La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Mi madre opina como yo. Mi padre no opina. Le gustaría hacerlo pero no se atreve.
– Te recomiendo que te andes con cuidado. En estos tiempos no es aconsejable ser monárquico.
– ¿Acaso no puedo expresar lo que pienso? Yo pensaba que la libertad de expresión estaba recogida en la Declaración de los Derechos del Hombre.
– Nadie te impide expresar tu opinión, pero estamos en guerra, y no puedes manifestar unas opiniones desleales o sediciosas. ¿Lo has comprendido?
Louise asintió.
– Debes tener presente quién soy.
– No es fácil que olvide quién es usted, ciudadano Danton.
– Acércate. Trataré de explicártelo -dijo él.
– No.
– ¿Por qué?
– Mis padres me han prohibido estar a solas con usted.
– Sin embargo, ahora está a solas conmigo. ¿Acaso temen que te convierta en una pequeña jacobina?
– No son mis ideas políticas lo que les preocupa, sino mi virginidad.
Danton sonrió.
– ¿Me toman por un canalla?
– Creen que está acostumbrado a hacer siempre lo que le viene en gana.
– ¿Me creen capaz de abusar de una jovencita?
– Sí.
– Pues diles de mi parte que jamás he intentado forzar a una mujer -replicó Danton-, pese a las provocaciones de cierta hermosa joven que vive cerca de aquí. Díselo a tu madre, ella sabe a lo que me refiero. ¿Sólo me temen a mí, o te han prevenido también contra Camille? Te aseguro que si estuvieras a solas con Camille, éste consideraría que su patriótico deber era desvirgarte.
– ¿Desvirgarme? ¡Menuda expresión! -exclamó Louise-. Pensaba que Camille se había acostado con su suegra.
– ¿De dónde has sacado eso? -le espetó furioso Danton-. Lamento que tus padres tengan una opinión tan pobre de mí. Hace apenas un mes que ha fallecido mi esposa. ¿Es que me toman por un monstruo?
Eso es exactamente lo que piensan de ti, se dijo Louise.
– ¿Ha renunciado a perseguir a las mujeres? -preguntó.
– No para siempre, sólo de momento.
– ¿Le parece eso correcto y moral?
– Demuestra que respeto a mi difunta esposa.
– Le hubiera demostrado más respeto siéndole fiel cuando vivía.
– Será mejor que dejemos el tema.
– De acuerdo. Seguiremos hablando cuando regrese de Bélgica.
Danton partió de París el 17 de marzo, acompañado por el diputado Lacroix. Después de varios viajes a Bélgica, ambos habían llegado a conocerse bastante bien; Danton hubiera podido informar a Gabrielle de todo cuanto deseara saber acerca de su compañero de viaje.
El 19 de marzo llegaron a Bruselas; pero cuando se reunieron con Dumouriez, éste había perdido una batalla en Neerwinden. Lo hallaron luchando en la retaguardia. «Me reuniré con vosotros en Lovaina», les dijo.
– ¿En qué consiste la Convención? -preguntó el general irritando a Danton aquella noche-. En trescientos imbéciles conducidos por doscientos canallas.
– Te ruego que moderes tu lenguaje -contestó Danton.
El general lo miró fijamente. Durante unos instantes se vio ensartado en su espada, pero no llevaba toga.
– Al menos -dijo Danton-, deberías escribir una carta a la Convención comprometiéndote a ofrecerles una detallada explicación sobre tu conducta, sobre las razones que te llevaron a cerrar los clubes jacobinos y tu negativa a colaborar con los representantes de la Convención. Y sobre tu derrota.
– ¡Maldita sea! -exclamó Dumouriez-. Me prometieron treinta mil hombres. Son ellos quienes deben escribirme una carta explicándome qué ha sido de los soldados que me habían prometido.
– ¿Sabes que ciertos miembros del Comité de Salvación Pública opinan que deberían arrestarte? El diputado Lebas, un joven a quien Robespierre tiene en gran estima, ha censurado abiertamente tu conducta. También lo ha hecho David.
– ¿De qué comités me hablas? -replicó el general-. Que lo intenten si se atreven. Me protegen mis ejércitos. ¿Qué va a hacer David? ¿Golpearme con un pincel?
– Te aconsejo que no te lo tomes a broma, general. Piensa en el Tribunal Revolucionario. No creo que los jueces hagan ninguna distinción entre el fracaso y la traición, y tú acabas de perder una importante batalla. Ten cuidado con lo que dices, porque he venido aquí para juzgar tu actitud e informar a la Convención y al comité General de Defensa.
– Creí que éramos buenos amigos, Danton -respondió el general, perplejo-. Hemos trabajado juntos… Apenas te reconozco. ¿Qué sucede?
– No lo sé. Quizá sean los efectos de una prolongada abstinencia sexual.
El general observó detenidamente a Danton, pero su expresión no revelaba nada. Al cabo de unos minutos se volvió, mascullando:
– ¡Al carajo con los comités!
– Los comités son muy eficaces, general, según hemos podido comprobar. Si todos los miembros colaboran, y trabajan duro, podemos conseguir muchas cosas. Los comités no tardarán en dirigir la Revolución. Los ministros ya actúan a sus órdenes. Actualmente, el cargo de ministro carece de importancia.
– Tengo entendido que se ha impedido a los ministros acudir a la Convención.
– Una medida provisional. La multitud les obligó a encerrarse en el Ministerio de Asuntos Exteriores para impedir que intervinieran en el debate. Por cierto que el ministro de la Guerra demostró el enérgico temple de un soldado y huyó saltando un muro.
– Esto no es una broma -dijo el general-. Esto es anarquía.
– Sólo pretendía ponerte al día -respondió Danton.
Dumouriez, desolado, se desplomó en un sillón y apoyó la frente en las manos.
– Estoy acabado -dijo-. A mi edad hay que ir pensando en la jubilación. ¿Cómo están las cosas en París, Danton? ¿Cómo están mis queridos amigos? Por ejemplo, Marat.
– El doctor está como siempre. Un poco más amarillento, y quizá más encogido. Toma unos baños especiales para calmar sus dolores.
– Eso ya es un adelanto -murmuró el general-. Cualquier tipo de baño le sentaría bien.
– En ocasiones, esos baños especiales le retienen en casa. Me temo que no han logrado mejorar su carácter.
– ¿Camille sigue tratándolo?
– Sí. Disponemos de una línea de comunicación. Es necesaria; su influencia sobre la gente no tiene rival. Hébert sueña con alcanzar un día la popularidad de Marat. Pero la gente no es idiota.
– ¿Y el joven ciudadano Robespierre?
– Ha envejecido. Trabaja mucho.
– ¿Se ha casado con aquella chica tan torpe?
– No, es su amante.
– ¿De veras? -preguntó el general Dumouriez arqueando una ceja-. Bueno algo es algo, supongo. Un soltero como él, podría haberlo pasado estupendamente… Es una tragedia, Danton, una verdadera tragedia. Supongo que no formará parte de ninguno de esos comités…
– No. Lo han elegido varias veces, pero él siempre rechaza el nombramiento.
– Es curioso. No tiene madera de político. Jamás he conocido a nadie menos aficionado al poder que él.
– Tiene mucho poder, aunque no oficial.
– Ese joven me desconcierta. Supongo que a ti también. En fin, dejemos eso. ¿Cómo está la hermosa Manon?
– Enamorada, según dicen las malas lenguas. Dicen que las mujeres enamoradas suelen ser dulces y tiernas, pero deberías oír los discursos que escribe para sus amigos de la Convención.
– ¿Y tu pequeño hijo? ¿Consiguió sobrevivir?
– No.
– Lo lamento sinceramente. Escucha, Danton, debo decirte algo. Pero necesito confiar en ti.
– Yo también te amo.
– Ahora eres tú quien se permite el lujo de bromear. Pon atención. Roland me escribió una carta pidiéndome que diera media vuelta y regresara con mis ejércitos a París para restaurar el orden en la capital y aplastar a cierta facción. Deduzco que se refería a los jacobinos. Quería que aplastara a Robespierre. Y a ti.
– ¿Aún conservas la carta?