Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Me has roto los dientes -dijo Billy-. ¿Estás satisfecho?
Billy se volvió y señaló a Alex, que aún estaba sentado en la parte de atrás del Torino.
– ¡Lárgate! -le chilló con la cara llena de sangre y de angustia.
Alex empujó hacia delante el asiento del pasajero y se bajó del coche. Posó levemente los pies en el asfalto y se volvió. Sintió que alguien lo agarraba por detrás y lo lanzaba hacia delante, tropezó y cayó a cuatro patas. Oyó pisadas a su espalda, y de pronto recibió una furiosa patada en la ingle que casi lo levantó del suelo. El aire que tenía en los pulmones escapó violentamente. Cuando consiguió respirar de nuevo, devolvió cerveza y bilis. Jadeando agitadamente, contempló el vapor que desprendía su vómito sobre el asfalto. Entonces se desplomó de costado y cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, vio un pie que se le acercaba a toda prisa en dirección a la cara y lo golpeaba igual que un martillo.
– ¡Dispara a ese hijo de puta!
– No.
– ¡Dispárale!
– Que no, tío…
– ¡Vamos!
Alex recibió otro golpe y oyó algo que se aplastaba. Tuvo la sensación de que uno de los ojos se le había aflojado y se le había salido de la órbita.
«Me han partido la cara. Papá…»
Después, por las calles de Heathrow Heights resonó el eco de un disparo.
SEGUNDA PARTE
Capítulo 5
Todavía seguía llamándose Café Pappas e Hijos, el mismo nombre que tenía desde hacía más de cuarenta años. El letrero había sido sustituido por otro nuevo que era exactamente igual que el original, con las letras mayúsculas, el dibujo de una taza con plato, la letra P elegantemente caligrafiada en la taza, de la que salía una nube de vapor. El tamaño de «Pappas» era el doble que el de «e Hijos». Se había intentado hacer una reforma del cartel antiguo, pero no se pudo salvar. El negro de las letras se había descolorido, el fondo gris perla había amarilleado de forma irreversible con el tiempo.
En el interior del local había un hombre detrás del mostrador, con un bolígrafo en la oreja. Era de estatura y complexión medianas, cabello cortado a navaja, plateado y peinado hacia atrás en las sienes, negro y rizado en la parte de arriba. Conservaba el estómago plano y lucía un buen pecho. Ambas cosas las conseguía vigilando la alimentación y visitando regularmente la YMCA. Para un hombre de su edad, estaba muy bien.
Era guapo, dirían algunos, pero sólo de perfil. Lo que lo estropeaba era el ojo. El derecho, que estaba muy caído en el ángulo externo y bordeado por una abultada cicatriz, la mejor que pudieron dejarle los médicos tras dos intervenciones de cirugía reconstructiva. Podía haber sido peor, teniendo en cuenta que la órbita ocular había quedado hundida. La visión que tenía por aquel ojo era como mucho borrosa, pero ya se había acostumbrado a ello y se negaba a usar gafas y lentillas, excepto cuando se sentaba al volante de un coche. Era su penitencia, así lo consideraba él. Y la parte física de la misma era su marca distintiva.
Dobló en dos un delantal limpio y se lo anudó a la cintura. Echó una ojeada al reloj de Coca-Cola que había en la pared y observó con satisfacción que las cafeteras estaban llenas y calientes. Ya habían llegado todos los proveedores, y estaba listo para abrir, con media hora de margen. Dentro de poco irían llegando los empleados, mucho antes de las siete, gente responsable y de fiar, casi siempre puntual.
Debajo del reloj había una mesa para dos que había reemplazado a la máquina de tabaco. No había ceniceros en el mostrador, ni tabaco a la venta, ni periódicos Daily News ni Washington Stars amontonados encima de la máquina expendedora. Por lo demás, la cafetería era prácticamente la misma que había inaugurado su padre en los años sesenta. El equipamiento original había sido reparado en vez de sustituido. La radio Motorola, que actualmente ni funcionaba, seguía estando en su balda. Las lámparas cilíndricas que había instalado John Pappas con la ayuda de su hijo mayor un sábado por la tarde, mucho tiempo atrás, todavía colgaban encima del mostrador.
Pero no era que el local pareciera viejo. Se habían puesto losetas nuevas en el techo cada vez que las viejas se manchaban a causa de las goteras. Alex insistió en que los suelos y los mostradores estuvieran limpios y relucientes cuando llegara la hora de cerrar, y todos los años daba una mano de pintura a las paredes. Blanco y azul, como los colores de la bandera griega. De manera que, en lo fundamental, el local seguía siendo el mismo de siempre. Y más importante era que seguía estando limpio, la señal que distinguía a un restaurante de calidad. Si ahora su padre entrara por la puerta, se fijaría en que brillaba el acero inoxidable de la máquina de hacer hielo, el mostrador recién repasado con la bayeta, la inmaculada plancha de los sándwiches, el vidrio del expositor de los postres, la parrilla de ladrillo limpia de grasa. Asentiría en un gesto de satisfacción y con una expresión en sus ojos pardos inteligible únicamente para su hijo, diría: «Bravo. Ine kazaro.»
Alex Pappas había cambiado el menú muchas veces a lo largo de los años, pero aquello era algo que también habría hecho su padre. Se habría adaptado. Los asiáticos y los griegos universitarios habían abierto locales provistos de bar de ensaladas en los que se pagaba al peso, que funcionaron bien durante unos años y después desaparecieron en su mayoría, víctimas de los productos suaves, la subida de los precios y una mayor expansión. Cuando eran populares los locales de ese tipo, Alex abandonó los menús a base de hamburguesa con patatas fritas y de filete con queso y añadió sándwiches de pechuga de pollo, láminas de carne de vaca y pastrami en conserva, ensaladas y sopas consistentes. Servía desayunos que parecían almuerzos, huevos a la carta, beicon del bueno, salchichas frescas de ristra, cintas de cerdo y sémola y semiahumados para los clientes más fieles. Mantuvo el precio del café en cincuenta centavos la taza, que se podía rellenar varias veces de forma gratuita si se consumía dentro del local, y aquello se convirtió en su marca de fábrica. Dicho café lo servía en tazas que llevaban la habitual P pintada, la misma que aparecía en el letrero. El contacto humano, el toque personal; aquello era lo que le permitía mantener el negocio. Que intentaran conseguir algo parecido en Starbucks, o en Lunch Stop, o en alguno de los establecimientos propiedad de chinos. Los asiáticos sabían lo que había que hacer para dirigir un negocio de manera eficiente y trabajaban como burros, pero no podían establecer un buen contacto visual con sus clientes para salvarles la vida. Alex se conocía la mayoría de los nombres y los gustos de sus clientes. En el caso de muchos de ellos, tenía sus peticiones anotadas en la nota de la consumición incluso antes de que llegaran a expresarlas verbalmente.
Lo que lo estaba matando eran las grandes cadenas y los clientes de las mismas. Los jóvenes eran como robots, sólo entraban en restaurantes cuyo nombre reconocieran por haberlo visto en las zonas residenciales y en los centros urbanos en los que se habían criado. Panera. Potbelly. Chipotle. Y éstos no eran, ni con mucho, tan malvados como los McDonald's y los Taco Bell que había por todo el mundo, de los que Alex ni siquiera se atrevía a hablar. Servían basura. No era de extrañar que Estados Unidos fuera un país de gordos. Etcétera.
Así que la clientela de Pappas e Hijos se situaba en la franja de la mediana edad, lo cual no era una perspectiva muy deseable para un negocio que mirase al futuro. A Alex le había ido bastante bien hasta el momento, y se las había arreglado para procurar a su familia un nivel de vida cómodo y decente, pero el futuro no era muy prometedor. La renta, aunque había ido al ritmo de la inflación, se había mantenido en un nivel razonable hasta ahora, gracias a la bondad del señor Leonard Steinberg, que le había alquilado el local al padre de Alex y le tenía afecto, dado que ambos eran veteranos de guerra. Pero el señor Steinberg había fallecido, y el nuevo casero, un joven vociferante de mirada átona que trabajaba en una oficina de administración de fincas con otros jóvenes idénticos a él, le había notificado que al año siguiente la renta se incrementaría de manera significativa. Alex no iba a subir los precios de su producto, lo cual ahuyentaría a muchos clientes. Ni tampoco pensaba reducir los sueldos de sus empleados; éstos habían cumplido con su parte del trato, y él iba a hacer lo mismo. Aquel aumento de la renta iba a incidir directamente en su margen de beneficios.