Por venganza y placer
- Автор: Гордон Люси
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
– ¿Piensas en alguien en concreto?
– ¿Te refieres a Ben? Sí, claro. Pronto comprendí que toda la gente que me presentaba era igual. Tramposos y traidores. ¿Hay algún hombre del que sea posible fiarse?
– ¿Yo no soy de fiar? -preguntó él, curioso.
– No me gustaría hacer negocios contigo. No creo que tuvieras muchos escrúpulos si quisieras algo.
– ¿Pero confías en mí como hombre?
– No te conozco demasiado.
– Yo creía que nos conocíamos bien.
– Sólo en un sentido. Cuando nos abrazamos y hacemos el amor, entonces sí me parece conocerte.
– ¿Y no es ésa la mejor manera?
– No. Es una ilusión. En realidad no sé qué está pasando por tu cabeza.
– Si es por eso -reflexionó Vincente-, nadie sabe nada de los pensamientos de los demás. Hombres y mujeres guardamos secretos. Tú y yo… -titubeó un momento-, ambos sabemos cosas de nosotros mismos que el otro no podría entender, ni perdonar.
– ¿Perdonar? Curiosa elección de palabra.
– La vida sería imposible sin el perdón -dijo él, sombrío-. Y la persona a quien más cuesta perdonar es a uno mismo.
Elise iba a preguntarle qué quería decir con eso, pero cuando lo miró, había cerrado los ojos.
Por la noche se reunió con él en la cama. Dormía, medio destapado y desnudo. Deseó que se hubiera puesto algo. Dormir a su lado así le costaba un esfuerzo. Sólo había una pasado una semana, pero lo parecía una eternidad desde que no había podido abrazarlo sin preocuparse de hacerle daño.
Le molestaba que él no pareciera tener ningún problema para controlarse. Se dijo que tal vez se debiera a que se encontraba mal.
Se acostó y apagó la luz. Pero aun así podía ver su cuerpo. Se dijo que debía ser fuerte y no ceder a la tentación, pero de todas formas bajó la sábana un poco más para verlo… Y lo consiguió. Sin respirar apenas, estiró la mano para acariciarlo con la punta de los dedos y notó la reacción. Debía parar…
– No pares.
Ella gimió y vio que él sonreía.
– ¿Cuánto llevas despierto?
– No lo sé. Desperté de un sueño delicioso en el que hacías lo que llevo deseando durante días. No sé qué era sueño y qué realidad.
– Deja que te ayude -musitó ella.
Empezó a mover la mano, con más intensidad, y sintió cómo crecía y se endurecía. Pensó que en cualquier momento la tumbaría de espaldas, pero él siguió observándola con una sonrisa de satisfacción.
– Veo que me tocará hacer todo el trabajo -rió ella-. Te gustaría ser un magnate de Oriente Medio con un harén satisfaciendo tus necesidades, ¿eh?
– Olvidas que tengo la espalda mal. No debo hacer nada que pueda cansarme.
– ¡Ja!
– Pero admito que me atrae lo del harén -sonrió-. Así que haz tu trabajo y dame placer.
– Tus palabras son órdenes para mí, señor.
Se aplicó a su tarea y vio que él luchaba contra la tentación de tocarla. Iniciaron un juego de seducción y control, buscando ganar la batalla. Él se rindió en parte, estirando las manos hacia sus senos, pero ella se alejó de modo que no alcanzara.
– No es justo -jadeó él.
– De acuerdo, me gusta el juego limpio -dijo ella inclinándose lo bastante para que sus dedos le rozaran los pezones. Casi gritó de placer al sentir el contacto, pero mantuvo el control, a duras penas.
– Estás haciendo trampa -protestó él.
– ¿Por qué?
– Te aprovechas de un hombre herido. Podría hacerme daño si me muevo demasiado.
Ella, arrepentida de haberse dejado llevar, se tumbó a su lado y un momento después se encontró boca arriba y una rodilla abrió sus piernas. Después estuvo dentro de ella, provocándole un intenso placer.
– ¡Tramposo! ¡Embustero! -jadeó.
– Claro. Siempre gano, cueste lo que cueste, y ya deberías saberlo a estas alturas.
Ella gritó cuando volvió a penetrarla. Se aferró a su cuello, por si acaso pretendía escapar.
– ¿Me odias? -musitó él en su oído, risueño.
– Sí, sí… te odio… no pares.
Él incrementó el ritmo y tomó lo que buscaba sin gentileza, consideración o modales. Pero la transportó a un universo nuevo y maravilloso y ella le perdonó todo. Absolutamente todo.
– Tengo que decirte una cosa -murmuró él en su oído un buen rato después-. Si un magnate te tuviera en su harén, despediría a todas las demás.
– Eso esperaría yo -suspiró ella, satisfecha.
Capítulo 7
Cuando sonó el timbre la tarde siguiente, Elise abrió la puerta a la última persona que esperaba ver en el mundo: Mary Connish-Fontain. Desde el día del funeral de Ben, Elise no había vuelto a pensar en ella.
– ¿No vas a invitarme a entrar? -exigió Mary, mientras Elise la miraba, atónita. Le cedió el paso y Mary miró a su alrededor.
– Bonito. Muy bonito. Y dijiste que no tenías dinero. Ah, ¿tú también estás aquí? -dijo al ver a Vincente tumbado en el sofá.
– ¿Qué quieres?
– Ya lo sabes. La parte que me corresponde.
– ¿No ibas a hacer una prueba de paternidad? ¿Cuál es el resultado?
– Pruebas… ¿qué demuestran? -rió Mary.
– Todo, si son positivas -comentó Vincente-. La tuya no lo habría sido, por eso no lo hiciste.
– ¡Prueba! ¡Prueba! ¿A quién le importa eso? Ben siempre dijo que se ocuparía de mí. Sólo vengo a recibir justicia -su voz se volvió gazmoña-. Ambas hemos sufrido por culpa de Ben. Ambas somos mujeres, deberíamos encontrar la forma de ayudarnos.
A Elise empezaba a írsele la cabeza. La conversación estaba adquiriendo tonos surrealistas.
– ¿Ayudarnos? ¿Nos imaginas siendo amigas?
– No todas hemos tenido tu suerte -exclamó Mary-. Has seguido el dinero hasta el fin, y has acabado aquí. ¿Pero y yo? Ben prometió casarse conmigo.
– Eso habría sido difícil -observó Vincente.
– Es fácil ver de qué lado estás tú -le escupió Mary-. No le costó mucho atraparte, ¿verdad? Así es con los hombres.
– Desde luego, así fue conmigo -corroboró Vincente; hizo un guiño travieso a Elise y ella estuvo a punto de soltar una carcajada-. Creo que deberías irte -añadió-. Y no vuelvas a molestar a esta dama.
– Tengo mis derechos -gritó Mary-. Debería haberse divorciado de él.
– Lo habría hecho con placer si él lo hubiera permitido -le dijo Elise-. Ben te falló como a mucha otra gente. Nada de lo que digas puede afectarme.
– ¿Y si lo publicara una revista? Tengo ofertas…
– Pues acéptalas. Gana dinero y di lo que quieras. ¡A mí me da igual!
– Te importará cuando cuente lo que solía decir de ti: que eras una fría pécora y que harías daño a cualquiera para conseguir lo que querías.
– Tenía razón -afirmó Elise-. Soy una fría pécora, y por eso no me convencerás. Más vale que te vayas.
– Ben me contó más de lo que crees; todo lo del joven italiano al que supuestamente amabas y a quien abandonaste en cuanto oliste el dinero de Ben. Él te gritó que no lo traicionaras cuando estabas en la ventana y te reíste. Lo usaste para dar celos a Ben y no te importaba lo que le ocurriese… -calló al ver el destello de ira en los ojos de Elise.
– Sal de aquí -dijo ella-. Sal, ahora.
Mary salió corriendo. Elise se abrazó a sí misma. Vincente intentó tocarla y lo rechazó.
– Estás temblando -dijo él-. Háblame.
Ella negó con la cabeza. Quería hablarle de Angelo, pero no podía. Era un tema sagrado que no podía compartir con el hombre a quien había entregado el corazón que había sido de su amor de juventud.
– No es nada… nada.
– Tiene que ser grave para afectarte así. ¿Quién era ese joven que ha mencionado?
– No puedo…
– Ojalá confiaras en mí -musitó él, sombrío.
Ella anheló hacerlo. Él la besó con suavidad.