Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– ¿Adónde vamos? -dijo Alex.
– Al centro -contestó Pete al tiempo que daba vuelta al coche para tomar Colesville Road y dirigirse hacia el sur para incorporarse a la District Line.
Billy sacó un Marlboro de un paquete que había guardado en el parasol y lo prendió. Las ventanillas estaban bajadas y el aire nocturno penetraba en el coche y les agitaba el cabello. Todos lo llevaban largo.
El coche era un Cutlass Supreme blanco y azul. Debido a la combinación de colores y a que no era el 442, Billy solía lanzarle pullas a Pete al respecto, diciendo que era un coche para «amas de casa y homosexuales».
– ¿Qué -decía Billy-, el coche lo eligió tu madre mientras tu padre estaba en el curro?
– Por lo menos es nuestro -replicaba Pete. El padre de Billy, un vendedor de la casa Ford que trabajaba en el concesionario Hill y Sanders ubicado en Wheaton, se llevaba a casa vehículos prestados. El padre de Pete trabajaba de abogado para el sindicato de trabajadores del automóvil, era un «profesional», cosa que nunca se cansaba de mencionar a sus amigos. Pete sacaba buenas notas y recientemente había puntuado muy alto en la prueba de acceso a la universidad. Billy y Alex eran estudiantes de aprobadillos y no tenían planes especiales. La noche anterior al examen se habían colocado y habían bebido alcohol.
Los chicos recorrieron toda la calle Dieciséis discutiendo acerca de la emisora de radio que debían poner. Alex quería oír la WGTB, la emisora FM progresista que procedía del campus de la Georgetown, pero Billy descartó totalmente dicha idea.
– Quiero ver si ponen a Vomit Rooster -dijo Billy.
– Atomic Rooster -corrigió Alex.
En la radio se empezó a oír Nights of Wbite Satín, pero Billy cambió de sintonía porque no estaban colocados. Quitó otra emisora que estaba poniendo aquella canción de Lobo que hablaba de un perro y se quedó en una sólo el tiempo suficiente para cambiar la letra del éxito de Roberta Flack «La primera vez que vi tu cara» por «La primera vez que me senté en tu cara». Encontró una emisora que estaba poniendo música de guitarras y la dejó correr unos momentos. Escucharon sencillos de T-Rex, Argent y Alice Cooper, y cuando empezó a sonar Day After Day, Billy subió el volumen al máximo. Para cuando finalizó la canción, ya estaban cerca de Foggy Bottom. Pete encontró un sitio para aparcar.
Fueron andando hasta un local nocturno cuyo propietario era Blackie Auger. No tenían edad suficiente para beber, pero todos contaban con cartillas militares que habían comprado a otros chicos mayores del barrio. El portero les echó una mirada, vio a tres chavales vestidos con vaqueros de la zona obrera del extrarradio y se plantó para no dejarles entrar. Pero Alex consiguió que les franquearan el paso diciendo que conocía a Blackie, el legendario restaurador griego y propietario del bar. Pero no conocía a Auger, ni tampoco lo conocían sus padres; de hecho, pertenecía a una clase de griegos americanos totalmente distinta y jamás había entrado en contacto con él. La familia de Alex asistía a la «iglesia para inmigrantes» de la calle Dieciséis, mientras que Auger y otros de su nivel eran miembros de la catedral «para la clase alta» situada en la Treinta y seis con Mass.
El portero les dejó pasar. La posibilidad de que aquel chico estuviera diciendo la verdad fue lo que les valió la entrada.
Supieron que estaban fuera de lugar en cuanto penetraron en el local. Los hombres tenían todos veintitantos años, calzaban zapatos con tacón de madera y vestían pantalones de lana ajustados con camisas de rayón de cuellos muy grandes abiertas para enseñar el pecho, medallones, crucifijos y colgantes de oro. Las mujeres llevaban vestidos y no miraban en su dirección. Los que estaban en la pista de baile, por lo visto se sabían los pasos de moda. Alex, Billy y Pete sabían hacer lo que habían visto en los bailes de Soul Train, pero nada más. Su estancia tuvo los minutos contados cuando un tipo que llevaba un cinturón con hebilla en forma del signo del dólar le dijo a Billy algo así como que se habían «equivocado de local», y Billy, que en aquel momento estaba fumando un Marlboro, le contestó: «Sí, no sabía que esto era un bar de maricas», y le lanzó el cigarrillo encendido al pecho. El mismo portero que les había dejado entrar se les acercó y les dijo que salieran y que «tampoco no volvieran».
– Que «tampoco no volvamos» -dijo Pete, ya en la acera-. El muy imbécil ha usado una doble negación.
Billy y Alex no supieron a qué se refería Pete, pero imaginaron que sería algo relativo a que Pete era más listo que el gorila. Que los echaran a la calle resultó un tanto violento momentáneamente, pero ninguno de ellos pasó mucho rato amargado. Había sido divertido ver que salían chispas del pecho de aquel tío y oír las carcajadas que lanzó Billy cuando el otro cerró los puños pero no llegó a agredirle, y que a Billy todo aquello le importara un pimiento, como era habitual en él.
Pasearon un poco más con el coche y bebieron cerveza. Se les pasó por la cabeza ir al Silver Slipper, pero aquel local sólo permitía un mínimo de alcohol y obligaba a cumplir dicha restricción, y de todas formas en él había gente que bailaba en plan estriptis, y para ellos eso significaba que las tías no enseñaban nada y tardaban mucho tiempo en dejar ver un poco de teta al aire. Terminaron sacando entradas para una película titulada The Teachers que ponían en un cine llamado The Art, entre la Nueve y F. El nombre del cine no era muy acertado, teniendo en cuenta que se trataba de una sala porno. En el patio de butacas, que olía a tabaco, a sudor y a periódicos mojados, se sentaron separados unos de otros para que nadie pensara que eran de la otra acera, y vieron la película y observaron a los tíos mayores que había entre el público, que gemían al correrse. Alex tuvo una erección, pero nada parecido a la que tuvo montándoselo con Karen, y sólo de pensar en ella se sintió solo y triste de estar donde estaba. Los otros debían de estar experimentando un sentimiento parecido, porque decidieron mutuamente marcharse antes de que acabara la película. De camino al coche bromearon sobre el detalle de que todos los personajes femeninos se llamaban Uta.
Fueron en el coche hasta Shaw. Las cervezas ya se habían calentado, pero continuaron bebiendo. En la Catorce con S comentaron aquella ocasión en que contrataron los servicios de una puta en aquel cruce para celebrar el décimo sexto cumpleaños de Pete, un rito de paso para los chicos varones de la zona de Washington, y bromearon con Pete recordando que se corrió nada más penetrar a la tía en cuestión. A decir verdad, dejó el cargamento en las sucias sábanas de la cama de una diminuta habitación situada en la tercera planta de una casa, antes de tener la oportunidad de insertar la polla, pero esto no se lo contó a sus amigos. Ya era bastante grave haber perdido la virginidad con una furcia negra que se llamaba Shyleen. Aquellos chicos eran los únicos que sabían que él había hecho tal cosa, y la historia iba a tener punto final al mismo tiempo que la amistad con ellos. Dentro de un año se marcharía a la universidad y empezaría una vida nueva. Estaba deseando que llegara el momento.
– ¿Recuerdas cuando le dimos los quince dólares?-dijo Billy-. ¿Aquí mismo, en la calle? Ella nos dijo: «Guardaos ese dinero, ¿queréis que me entierren?»
Alex había estado presente. La chica dijo «encierren», no «entierren».
– ¿Y qué esperabas de una fulana? -dijo Billy.
– No hables así de tu madre -dijo Pete.
En la calle U, emprendieron la subida de la larga pendiente, en sentido norte. Desde U hasta Park Road, aquel distrito comercial y residencial había sido incendiado y prácticamente destruido en los disturbios. Lo que quedaba estaba chamuscado y convertido en escombros. Muchas tiendas que habían logrado permanecer en pie habían cerrado y se habían trasladado a otro sitio.