de Danton, éste dejó de interesarse en él. A partir de ese momento, Claude Dupin apenas consiguió meter baza en la conversación.
Al cabo de unos minutos, Louise decidió que había llegado el momento de marcharse a casa.
– No os vayáis tan pronto -le rogó el ciudadano Fabre-. Camille lo está pasando divinamente.
Louise miró a Danton, el cual, a su vez, la observó imperturbable.
Louise, torpemente, le relató a su madre ese desagradable episodio.
– No sé si Claude es el hombre que me conviene. ¿Me comprendes?
– No -contestó ella-. La semana pasada me suplicaste de rodillas que te permitiera casarte con él, y ahora dices que te parece insignificante al lado de esa pandilla de sinvergüenzas que conociste en casa de los Danton. Debimos obligarte a permanecer en casa, para evitar que te mezclaras con esa gentuza.
El padre de Louise recordó suavemente a su madre que debía su vida al ciudadano Danton.
En estos momentos el doctor Souberbielle estaba examinando a Gabrielle y acababa de llegar la comadrona.
– Sé el aprecio que sientes por Gabrielle -dijo Angélique Charpentier a Louise, que subía y bajaba cada cinco minutos-, pero es preferible que te marches, créeme. Todo irá bien. Ve a acostarte. Por la mañana habrá nacido la criatura y podrás jugar con ella.
Louise regresó de nuevo a su casa. Estaba furiosa. Gabrielle es mi amiga, pensó. Yo soy su mejor amiga; no tengo la culpa de tener quince años; debería estar junto a ella. Es a mí a quien quiere a su lado. Me pregunto dónde estará esta noche el ciudadano Danton, y con quién. No soy tan tonta como imaginan.
Las diez. Su madre asomó la cabeza y dijo con cierto tono de aprehensión:
– ¿Quieres bajar, Louise? La señora Danton desea verte.
¡Por fin! Louise bajó precipitadamente.
– ¿Qué ha sucedido? -preguntó.
– No lo sé -respondió su madre-. ¿Estás preparada?
– Desde luego.
– Te advierto que Gabrielle no se encuentra bien. El parto se presenta complicado. Ha sufrido unas convulsiones. La situación se ha agravado.
Louise echó a correr y se topó con la comadrona cuando ésta salía de la habitación de la parturienta.
– No me parece oportuno que la niña la vea -dijo la comadrona a su madre-. No puedo responder…
– Se lo he prometido -contestó Louise-. Le dije que estaría con ella. Que si le sucedía algo malo, me ocuparía de los niños.
– ¿Eso le dijiste? No debes hacer promesas que no puedas cumplir -le reprendió su madre, propinándole un capón.
A medianoche, Louise abandonó la vivienda de Gabrielle y subió a su casa.
Se tendió en la cama, medio vestida, y cerró los ojos. En su mente seguía viendo los solemnes rostros de las mujeres. Lucile sentada en el suelo, con aire serio y entristecido, sin quitarse las botas de montar, y sosteniendo la mano de Gabrielle.
Al cabo de un rato, Louise se quedó dormida. Que Dios me perdone, pensó más tarde, pero al dormirme olvidé todo cuanto había sucedido y soñé cosas intrascendentes. El ruido del tráfico la despertó a la mañana siguiente. Era el 11 de febrero. El edificio estaba muy silencioso.
Louise se levantó, se lavó y se vistió. Luego se asomó al dormitorio de sus padres. Su padre estaba roncando, y el lado del lecho que ocupaba su madre estaba intacto. Tras beberse medio vaso de agua y peinarse, bajó las escaleras apresuradamente. En el descansillo se encontró con la señora Charpentier.
– Señora… -dijo Louise.
Angélique iba envuelta en una capa, con la espalda encorvada y la cabeza gacha. Pasó junto a Louise sin detenerse, como si no la hubiera visto. Tenía la mirada ausente. Al alcanzar la escalera se volvió y la miró en silencio.
– La hemos perdido -dijo al cabo de unos instantes-. He perdido a mi hijita.
Tras esas palabras, salió. Afuera estaba lloviendo.
En casa de los Danton hacía frío, pues aún no habían encendido la chimenea. La nodriza de los niños estaba sentada en un taburete en un rincón, dando de mamar al hijo de Lucile Desmoulins. Al entrar Louise, alzó la vista y cubrió el rostro del niño con gesto protector.
– Será mejor que te vayas -le dijo, como si no la reconociera.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Louise.
– ¿Eres la niña que vive arriba? ¿No te has enterado? Ha fallecido a las cinco. Pobre mujer, siempre fue muy buena conmigo. Que Dios la tenga en su gloria.