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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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Fuera, Billy rompió el celofán de una cajetilla de Marlboro Reds, rasgó el papel de plata y extrajo un cigarrillo. Lo prendió con un encendedor Zippo que llevaba un billar americano grabado en la superficie. Lo había mangado en la sala de billares Cue Club, algún engominado lo había dejado posado en una banda de la mesa.

– ¿Qué os apetece hacer ahora, nenas? -dijo Pete.

Estaban de pie junto al coche, a pleno sol. De la acera subía el calor en oleadas. Billy tenía la bolsa de las cervezas y las barritas dulces bajo el brazo.

– Hay que beberse esto antes de que se ponga caliente -dijo.

– Habló el listo -repuso Alex.

Pete observó cómo fumaba Billy. Él no tenía aquel vicio. Su padre decía que sus amigos procedían de gente sin formación y que por eso tenían vicios absurdos. A Pete esto lo ofendía un poco, y así lo expresaba verbalmente, pero en su fuero interno sabía que su padre tenía razón.

– ¿Preparados para poneros ciegos? -dijo Billy.

Alex se encogió de hombros en un gesto que quería decir: «¿Por qué no?» Aquella tarde de sábado no había nada que hacer, salvo colocarse más de lo que ya se habían colocado.

Billy terminó de fumar y arrojó el cigarrillo al aparcamiento con un ensayado ademán de indiferencia.

– Al tema, Clítoris -le dijo Pete a Billy Cachoris.

Y volvieron a subirse al coche.

Se bebieron seis cervezas más y se fumaron otro porro de colombiana, adquirida aquella mañana, y se volvieron ciegos y temerarios a causa del alcohol que estaban bebiendo con el estómago vacío. En la radio estaba llegando a su fin el tema Tumbling Dice, y Pete había subido el volumen. Los Stones habían tocado el Cuatro de Julio en el estadio RFK, y los chicos habían asistido al concierto. En los asientos delanteros, Billy y Pete hablaban acaloradamente de los acontecimientos de aquel día, entre los que figuraban la hierba de calidad, un barril común para todos de whisky de malta y una chica con una camiseta de tirantes.

– Dios creó las camisetas de tirantes -dijo Billy- para que los ciegos pudieran pillar teta.

– Jenny Maloney -dijo Pete, nombrando a la animadora de su instituto apodada por los chicos «la Raja»- tiene una camiseta de tirantes que es la muerte, tío…

Alex se acordó de la chica de camiseta de tirantes y vaqueros Peanut que bailaba delante de él durante el concierto. Se acordaba de los detalles del día entero. Billy, Pete y él habían acudido al estadio RFK el día 4 por la mañana, con el Oldsmobile de la familia Whitten, y habían estacionado en el aparcamiento principal, donde se oía a los Dead y a los Who sonando a todo volumen por las ventanillas abiertas de coches y furgonetas. Habían llevado bocadillos, preparados por la madre de él, y un tío que iba en silla de ruedas les dio un trozo pequeño de hachís a cambio de un sándwich de jamón y queso. Se lo fumaron, se colocaron de inmediato, y después se sumaron a las multitudes que se dirigían hacia el lugar del evento. Cuando se abrieron las puertas, se produjo el caótico aluvión que se esperaba, causado por la política adoptada para sentar a los espectadores, que provocaba que miles de personas intentaran penetrar en el estadio a la vez. Los guardias de seguridad iban requisando neveras con cervezas y alcohol dentro, y hubo un momento en que Alex se vio aplastado contra una valla metálica hasta que lo rescató Billy, que chilló entusiasmado «¡Jerry Kramer!» al tiempo que bloqueaba con el cuerpo a un tipo gigantesco y lo arrojaba al suelo para liberar a Alex. Alex, Billy y Pete encontraron asientos detrás de la caseta, en la que Alex se había sentado con su padre en varios partidos de béisbol antes de que se fueran los Nats, y se puso a fumar uno de los muchos porros de hierba que habían empaquetado aquella mañana con papeles del supermercado Tops. En primer lugar actuaron Martha Reeves y las Vandellas interpretando Dancing in the Streets, y cuando cantaron la frase de «Baltimore and D.C.», el público explotó. La chica de la camiseta de tirantes bailaba delante de ellos, agitando las caderas, y los chicos se la imaginaron realizando el acto y todos quedaron como en trance. El siguiente en actuar fue Stevie Wonder, efectuando una extraña entrada con Rockin' Robin, un éxito de Michael Jackson de aquel mismo año, y a continuación puso a bailar al público empleando material suyo propio. Durante el tema Signed, Sealed, Delivered I'm Yours salió un tramoyista y rodeó a Stevie, porque éste, sin darse cuenta, estaba cantando en dirección a la parte de los asientos vacía, la que tenía el campo de visión lleno de obstáculos. Tras un período aburrido durante el cual la gente bebió más, se colocó más y se revolvió más, salieron al escenario los Stones, y Mick Jagger, flaco a causa de la cocaína y vestido con un mono blanco y una bufanda de seda roja, gritó: «¡Hola, camperos!», y lanzó al grupo a tocar Brown Sugar. Allí había cuarenta mil personas de pie, avivadas por el alcohol, las anfetaminas, el ácido, la maría y los pocos años. Había un policía que daba vueltas a la porra al unísono de la sección de percusión. El grupo tocó cortes de Exile on Main Street, que había salido hacía poco. El solo de guitarra de Mick Taylor en You Can't Always Get Wbat You Want fue épico. Durante Midnigbt Rambler Jagger brincó, hizo piruetas y azotó el escenario con un cinturón de cuero. Lanzó un brindis al público con una botella de Jack diciendo: «Por vuestra independencia.» Comenzó a fluir gas lacrimógeno procedente de la comisaría de policía ubicada en el exterior del estadio. Los chicos notaron que les escocían los ojos, pero les dio igual. Las chicas que intentaron trepar a lo alto del escenario fueron apartadas o retiradas por el personal de seguridad y se cortaron las manos con los clavos que habían clavado en el borde del entarimado. Cerca del final del concierto, durante un violento Jumping Jack Flash se encendieron las luces del estadio y el humo que flotaba en el aire alcanzó proporciones industriales conforme iba elevándose hacia el cielo nocturno. Alex no recordaba haber sido nunca tan feliz. Nunca había experimentado nada parecido, y dudaba que alguna vez pudiera vivir algo que lo superase.

– La Raja también debió de ir allí con camiseta de tirantes -dijo Billy-. Porque le gusta ponérselo fácil a los tíos.

– No veas -dijo Pete.

Billy y Pete todavía seguían con el tema de Jenny Maloney. A saber cuánto tiempo llevaban hablando de ella. ¿Se habría desmayado?

– Ya sé que metiste los dedos -dijo Billy, tendiendo una trampa a Pete.

– Metí hasta el brazo, tío -dijo Pete-. En las escaleras del hotel Hojo. Sus padres le habían organizado una fiesta al cumplir los dieciséis, y tal. Mientras ellos repartían regalitos a los invitados, Jenny y yo nos lo estábamos montando en el rellano de la escalera, y ella apoyó el pie en un peldaño, me cogió la mano y la guió hasta el sitio en cuestión. No me hizo falta ni vaselina ni nada, te lo juro…

Mientras Pete continuaba hablando, Alex Pappas desconectó. Billy y Pete siempre se sentaban juntos delante y llegaba un momento, cuando estaban de colocón, en que se olvidaban de que él también iba en el coche. Pero no le importaba; las cosas que decían cuando estaban ciegos de hierba ya las había oído muchas veces. Pete con la mano metida hasta el codo en el felpudo de Jenny Maloney en la fiesta de su dieciséis cumpleaños, en la escalera del hotel Hojo de Wheaton, mientras sus padres repartían regalitos a los invitados en el salón que habían contratado… joder, ya se lo sabía de memoria.

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