El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—Milord Bertome —jadeó el hombre al tiempo que hacía una precipitada reverencia—. Dos mil taraboneses vienen a galope pisándome los talones. ¡Y los acompañan mujeres! ¡Con rayos en los vestidos!
—Pisándole los talones —murmuró desdeñosamente Weiramon—. Veremos qué tiene que decir mi hombre cuando regrese. Ciertamente, no veo a ningún…
Un griterío a corta distancia lo hizo enmudecer, así como la trápala de cascos, y entonces aparecieron a galope lanceros, una creciente marea extendiéndose entre los árboles. Directamente hacia Bertome y los demás. Weiramon se echó a reír.
—Mata a quien quieras y donde quieras, Gedwyn —dijo mientras desenvainaba la espada con una floritura—. ¡Yo uso mis propios métodos, y no hay más que hablar! —Cabalgó hacia sus tropas, agitando el arma por encima de su cabeza y gritando—: ¡Saniago! ¡Por Saniago y la gloria!
—No era de sorprender que no añadiera un grito por su país a los lanzados por su casa y su mayor amor.
Espoleando su montura en la misma dirección, Bertome alzó su propia voz:
—¡Por Saighan y Cairhien! —Aún no era necesario blandir la espada—. ¡Por Saighan y Cairhien! —¿Qué se había traído entre manos ese hombre?
El trueno retumbó y Bertome alzó la vista al cielo, perplejo. No había muchas más nubes que antes. No; Doile —¿o era Dalyn?— había mencionado a esas mujeres. Y entonces olvidó todo sobre lo que quiera que ese necio teariano quería cuando los taraboneses de rostro velado con malla descendieron como una avalancha por las colinas arboladas en su dirección, al tiempo que la tierra explotaba y del cielo llovían rayos.
—¡Por Saighan y Cairhien! —bramó.
El viento sopló con más fuerza.
El choque de los jinetes se produjo en lo más denso de la floresta, donde las sombras caían como un pesado manto. La luz pareció perder fuerza y las nubes espesarse allá arriba, pero resultaba difícil asegurarlo encontrándose bajo el dosel del bosque como techo. Las ensordecedoras explosiones parecían ahogar el choque metálico de las armas, los gritos de los hombres y los relinchos de los caballos. A veces el suelo se sacudía. A veces el enemigo lanzaba gritos:
—¡Den Lushenos! ¡Por den Lushenos y las Abejas!
—¡Por Annallin!
—¡Haellin! ¡Haellin! ¡Por el Gran Señor Sunamon!
El último fue el único grito que Varek entendió un poco, aunque sospechaba que a ninguno de los lugareños que se llamaban a sí mismos Grandes Señores o Grandes Señoras ni siquiera se le ofrecería la oportunidad de prestar el Juramento.
Sacó de un tirón su espada, embebida en la axila de su oponente, justo por encima del peto, y dejó que el hombrecillo pálido se desplomara. Un luchador peligroso, hasta que cometió el error de alzar su espada demasiado alto. El rucio del hombre huyó espantado entre la maleza, y Varek perdió un instante en lamentarlo. El animal tenía mejor planta que el pardo de remos blancos que se veía obligado a montar. Sólo un instante, y luego escudriñó de nuevo entre los árboles más próximos, de los que parecían colgar enredaderas de la mitad de las ramas y manojos de una planta gris y velluda en casi todas.
Los ruidos de la batalla se alzaban en todas direcciones, pero al principio no consiguió ver nada que se moviera. Entonces, una docena de lanceros altaraneses apareció a unos treinta metros, llevando al paso a los caballos y escudriñando en derredor atentamente, aunque el modo de hablar en voz alta entre ellos justificaba más que de sobra las bandas rojas que cruzaban en zigzag sus petos. Varek cogió las riendas de su caballo con el propósito de ponerse al mando del grupo. Una escolta, incluso de una chusma tan indisciplinada, podría significar la diferencia entre que el mensaje urgente que llevaba al oficial general Chianmai llegara o no a su destino.
Rayos negros salieron disparados entre los árboles y vaciaron las sillas altaranesas. Los caballos huyeron espantados en todas direcciones mientras sus jinetes caían, y luego sólo quedó una docena de cadáveres despatarrados sobre la húmeda alfombra de hojas muertas, todos atravesados, como poco, por una saeta de ballesta. Ningún movimiento. Varek se estremeció a pesar de sí mismo. Aquellos soldados de a pie con chaquetas azules le habían parecido presa fácil al principio, sin picas tras las que aguantar una carga, pero nunca salían a descubierto, sino que se ocultaban detrás de los árboles y en las honduras del terreno. Y no eran los peores. Había tenido la seguridad, tras el frenético repliegue a los barcos en Falme, que había presenciado lo peor que podría ver en la vida: el Ejército Invencible derrotado y puesto en fuga. Sin embargo, hacía menos de media hora, había visto a cien taraboneses enfrentándose a un solo hombre con chaqueta negra. Cien lanceros contra uno, y los taraboneses habían sido destrozados. Literalmente hechos trizas, hombres y caballos explotando simplemente, a una velocidad pasmosa; la carnicería había continuado después de que los taraboneses dieran media vuelta para huir, y prosiguió mientras hubo alguno a la vista. Quizá no fuera peor que sentir el suelo estallando bajo los pies, pero al menos las damane por lo general dejaban lo suficiente de uno para que lo enterraran.
El último hombre con el que había conseguido hablar en ese bosque, un veterano canoso procedente de Seanchan que dirigía un centenar de piqueros amadicienses, le había informado que Chianmai se encontraba en esa dirección. Al frente atisbó caballos atados a los árboles y hombres a pie. Quizás ellos pudieran darle más indicaciones. Y él les echaría una buena reprimenda por estar allí parados mientras se disputaba una batalla encarnizada.
Cuando llegó, olvidó toda idea de echar broncas. Había encontrado lo que buscaba, pero en absoluto lo que habría querido encontrar. Una docena de cadáveres con gravísimas quemaduras yacían en hilera. Uno de ellos, cuyo rostro de tez color melaza estaba intacto, era Chianmai evidentemente. Los hombres de pie eran todos taraboneses, amadicienses y altaraneses. También algunos estaban heridos. El único seanchan era una sul’dam de rostro tenso que tranquilizaba a una damane llorosa.
—¿Qué ha pasado aquí? —instó Varek. Le parecía inaudito que uno de esos Asha’man dejara supervivientes. Quizá la sul’dam lo había rechazado.
—Lo inconcebible, milord. —Un corpulento tarabonés apartó al hombre que extendía un ungüento sobre su brazo izquierdo quemado. La manga parecía haberse consumido totalmente hasta el peto; no obstante, a pesar de sus quemaduras, el tarabonés no hacía el menor gesto de dolor. El velo de malla colgaba por un pico del yelmo cónico, dejando a la vista un semblante duro, con un bigote canoso que casi le ocultaba la boca, y sus ojos eran insultantemente directos—. Un grupo de illianos cayó sobre nosotros de repente. Al principio todo fue bien. No los acompañaba ninguno de los hombres de chaqueta negra. Lord Chianmai nos dirigía valerosamente mientras las… mujeres encauzaban rayos. Entonces, justo cuando los illianos se desmoronaban, los rayos empezaron a descargarse sobre nosotros también. —Calló y dirigió una mirada elocuente a la sul’dam.
La mujer se incorporó al instante y, agitando el puño, se acercó al tarabonés tanto como se lo permitía la correa unida al brazalete de la otra muñeca. Su damane siguió sollozando, hecha un ovillo.
—¡No estoy dispuesta a oír las palabras de este perro contra mi Zakai! ¡Es una buena damane! ¡Una buena damane!
Varek gesticuló con ánimo de tranquilizar a la mujer. Había visto a sul’dam hacer aullar de dolor a las mujeres a su cargo por infracciones, y a algunas —pocas— lisiar a las recalcitrantes, pero la mayoría se encrespaba con quien ponía en entredicho a su favorita, incluso si era alguien de la Sangre. Ese tarabonés no era, ciertamente, de la Sangre, y a juzgar por la expresión enfurecida de la sul’dam, ésta parecía dispuesta a matarlo. De haber manifestado en voz alta su ridícula acusación, implícita en su gesto, Varek creía que la mujer lo habría asesinado en ese mismo instante.