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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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—Las plegarias por los muertos habrán de esperar —manifestó Varek sin rodeos. Si lo que se proponía hacer salía mal, podía acabar en manos de los Buscadores, pero allí no quedaba ningún seanchan vivo, aparte de la sul’dam—. Asumo el mando. Nos retiramos, hacia el sur.

—¡Retirarnos! —exclamó el corpulento tarabonés—. ¡Tardaríamos días! ¡Los illianos luchan como tejones acorralados, y los cairhieninos como hurones enjaulados! Los tearianos no son tan duros como me habían dicho, pero hay una docena de esos Asha’man ¿verdad? ¡Ni siquiera sé dónde están las tres cuartas partes de mis hombres en esta trapatiesta!

Envalentonados por su ejemplo, los otros también empezaron a protestar. Varek no les hizo caso. Y se abstuvo de preguntar qué era una «trapatiesta»; sólo con observar la enmarañada floresta que los rodeaba y percibir el estruendo de la batalla, los estampidos de explosiones y rayos, podía imaginarlo.

—Reunirás a tus hombres y emprenderemos la retirada —ordenó en voz alta, cortando el parloteo—. Sin precipitaciones, actuando de forma conjunta. —Las órdenes de Miraj a Chianmai, que había memorizado por si le ocurría algo a la copia que llevaba en la alforja, decían «con la mayor rapidez posible», pero si se replegaban demasiado deprisa dejarían atrás a la mitad de los hombres, y el enemigo los haría picadillo cuando se le antojara—. ¡Vamos, moveos! ¡Lucháis por la emperatriz, así viva eternamente!

La última frase era lo que solía decirse a los nuevos reclutas pero, por alguna razón, los hombres dieron un respingo como si los hubiese golpeado a todos con su fusta. Tras rápidas y profundas reverencias, tocándose las rodillas con las manos, salieron disparados hacia los caballos. Qué curioso. Ahora dependía de él encontrar unidades seanchan. Alguna de ellas estaría al mando de alguien con rango superior y podría pasarle la responsabilidad.

La sul’dam se encontraba de rodillas, acariciando el cabello de su todavía llorosa damane y musitando palabras consoladoras.

—Haz que se tranquilice —pidió. «Con la mayor rapidez posible». Y le parecía haber visto un asomo de ansiedad en los ojos de Miraj. ¿Qué podría despertar zozobra en Kennar Miraj?—. Creo que vamos a depender de tu damane en el sur. —¡Vaya! ¿Qué había dicho para que la mujer se pusiese pálida de repente?

Bashere estaba justo detrás de la línea de árboles, con el entrecejo fruncido tras las barras de la visera ante lo que veía. Su bayo le rozó el hombro con el hocico. Se agarraba los bordes de la capa a fin de que no la agitara el viento, más para que el movimiento no llamara la atención que por el frío, aunque éste se dejaba notar. En Saldaea sólo sería una brisa primaveral, pero tantos meses en el sur lo habían ablandado. Brillando entre las nubes grises, que se desplazaban rápidamente por el cielo, el sol aún no había llegado del todo al cenit. Y lo tenía de cara. Sólo porque se iniciara una batalla con el este a la espalda no significaba que se acabaría en la misma posición. Ante él se extendía un amplio prado donde rebaños de cabras blancas y negras pastaban la reseca hierba con parsimonia, como si alrededor no se estuviese librando una cruenta batalla. Tampoco es que allí hubiese señal alguna del conflicto. Por el momento. Un hombre se arriesgaba a acabar hecho un guiñapo si atravesaba aquel prado. Y en terreno arbolado, ya fueran florestas u olivares o malezas, no siempre se veía al enemigo antes de topar con él, fueran exploradores o no.

—Si vamos a cruzar —murmuró Gueyam al tiempo que se frotaba la calva cabeza con la manaza—, hagámoslo de una vez. Tan cierto como la Luz que estamos perdiendo el tiempo.

Amondrid cerró ruidosamente la boca; a buen seguro, el cairhienino con cara de pan había estado a punto de decir lo mismo, pero se mostraría de acuerdo con el teariano cuando los caballos treparan a los árboles.

Jeordwyn Semaris resopló. Debería haberse dejado crecer la barba para taparse la estrecha mandíbula, que le daba el aspecto de una cuña.

—Pues yo digo que demos media vuelta —rezongó—. Ya he perdido demasiados hombres a manos de esas damane que la Luz maldiga, y… —Dejó la frase en suspenso y dirigió una mirada inquieta a Rochaid. El joven Asha’man estaba separado de los demás, prieta la boca, toqueteando el alfiler del dragón prendido en el cuello de la chaqueta. Quizá preguntándose si merecía la pena, a juzgar por su expresión. Había desaparecido por completo su aire de enterado de antes, quedando únicamente un gesto de preocupación.

Llevando a Raudo por las riendas, Bashere se encaminó hacia el Asha’man y lo llevó aparte, un poco más lejos en los árboles. Más bien lo empujó. Rochaid, ceñudo, se dejó conducir de mala gana. Era bastante más alto que Bashere, pero el saldaenino no estaba de humor para tonterías.

—¿Puedo contar con vosotros la próxima vez? —demandó Bashere, dándose un tirón del bigote, irritado—. ¿No más demoras?

Rochaid y sus compañeros parecían estar respondiendo cada vez con más lentitud cuando se hallaban frente a las damane.

—Sé lo que hago, Bashere —gruñó Rochaid—. ¿O es que os parece que no estamos matando bastantes? ¡A mi modo de ver, casi hemos terminado con ellos!

Bashere asintió lentamente, aunque no de acuerdo con lo último. Quedaban soldados enemigos a montones casi en cualquier parte donde se observara con atención. Pero muchos habían muerto. Había planteado sus movimientos basándose en lo que había estudiado de la Guerra de los Trollocs, cuando las fuerzas de la Luz rara vez sumaban un número más o menos parejo a las que tenían que enfrentarse. Atacar por los flancos y huir. Atacar la retaguardia y huir. Atacar y huir, y cuando el enemigo los perseguía, dar media vuelta y hacerle frente en el terreno elegido de antemano, donde los legionarios aguardaban con sus ballestas, volverse y contraatacar hasta que llegaba el momento de huir de nuevo. O hasta que se venía abajo. Hoy ya habían hecho eso último con taraboneses, amadicienses, altaraneses y esos seanchan con sus extrañas armaduras. Había visto más adversarios muertos que en cualquier otro combate desde el de la Nieve Sangrienta. Pero si él tenía Asha’man, el bando contrario tenía damane. Un buen tercio de sus saldaeninos yacía muerto a lo largo de los kilómetros dejados atrás. En total, casi la mitad de su fuerza había perecido, y todavía quedaban más seanchan ahí fuera, con sus malditas mujeres, y taraboneses y amadicienses y altaraneses. Nunca dejaban de llegar más, apareciendo tan pronto como había acabado con los anteriores. Y los Asha’man se mostraban progresivamente… vacilantes.

Subió a la silla de Raudo y regresó junto a Jeordwyn y los otros.

—Damos media vuelta —ordenó haciendo tan poco caso a los cabeceos de asentimiento de Jeordwyn como a los ceños de Gueyam y Amondrid—. Triple número de exploradores. Me propongo avanzar deprisa, pero no quiero darme de morros con una damane.

Nadie rió. Rochaid había reunido a los otros cinco Asha’man alrededor, uno con la espada de plata prendida en el cuello, y los otros sin insignias. Había dos más sin distintivos en el cuello cuando se habían puesto en marcha esa mañana; si los Asha’man sabían cómo matar, también sabían cómo hacerlo las damane. Agitando los brazos furiosamente, Rochaid parecía discutir con ellos. Su rostro estaba congestionado, y los de ellos mostraban obstinación. Bashere esperaba que fuera capaz de evitar que desertaran todos. Ese día ya estaba resultando muy costoso sin agravarlo con que hombres de esa clase anduvieran sueltos por ahí.

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