Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Tío, sí que han jodido bien esta zona -comentó Pete.
– ¿Adónde se habrá ido la gente que vivía aquí? -dijo Alex.
– Están todos en Negro Heights -contestó Billy.
– ¿Y cómo lo sabes, has estado allí? -preguntó Pete.
– Ha estado tu padre -dijo Billy.
– Porque siempre estás hablando de ello -dijo Pete-. ¿Cuándo vas a dejar de decirlo y hacerlo de una vez?
Billy, Pete y Alex vivían a pocos kilómetros de Heathrow Heights, pero conocían dicho barrio sólo por la fama que tenía, y no habían entrado en contacto con los residentes. Los chicos de color que vivían allí iban en autobús a un instituto ubicado en la parte más rica de Montgomery County, cuyos estudiantes blancos estaban orientados a la universidad, mientras que los que iban al instituto de Silver Spring se sabía que eran una mezcla inculta de drogatas, engominados y musculitos, en la que había muy pocos futuros universitarios.
– ¿Qué pasa, te crees que me da miedo ir a ese barrio?-dijo Billy-. Pues no me da.
Billy sí que tenía miedo. Alex estaba totalmente seguro. Igual que su viejo, el señor Cachoris, que contaba chistes de negros en los escalones de su iglesia, donde se reunía todo el mundo tras el servicio religioso. Al señor Cachoris también le daban miedo los negros. No era más que eso, miedo transformado en odio. Billy no era mala persona, la verdad era que no. Su padre le había enseñado a ser ignorante. Con Pete la cosa era algo distinta, él siempre tenía que despreciar a alguien. Alex no era muy sabihondo, pero estas cosas sí que las sabía.
– ¿Y tú qué, doctor King? -dijo Billy volviéndose para mirar a Alex, que iba en el asiento de atrás-. ¿Quieres ir a Negro Heights?
– Yo sólo quiero irme a casa.
– Alex se ha echado una novia negrata en la cafetería de su padre -dijo Billy-. Y no le gusta que yo hable mal de su gente.
Billy y Pete chocaron las manos y rieron. Alex se encogió en su asiento. Se preguntaba, como hacía a menudo cuando ya iba llegando al final de la noche, por qué se juntaba con aquellos tíos.
– Estoy cansado -dijo.
– Pappas quiere darnos las buenas noches -dijo Pete. Pete Whitten inclinó la cabeza hacia atrás para apurar la cerveza, y su melena rubia ondeó con el viento.
Todos guardaron silencio durante el camino de regreso.
Raymond estaba en la cama, escuchando los grillos que cantaban en el jardín. En tres de las cuatro estaciones del año, James y él dormían con la ventana abierta. Su padre les había construido unas mallas metálicas con bastidor de madera que se abrían en forma de alas para rellenar el espacio y sostener las ventanas, que ya no se sostenían solas en alto, debido a que las cuerdas hacía mucho que se habían deshecho. Ernest Monroe era capaz de arreglar casi cualquier cosa con las manos.
Raymond, vestido únicamente con el calzoncillo, estaba tumbado encima de las sábanas, totalmente despierto. Estaba emocionado con su descubrimiento, y también se sentía un poco culpable por hurgar en el cajón de la cómoda de su hermano. James había llegado a casa un rato antes, dijo que tenía sueño y se había dejado caer en su cama. Aquél habría sido el momento de hablar de la pistola, pero Raymond titubeó sin saber cómo empezar la conversación. No estuvo bien hacer lo que había hecho. Iba a tener que reconocer que quienes le habían picado la curiosidad habían sido Charles y Larry, y sabía que a James no le caían demasiado bien. Era complicado tratar de buscar la mejor manera de iniciar la conversación. Para cuando reunió el valor necesario para ello, se hizo un silencio en la habitación que le indicó que había esperado demasiado.
– Eh, James -dijo Raymond.
Los grillos continuaron frotándose las patitas. Un perrillo lanzó un ladrido desde el patio de atrás de la minúscula casa que había calle abajo, en la que vivía la señorita Anna.
Raymond repitió en voz baja:
– James.
Capítulo 4
Tres adolescentes recorrían las calles dentro de un Torino GT, bebiendo cerveza, fumando hierba y escuchando la radio. Por el altavoz del salpicadero se oía el tema Black and White de Three Dog Night. El vocalista cantaba: «El mundo es negro, el mundo es blanco. / Juntos aprendemos a leer y a escribir.» Billy tarareaba al mismo tiempo, pero cambiando la letra: «Tu padre es negro, tu madre es blanca. / A tu padre le gusta el coñito estrechín.»
Ya habían oído muchas veces a Billy cantarlo de esta manera, pero rieron como si fuera algo nuevo. Los tres acababan de fumarse un porro bien gordo. Aunque la temperatura superaba los treinta grados, habían subido las ventanillas para preservar el colocón.
Billy se sentó al volante del Torino, un modelo de dos puertas de color verde provisto de un motor Cleveland 351 debajo del capó, el último que había recibido su padre en préstamo. Llevaba un pañuelo rojo atado alrededor de su gruesa mata de pelo negro y parecía un pirata feroz.
– Dale caña -dijo Alex desde el asiento de atrás.
Billy pisó el acelerador. Los dos tubos de escape rugieron que dio gusto cuando remontaron una larga pendiente que atravesaba una zona residencial que se extendía de este a oeste. Estaban aproximándose al pequeño distrito comercial que había no muy lejos de su barrio.
– Mach Uno -dijo Billy en tono reverencial-. Mirad cómo ruge.
– Es un Torino -dijo Pete desde el asiento del pasajero.
– Tiene el mismo motor que el Mach -dijo Billy-. Eso es lo único que estoy diciendo.
– Es un torito -dijo Pete.
– Por lo menos yo conduzco un coche -dijo Billy.
– Es de los de tu padre -replicó Pete-. Es como si lo hubieras alquilado.
– Así y todo, lo estoy conduciendo. Si no fuera por mí, iríais todos a patita.
– A la casa de tu madre -dijo Pete.
Billy sacudió sus anchos hombros. Rio con desenfado, como hacen los tipos grandullones, incluso como si un amigo estuviera gastando bromas pesadas con su madre.
– Y también a la de tu hermanita -continuó Pete sosteniendo una mano en alto para que Alex le chocara los cinco. Alex se los chocó con fuerza, y al hacerlo la melena lisa de Pete, larga hasta el hombro, se le vino toda a la cara.
Pete apuró su Schlitz y arrojó la lata hacia atrás. Ésta fue a juntarse con las otras latas que se habían bebido aquel día, y que ahora formaban un montón en el suelo del coche y rebotaban produciendo un ruido sordo.
– Necesito tabaco -dijo Billy.
– Para en el Seven-Ereven -dijo Pete, imitando a un chino que intentara hablar inglés.
Aparcaron y se bajaron del coche. Llevaban Levis 501 de pata recta, con el bajo vuelto hacia arriba, y camisetas con bolsillo en el pecho. Pete calzaba unas Adidas Superstar y Billy lucía unos Hanover con cuña hechos con tela vaquera. Alex llevaba sus Chuck. No vestían de forma estilosa, pero tenían el estilo de la zona sur.
La tienda en cuestión no era un Seven-Eleven, pero lo había sido durante una temporada, y los tres seguían identificándola como tal. Actualmente a cargo de una familia de asiáticos, vendía más que nada vino y cerveza. Cuando entraron los chicos, estaba sonando el tema de Climax Precious and Few en un equipo de sonido barato que había detrás del mostrador. Uno de los asiáticos estaba tarareando la canción en voz baja, y cuando la letra dijo precious, él pronunció pwecious. Alex, al oírlo, dejó escapar una risita. Cuando estaba colocado, estas cosas le hacían mucha gracia. Fue al pasillo de los dulces y se quedó mirando lo que contenía.
Pete y Billy tuvieron una breve conversación que finalizó con una corta carcajada. A continuación, Pete se acercó hasta un expositor giratorio y se probó un gorro que lucía un parche con el dibujo de un pez enganchado en un anzuelo mientras Billy compraba cigarrillos, cerveza y unas barritas Hostess de sabor a cereza. A Billy nunca le pedían que enseñara el carné, ni aquí ni en ningún otro sitio; parecía un hombre.