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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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No se trata de juzgarlo. Luis no comparece aquí en calidad de acusado, ni vosotros sois unos jueces. Si Luis puede ser juzgado, puede ser absuelto; es posible que sea inocente. Pero si Luis es absuelto, si consigue demostrar su inocencia, ¿qué será de la Revolución? No tenéis que emitir un veredicto en contra ni a favor de él, sino adoptar las medidas oportunas en bien del país, llevar a cabo un acto de la Providencia… Luis debe morir para que la nación viva.

IV. Chantaje

(1793)

Rue des Cordeliers, 13 de enero.

– ¿Crees que el señor Pitt nos enviará dinero? -preguntó Fabre-. Me refiero para el Año Nuevo.

– El señor Pitt sólo envía saludos.

– Han terminado los días gloriosos de William Augustus Miles.

– Creo que dentro de poco estallará la guerra entre Francia e Inglaterra.

– No deberías emplear ese tono, Camille, sino mostrar tu patriótico fervor.

– Es imposible que ganemos. Supongamos que el populacho inglés no se amotina. Quizá prefieran la opresión nativa a la liberación por parte de los franceses. Al parecer -prosiguió Camille, recordando las recientes decisiones adoptadas por la Convención-, nuestra política consiste en anexionar territorios. Danton la aprueba, al menos en el caso de Bélgica, pero a mí me parece que así es como se han regido siempre los destinos de Europa. Imagina, tratar de anexionar Inglaterra. Los que aburren a la Convención serán enviados como emisarios especiales a Newcastle-on-Tyne.

– No te preocupes, tú no les aburres nunca. He dedicado mucho tiempo y esfuerzos a convertirte en un buen orador, pero nunca abres la boca.

– Hablé durante el debate sobre la anexión de Saboya. Dije que la república no debería comportarse como un rey, que no hacen más que apoderarse de territorios extranjeros. Nadie me hizo el menor caso. ¿Crees que al señor Pitt le importa que ejecutemos a Luis?

– ¿Personalmente? Luis no le importa un comino a nadie. Pero opinan que es un mal precedente cortarle la cabeza al Monarca.

– Fueron los ingleses quienes sentaron ese precedente.

– Ellos tratan de olvidarlo. Y nos declararán la guerra, a menos que nosotros lo hagamos primero.

– ¿Crees que Georges-Jacques cometió un error? Pensaba que se podría utilizar la vida de Luis como elemento negociador, mantenerlo vivo mientras Inglaterra se mantuviera neutral.

– Creo que en Whitehall no les importa nada la vida de Luis. Lo que les importa es el comercio, la industria naviera, el dinero.

– Danton regresa mañana -dijo Camille.

– Debe haberle disgustado que la Convención le obligara a volver. Dentro de una semana habrá concluido el juicio de Capeto, y Danton no habría tenido que comprometerse. Además, parece que se está divirtiendo de lo lindo. Es una lástima que esas historias llegaran a oídos de su esposa. Debió permanecer en Sèvres, lejos de las habladurías.

– Espero que no le hayas contado lo que dicen las malas lenguas.

– ¿Por qué iba a querer hacerle daño? Ya tiene suficientes problemas.

– No me fío de ti, eres perverso y vengativo.

– No me gusta hacer daño gratuitamente -replicó Fabre, cogiendo un periódico que había sobre la mesa-: No entiendo tu letra, pero supongo que opinas que Brissot debería arrojarse al río.

– ¿Te preocupa tu conciencia?

– Tengo la conciencia muy tranquila. Como verás he echado barriga, lo cual demuestra que no me siento en absoluto angustiado.

– Te equivocas, las manos te sudan y estás inquieto. Te comportas como un ladrón que trata de vender los primeros lingotes de oro que ha robado.

Fabre miró a Camille fijamente.

– ¿A qué te refieres? -le preguntó.

– Vamos, hombre, no te hagas el inocente… -respondió Camille.

– Quiero saber a qué te refieres -insistió Fabre. Camille se encogió de hombros-. Confío en que no habrás pretendido insinuar nada.

En aquel momento apareció Lucile.

– Supongo que estáis hablando de política -dijo. En la mano sostenía unas cartas que acababan de llegar.

– Fabre se ha llevado un buen susto.

– Como de costumbre, Camille ha descargado su veneno contra mí. Cree que no soy digno de ser el perrillo faldero de Danton, y mucho menos su confidente político.

– No es eso -protestó Camille-. Estoy convencido de que Fabre oculta algo.

– Es probable -dijo Lucile-, pero quizá sea mejor que no lo revele. Ha llegado carta de tu padre. No la he abierto.

– Has hecho bien -dijo Fabre.

– Y de tu prima Rose-Fleur. Ésa sí la he abierto.

– Lucile tiene celos de mi prima, con la que estuve comprometido algún tiempo.

– Me asombra que sienta celos cié una mujer que vive tan lejos -observó Fabre.

Camille leyó la carta de su padre.

– Supongo que imaginas lo que dice en ella.

– Sí -contestó Lucile-. Que no debes votar a favor de que Luis sea ejecutado, sino abstenerte. Te has pronunciado con frecuencia contra él y has publicado tu opinión sobre el caso. Por consiguiente, es como si lo hubieras prejuzgado, lo cual es excusable en un polemista pero no en un jurista. Debes negarte a participar en el proceso, para salvaguardar tu prestigio profesional.

– Para el caso de que se produzca una contrarrevolución. Has acertado. De esa forma, según mi padre, no podrían acusarme de regicidio.

– Qué familia tan singular y divertida… -dijo Fabre.

– ¿Te parece divertido Fouquier-Tinville?

– Me había olvidado de él. No, es un hombre serio, útil. Sin duda llegará muy lejos.

– Siempre y cuando demuestre su gratitud -terció Lucile con cierto tono de ironía-. Tus parientes no soportan estar endeudados contigo.

– Rose-Fleur me soporta, su madre siempre ha estado de mi lado. Sin embargo su padre…

– La historia se repite -dijo Fabre.

– Tu padre no imagina lo que nos reímos aquí en París de sus escrúpulos -dijo Lucile-. Mañana regresa Danton de Bélgica, y al día siguiente votará a favor de condenar a Luis, sin haber oído ninguna prueba. ¿Qué diría tu padre si lo supiera?

– Se quedaría horrorizado -respondió Camille con franqueza-. En su lugar, yo también lo estaría. Pero ya sabes lo que dice Robespierre. No se trata de un juicio, en el sentido convencional de la palabra, sino de adoptar las medidas oportunas para el bien del país.

– Para salvaguardar la seguridad pública -apostilló Lucile. Era una expresión que últimamente estaba en boca de todo el mundo-. La seguridad pública. Sin embargo, se tomen las medidas que se tomen, nadie se siente seguro. Qué extraño, ¿no?

14 de enero, en la Cour du Commerce. Gabrielle esperaba a que Georges terminara de revisar las cartas que se habían acumulado en su ausencia. De pronto apareció su marido, sosteniendo una carta en la mano, pálido como la cera.

– ¿Cuándo llegó esta carta? -preguntó a Gabrielle.

Su hijo Antoine levantó la cabeza y dijo:

– Papá está preocupado.

– No lo sé -contestó Gabrielle, observando el pulso que latía en su sien. Durante un instante le pareció contemplar ante sí a un extraño, y sintió temor de la violencia que anidaba en aquel gigantesco cuerpo.

– ¿No lo recuerdas? -insistió Georges, agitando la carta ante sus narices. Gabrielle no sabía si pretendía que la leyera.

– Está fechada el 11 de diciembre. Hace más de un mes, Georges.

– ¿Cuándo la recibiste?

– No lo recuerdo, lo lamento. ¿Acaso me acusan de algo? -preguntó Gabrielle-. ¿De qué se trata? ¿Qué he hecho?

Georges estrujó la carta con violencia y respondió:

– No tiene nada que ver contigo. ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío!

Gabrielle lo miró perpleja, señalando a Antoine. El niño le tiró de la falda y preguntó:

– ¿Está enfadado papá?

Gabrielle se llevó un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio.

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