Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
Raymond Monroe trabajaba principalmente en las salas de Terapia Ocupacional y Terapia Física del hospital. Había una perrita llamada Lady que deambulaba por ambas salas jugando con juguetes, olfateando las manos que se le tendían, tanto si eran de carne como si eran de plástico, y permitiendo que la tocasen y la acariciasen. En aquellas instalaciones había pesas sueltas y máquinas de levantar pesos, cintas de correr, esterillas y balones de rehabilitación, así como una piscina muy utilizada. Raymond Monroe llevaba a cabo una gran parte de su trabajo en las numerosas mesas acolchadas de que disponía la sala de Terapia Ocupacional, estirando a sus pacientes e incrementando su radio de movimiento y su flexibilidad por medio de ejercicios repetitivos. Las caderas y los hombros eran áreas cruciales. Dejando aparte las prótesis, las quemaduras y las cicatrices, los problemas a los que se enfrentaba allí no eran muy distintos de los que se encontró cuando trabajaba de fisioterapeuta en clínicas de medicina deportiva. Estaba devolviendo a las personas un cierto grado de normalidad activa, tras la lesión sufrida.
El primer paciente que tuvo Monroe aquella mañana fue un muchacho joven, el sargento Joseph Anderson, de la 1.a División de Caballería, que había perdido la mano derecha cerca de Mosul. Anderson tenía un sentido del humor muy irónico y una actitud positiva. Le gustaba el rock clásico, las mujeres pelirrojas y los Mustang del 66, y poseía una admirable seguridad en sí mismo pese al hecho de que le habían quedado grandes cicatrices en la cara.
– Alí Babá lanzó una granada al interior de nuestro Humvee -dijo Anderson la primera vez que se encontró con Monroe-. Yo la recogí e intenté devolvérsela, en un gesto de cortesía. Pero imagino que me retrasé un poquito.
– Dicen que sin duda salvaste a dos de tus hombres.
– La verdad es que me gustaría recuperar la mano que he perdido. Y la guapura deslumbrante que tenía antes. No funcionó como en los tebeos, señor.
– No es necesario que me llames señor. Soy un civil.
– Me enseñaron que debía llamar «señor» a las personas mayores que yo. A no ser que fueran mujeres, en cuyo caso debía dirigirme a ellas como «señoras».
– ¿Dónde te criaste?
– En Fort Worth, Tejas. Eso, ni tocarlo.
– ¿Eres fan de los Cowboys?
– Es que no hay ningún otro equipo.
– Eso no te lo voy a discutir.
– Usted debe de ser admirador de los Pieles Muertas.*
– No juegues.
Anderson tenía una prótesis en vez de mano. Recientemente se había hecho un tatuaje en ella que a Monroe le parecía una palabra, algo así como «zoso». Sobre la piel del antebrazo había tres símbolos marcados con tinta azul. El de la mano era una continuación de éstos. Muchos soldados se hacían un tatuaje en la prótesis para reponer la porción del que habían perdido con la herida o con la amputación.
– ¿Le gusta mi tatuaje nuevo? -preguntó Anderson.
– Si te gusta a ti, a mí también -replicó Monroe, que estaba masajeándole el antebrazo con los dedos, y con cierta intensidad porque el joven era capaz de aguantarlo-. ¿Y qué significa, por cierto?
– Es un símbolo. Parece una palabra, pero no lo es. Se llama glifo, no me pregunte por qué. Los cuatro miembros del grupo escogieron un símbolo cada uno y lo pusieron en el álbum. Cuatro miembros, cuatro símbolos. Led Zeppelin Cuatro, ¿lo pilla? El disco de rock duro más grande que se ha grabado jamás.
– Muy bien -contestó Monroe.
– Le envidio por haber vivido en la época en que tocaban -dijo Anderson-. ¿Alguna vez los vio actuar en directo?
– Debí de perdérmelo.
– Dígame que era fan de Zeppelin, Papi.
– No puedo decirte tal cosa. -Monroe esbozó una sonrisa apenas detectable-. De hecho, ni siquiera sabía que eran un grupo. Yo creía que era un solo tío. Mi hermano mayor me sacó de mi error, como siempre.
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* Juego de palabras con «Pieles Rojas» (Redskins), el nombre del equipo de fútbol americano de Washington, D.C. (N. de la T.)
– Al mío también le gustaba enseñarme cosas.
– Típico de los hermanos mayores -comentó Monroe.
Más tarde, cuando Anderson se hubo marchado y después de tratar a un par de pacientes más, Monroe hizo una pausa para comer. Su intención era reunirse con Kendall en el despacho de ella.
Pasando la piscina, en un pasillo que conducía a un grupo de ascensores, vio a un general y a varios oficiales de rango inferior, recién liberados de una misión: varios médicos estaban acompañando a los uniformados en una visita a las instalaciones. El grupo se dividió en dos cuando llegaron al pasillo un joven y una mujer algo mayor que él.
El joven era un soldado de Minnesota que llevaba muy poco tiempo con las prótesis. Llevaba un arnés y una correa. Su madre iba detrás mientras él avanzaba tambaleante con sus rodillas de plástico y las piernas metálicas encajadas en zapatillas de deporte, girando violentamente las caderas para dar cada paso. Tenía la cara congestionada por el esfuerzo y la concentración y la frente empapada de sudor, y se mordía el labio inferior. Su madre sostenía la correa para proporcionarle estabilidad, igual que había hecho veinte años atrás en su casa de Thief River Falls, cuando el chico tenía once meses y estaba dando sus primeros pasos.
El general, los oficiales y los médicos comenzaron a sonreír dolorosamente y a aplaudir todos al unísono al soldado mientras éste iba abriéndose paso. Monroe no tuvo valor para hacer lo mismo. Tenía cariño a los soldados y los marines que trataba, y únicamente sentía respeto por los innumerables médicos, terapeutas, militares de carrera y voluntarios que hacían todo lo que estaba en su mano para ayudarlos. Pero no estaba dispuesto a sumarse a aquellos oficiales con otra sonrisa congelada.
De modo que se acercó en silencio hasta los ascensores después de que hubieran pasado el soldado y su madre.
Capítulo 7
Alex Pappas había adquirido hacía poco el servicio de radio por satélite para la cafetería, puesto que cada vez se sentía más decepcionado con el contenido de la moderna radio terrestre. El servicio por satélite ofrecía una variedad mucho más amplia y podía contentar a los empleados, que pertenecían a una mezcla de culturas y por lo tanto tenían diferentes gustos musicales, y también a la clientela, que por lo general se encontraba en las pendientes de subida y de bajada de la mediana edad.
Darlene, como era la más veterana de la plantilla, no tardó en asumir el mando de la radio nueva. De los empleados originales de la época de su padre, tan sólo quedaba ella. Inez había fallecido de una enfermedad del hígado a los cuarenta y tantos años, y poco después la señorita Paulette, víctima de la diabetes y de lo que pesaba. En la década de los ochenta, Júnior Wilson cayó en las redes de la droga y a todos los efectos desapareció. Su padre, Darryl Wilson, que aún continuaba trabajando de técnico del edificio de arriba, ya no hablaba de su hijo.
Darlene pesaba actualmente veinte kilos más que cuando tenía dieciséis años. Cuando la miraba, Alex veía todavía el encanto de sus ojos y de su sonrisa, y también aquellos veinte kilos. La instaba con delicadeza a que adelgazase y dejase de fumar, pero ella se zafaba de sus sugerencias con una risa igual de delicada.
Había dado a luz a cuatro niños, el padre de uno de los cuales era Júnior Wilson, y en la actualidad tenía nueve nietos. Una hija soltera y en paro y dos nietos vivían en la casa que tenía ella en el área de Trinidad del distrito Noreste. Un hijo era inspector del Departamento de Salud, otro estaba en la cárcel en Pensilvania, a causa de las drogas. La segunda hija tenía un empleo de funcionaria, un buen marido y una casa en PG County. Darlene había mantenido a diversos miembros de la familia a lo largo de los años y se las había arreglado para lograrlo todo gracias al trabajo de la cafetería. Alex le proporcionaba un plan de jubilación básico y seguridad social. Ella se había puesto totalmente de su parte desde el día en que él se hizo cargo del negocio, lo ayudó a atravesar la época en que su padre estuvo enfermo y murió, y continuaba siendo esencial para el funcionamiento del local.