Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Voy a dejar de fumar. Esto es lo que ha provocado la enfermedad de tu padre. Esto, y las comidas de su madre. Toda esa grasa.
– Mejor me voy a dormir un poco.
– Vete. Y no te olvides de poner el despertador.
Alex subió al piso de arriba y pasó por delante del cuarto de baño, ahora a oscuras, en el que normalmente a aquella hora su padre estaría remojándose en la bañera, fumando y emitiendo gases. Entró en su cuarto y se metió en la cama, tendido de espaldas y con el antebrazo sobre los ojos. Oía la música proveniente del dormitorio de Matthew.
Matthew no había trabajado nunca en la cafetería. Se dedicaba a los deportes durante todo el año, obtenía notas excelentes y hacía poco que había alcanzado una puntuación muy alta en la prueba de acceso a la universidad. Su destino era estudiar en una universidad de otro estado, y su camino no se veía obstaculizado por la situación de su padre. En cambio Alex percibía acertadamente que su mundo había cambiado para siempre.
Al día siguiente se despertó cuando todavía estaba oscuro y se fue a trabajar. La fe que tenían depositada en él sus padres no era infundada. Al principio cometió errores, la mayoría en la psicología del liderazgo, pero conforme fueron transcurriendo las semanas empezó a sentirse más seguro de sí mismo y a considerarse el jefe del negocio. Se sentía un hombre. Aquél era el sitio en el que debía estar. A lo mejor aquel abogado culogordo estaba en lo cierto: «A su hijo, para ser escritor, no se le da mal servir en la barra.» Alex retiró las letras de canciones del costado de la caja registradora, donde estaban pegadas. Parecía absurdo seguir teniéndolas allí de exposición.
Cuando su padre volvió del hospital traía barba por primera vez en su vida. Una semana antes de Navidad, estaba con su mujer en la cocina, de pie junto a la mesa de comedor, esperando a que ella sirviera el almuerzo, un sándwich de atún y un cuenco de sopa de pollo con fideos. Su mujer estaba junto a la cocina eléctrica, de espaldas a él, cuando de pronto le oyó decir: «Oye, Callie», y cuando se volvió vio a John Pappas con una mano extendida y el rostro blanco como la cal. Le salió un chorro de sangre de la boca y se desmoronó igual que una marioneta. El médico dijo que había sido algo «masivo». John Pappas había expirado, muy probablemente, antes de tocar el suelo.
Alex Pappas, de cincuenta y un años, estaba de pie mirando el reloj de Coca-Cola de la pared, en realidad sin tener necesidad de verlo para saber qué hora era, porque la sabía con toda exactitud por cómo estaba cambiando la luz en la calle a medida que el amanecer iba dando paso a la mañana. La cristalera de la cafetería era como la pantalla de una película que hubiera estado viendo, repetidamente, a lo largo de treinta y dos años.
Se había casado. Había engendrado dos hijos varones. Trabajaba aquí.
El magazi era lo que tenía. Le había salvado tras el incidente sufrido en Heathrow Heights, le había permitido conectar otra vez con la gente, y le había proporcionado un refugio y un objetivo. Había sido el lugar en el que se había amparado cuando falleció su hijo pequeño, Gus. Salvación mediante el trabajo. Él creía en eso. ¿Qué otra cosa había?
Pappas e Hijos.
Un hijo muerto, otro vivo. Pero Alex no pensaba cambiar el letrero.
Capítulo 6
Era un fisioterapeuta de Walter Reed, el centro médico del ejército situado en Georgia Avenue. Se llamaba Raymond Monroe, pero debido a las salpicaduras de gris que ya tenía en el cabello y a que se lo consideraba más bien viejo, algunos de los soldados y varios de sus compañeros lo llamaban Papi. Llevaba muchos años realizando aquel trabajo, y hacía dos que trabajaba en dicho hospital. Monroe opinaba que era bastante bueno en lo suyo. El sueldo era respetable, el trabajo era fijo, y la mayoría de los días se levantaba deseando comenzar la jornada. Al igual que su padre y que su hermano mayor James, le gustaba arreglar cosas.
A lo largo de los años, Monroe había trabajado en diversas clínicas, nunca había tenido visión para los negocios ni había sentido la ambición de montar uno, y le había ido bien. Cuando su hijo Kenji, producto de un matrimonio temprano, se enroló, Monroe solicitó un puesto de trabajo en Walter Reed. Una gran parte del personal médico de dicho hospital estaba formada por militares en activo, empleados del Estado Mayor y contratistas, pero Monroe había servido en el ejército, para el estado, durante cuatro años al salir del instituto, lo que le fue muy útil para conseguir una plaza. Opinaba que dicho servicio le había hecho mucho bien, ya que con el dinero ganado pudo pagarse la matrícula de la universidad y todos aquellos años de posgrado que había hecho en el campus Eastern Shore de la Universidad de Maryland. Ahora estaba devolviendo el favor recibido. Además, sentía la necesidad de hacer algo, aunque fuera simbólico, para apoyar a su hijo.
El soldado de Primera Clase Kenji Raymond Monroe había sido enviado a Afganistán y tenía su base en el puesto de avanzada de Korengal. Era un soldado perteneciente a la 10.a División de Montaña, Primer Batallón, 32.º Regimiento de Infantería, 3.er Equipo de Combate de Brigada, procedente de Fort Drum, estado de Nueva York. Monroe había memorizado todos los números, lo cual le proporcionaba un sentimiento de seguridad, tal vez ilógico, respecto de que el estamento militar estaba organizado y equipado para proteger a su hijo. No era uno de esos padres de soldados que se arrojaban por la borda detrás de la bandera ondeante, el toque de diana a través del teléfono móvil y cosas por el estilo; él estaba distanciado de todo aquello, y aun así se sentía muy orgulloso de su retoño.
Monroe sólo había tenido un hijo. Su primera mujer, la madre de Kenji, había muerto víctima de un cáncer de mama, cuando el niño tenía diez años. Su mujer se llamaba Tina, y tenía un corazón de oro. Tina lo había sacado de su profunda depresión, de todos los años durante los que había cargado con aquello, preocupado por su hermano, reprimiendo en su interior el rencor y la desconfianza, sin superar nunca aquel estado mental joven y furioso, hasta que apareció ella en su mundo y lo ayudó a convertirse en un hombre juicioso. Su muerte volvió a dejarlo tirado por los suelos. Pero se levantó, sabiendo que tenía que levantarse, por su hijo. Monroe, con la ayuda de su madre, había criado a su hijo a solas.
Ahora tenía una relación con una mujer, una agradable compañera de carrera que era trabajadora social clínica de Walter Reed. Era la primera relación seria que tenía desde que falleció Tina. Kendall Robertson tenía un hijo pequeño llamado Marcus. El padre del chico no aparecía en ninguna de las fotografías enmarcadas que había esparcidas por la casa, lo cual indicó a Monroe que nadie deseaba que volviera. Kendall tenía treinta y cinco años, catorce menos que él, y el niño, ocho. Se habían conocido en la iglesia, y en la primera conversación que tuvieron, a la hora del café, descubrieron que trabajaban en el mismo centro. Actualmente Monroe pasaba la noche en casa de ella, un adosado de Park View, un par de veces por semana. Al parecer, Marcus lo había aceptado. Todo estaba funcionando bien.
Monroe estaba sentado ante una mesita en la cocina de Kendall, mirándola mientras ella preparaba al chico para ir al colegio. Tenía en la mano una taza de café que se estaba enfriando, una de los Hoyas de Georgetown, con el bulldog mascota del equipo dibujado en el costado.
– ¿Dónde tienes el ejercicio de ortografía? -dijo Kendall.
– En el paquete para el aula general -respondió Marcus-. Tú misma lo metiste anoche.
– Es verdad -dijo Kendall a la vez que cerraba la cremallera de la cartera de libros. Estaba inclinada sobre el niño, y le caía hacia la cara una cortina de pelo-. No te olvides de entregarlo.
– Siempre lo entrego.
– Nada de eso, se te olvida. Si no lo entregas, ¿cómo va a saber el profesor que lo has hecho? Los deberes forman parte de las notas finales.