Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
Miró por la ventanilla. El mundo de fuera estaba un tanto inclinado y se movía, y parpadeó para que dejara de dar vueltas. Notaba cómo le resbalaba el sudor por el pecho debajo de la camiseta. Estaban parados en el semáforo del Boulevard, en el carril del medio, destinado sólo a los que continuaban de frente. Nunca había «dado el salto» a Heathrow Heights, y, que él supiera, sus amigos tampoco. Se preguntó vagamente por qué se había situado Billy en aquel carril. Se acordó de la conversación que habían tenido Billy y Pete la noche anterior, y pensó: «Ahora Billy va a demostrarnos que no tiene miedo.»
En la PGC estaban poniendo Rocket Man. Aquella canción le recordó a su novia, Karen. Karen vivía en una calle que se llamaba Lovejoy. Billy la llamaba «Lovejudío» porque en aquel vecindario había judíos para dar y tomar. En primavera, un día Karen y él hicieron novillos y se fueron a Great Falls en el Valiant color berenjena que tenía Karen, a bañarse en un lago natural y beber cerveza templada tomando el sol en las piedras. En el camino de vuelta a casa Karen le dejó conducir. En la radio se oía Rocket Man, y Karen iba sentada a su lado fumando un cigarrillo, tiritando de frío con su bikini y sus vaqueros empapados, soltando la ceniza en el cenicero del coche, tarareando la canción y sonriéndole a él de vez en cuando con varios mechones de pelo negro pegados a la cara. El frío padre y la odiosa madrastra de Karen lo obligaban a él a protegerla. No sabía muy bien si querer a una persona implicaba aquello, y supuso que sí que quería a Karen. Pensó: «En este momento debería estar con ella.»
– ¿Qué vamos a hacer cuando entremos ahí? -preguntó Pete desde el asiento del copiloto.
– Pues joderlos -respondió Billy-. Armar un poco de escándalo.
A Alex le entraron ganas de decir: «Me bajo aquí», pero si hiciera algo así sus amigos lo llamarían nenaza y maricón.
Alex miró por el parabrisas cuando Billy aceleró al ponerse el semáforo en verde.
Cruzaron el Boulevard y poco después lo dejaron atrás y comenzaron a bajar por una pendiente que seguía las vías del tren. Atravesaron un puente que pasaba por encima de las vías y penetraron en un vecindario de casas desvencijadas y coches que indicaban la pobreza de sus propietarios. Más adelante, en la acera, había tres jóvenes negros, delante de un sitio que parecía una tienda de las tradicionales. Dos de los chicos lucían el torso desnudo y el tercero llevaba una camiseta blanca con unos números escritos a rotulador. Alex se fijó en que uno de los que iban desnudos tenía una cicatriz en la cara. Pete y Billy ya estaban bajando las ventanillas.
– ¿De verdad has estado aquí antes? -dijo Pete. Alex captó en su voz un tono de emoción y de nerviosismo. Pete estaba hurgando en la bolsa de papel que tenía a los pies y finalmente extrajo una de las barritas de cereza y rasgó el envoltorio.
– Qué va -contestó Billy, que observaba el grupo de chicos de color, los cuales ahora, a medida que se les iban acercando, los estaban fulminando con la mirada. Eran delgados, de vientre y pecho lisos, hombros anchos y brazos musculosos.
– Sabrás cómo se sale de aquí, ¿no? -dijo Pete.
– Cómo se sale en coche -replicó Billy a la vez que apagaba la radio-. El volante lo tengo yo. Tú dedícate a lo tuyo.
– ¿Por qué vas tan despacio?
– Para que no te pierdas nada.
– Yo no voy a perderme una puta mierda.
– Billy -intervino Alex. Habló con voz queda, y ni Billy ni Pete se volvieron para mirarlo.
El Torino ya estaba en medio. Los otros empezaron a aproximarse lentamente al coche que acababa de detenerse a su lado. Billy tenía toda la cara en tensión. Se inclinó hacia la ventanilla del pasajero y chilló:
– ¡Tragaos esto, negratas de mierda!
Y seguidamente Pete les lanzó la barrita de cereza. Ésta rebotó en el de la cicatriz en la cara, uno de los que iban sin camiseta, y Pete se agachó para esquivar el puñetazo que lanzó el agredido a través de la ventanilla bajada. Billy pisó el acelerador a fondo al tiempo que soltaba una carcajada, y el Ford se dejó los neumáticos en el asfalto en un derrape, se enderezó y salió disparado calle abajo. Alex sintió que le desaparecía toda la sangre de la cara.
A su espalda oyeron los gritos de rabia de los otros. Pasaron varias casas más, después un cruce y más adelante una iglesia muy vieja, y al final de la calle vieron una barrera pintada a franjas levantada por las autoridades y detrás de ella las vías del tren, un bosque y una densa vegetación en pleno verdor estival.
– Es una rotonda -dijo Alex, como si estuviera profundamente asombrado.
– Y una mierda -replicó Billy-. Es una calle cortada.
Billy preparó el Ford para maniobrar y movió la palanca del cambio automático hasta la posición de marcha atrás, luego metió la primera y volvió a enfilar la calle. Los otros estaban de pie en medio de la calzada, sin hacer ningún movimiento hacia ellos, y ya no gritaban. El que iba sin camiseta y se había llevado el golpe con la golosina parecía estar sonriendo.
Billy se quitó el pañuelo de la cabeza y dejó libre de obstáculos su melena negra. Al llegar al cruce, giró a la izquierda haciendo rechinar los neumáticos y pasó por delante de más casas destartaladas y de una anciana de color que paseaba un perrito. Llegaron a una bifurcación, y el coche guardó silencio mientras miraban a izquierda y derecha. A la derecha la calle trazaba un círculo. A la izquierda terminaba en otra barrera junto al bosque. Los tres lamentaban profundamente lo tontos que habían sido y la mala suerte que habían tenido, y nadie dijo una palabra.
Billy dio vuelta al coche y regresó a la calle principal.
Al llegar al cruce se detuvo y miró a su izquierda. En mitad de la calle se habían apostado dos de los jóvenes de color, separados lo justo el uno del otro para que el Ford no pudiera pasar. El otro había tomado posición en la acera. Había aparecido una mujer de color, más mayor que ellos y con gafas, y estaba de pie en el porche de la tienda.
Pete tocó la manilla de la puerta.
– Pete -lo advirtió Billy.
– A la puta mierda -dijo Pete. Abrió la portezuela, se bajó de un salto, cerró tras de sí y echó a correr. Fue en línea recta hacia el bosque que había al cabo de la calle, enseñando las suelas de sus zapatillas de tres franjas, luego dobló a la izquierda y alcanzó las vías del tren sin disminuir la zancada.
Alex experimentó un sentimiento de traición y de envidia cuando vio a Pete desaparecer por detrás de la línea de los árboles. Él también quería huir, pero no podía. No era sólo por lealtad hacia Billy, sino porque sospechaba que no iba a conseguir llegar a las vías del tren. Él no era tan rápido como Pete; le darían alcance, y el hecho de que hubiera huido no serviría más que para empeorar las cosas. A lo mejor Billy era capaz de salir de aquélla a base de palabras. Billy podía pedir perdón, y los de la calle verían que lo que habían hecho no era más que una travesura de lo más idiota.
– No puedo dejar tirado el coche de mi padre -dijo Billy en voz muy baja. Pisó el acelerador y retrocedió calle arriba, por donde habían venido.
«Es de la edad de mis padres -pensó Alex mirando a la mujer de las gafas que estaba en el porche de la tienda-. Ella pondrá fin a esto.» Pero se le cayó el alma a los pies cuando vio que daba media vuelta y volvía a entrar en el establecimiento.
Billy detuvo poco a poco el Torino y echó el freno de mano como a unos quince metros de los otros. Se bajó del coche dejando la portezuela abierta. Alex observó fijamente cómo se dirigía hacia los tres chicos, que lo rodearon al momento, y oyó que les decía en tono amistoso:
– ¿No podríamos solucionar esto?
Vio que Billy levantaba las manos, como si se rindiese. De pronto llegó un derechazo, rápido como un rayo, propinado por uno de los que iban sin camiseta, y la cabeza de Billy se dobló hacia atrás. Éste se tambaleó y se llevó una mano a la boca. Cuando la bajó la tenía manchada de sangre, y escupió sangre y saliva al suelo.