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Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:

Se acostaría con ella… por venganza y por placer…
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
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– No -jadeó-. ¡No! -saltó de la cama y corrió hacia la puerta, pero oyó como la puerta de entrada se cerraba y los pasos de él alejándose.

Estuvo a punto de correr tras él y hacerlo volver a la fuerza pero, por suerte, algo la detuvo. Eso sería entregarle la victoria final en bandeja.

Volvió al dormitorio. Su cuerpo seguía palpitando de pasión, pero su corazón estaba poseído por el odio. Hizo lo primero que le pensó: lanzó un jarrón contra la pared. Después fue al cuarto de baño y se dio una ducha fría, que calmó su cuerpo, no su ira.

Vincente no llamó al día siguiente y su ira creció. Un día después, llamaron a la puerta. Era un chico con un enorme ramo de rosas rojas.

– ¿Señora Carlton?

Ella firmó, cerró la puerta y buscó la nota.

Tengo que ir a visitar unas fábricas. Te llamaré cuando regrese. Vincente.

– Al diablo con él -masculló. Le enviaba dos mensajes, uno con las flores y otro en la árida nota. Sabía cuál era el verdadero. Tiró las flores a la basura.

Se alegró de haber vuelto a la escuela de moda. Eso ocupaba su mente; iba a menudo, se llevaba trabajo a casa y lo hacía por la noche.

– Será maravilloso tenerla aquí de nuevo -le dijo el director cuando se matriculó-. Espero que esta vez acabe la carrera.

– Nada me detendrá -«ni nadie», pensó.

Cada dos días recibía un ramo de rosas rojas, pero no hubo más notas.

– Sé lo que estás haciendo -dijo en voz alta-. Ésta es tu forma de mantenerme enganchada. Crees que estoy confusa y preocupada. Que te echo de menos y anhelo lanzarme a tus brazos. ¡Te equivocas!

Todos los días tiraba las rosas a la basura, pero según pasaron los días decidió quedarse con una.

Pasaba horas visitando las mejores boutiques de Roma. Antes había ido de compras, pero volvía como una estudiante, preparándose para el principio de curso.

Cuando no visitaba tiendas dibujaba ropa, retinando su técnica y probando ideas. Estaba absorta cuando una tarde sonó el teléfono. Supuso que sería Vincente, pero era un voz femenina y cortés.

– Soy la signora Farnese, madre de Vincente -dijo-. He oído hablar mucho de ti y estoy deseando conocerte. ¿Me concederías el placer de tu compañía para cenar? Vincente sigue de viaje, estaremos solas.

– Gracias, me agradaría.

– Mi coche te recogerá a las siete.

Elise se vistió cuidadosamente. Eligió un vestido de seda marfil bordada, con chaqueta a juego, y se hizo un peinado elegante y algo severo.

La limusina la llevó hacia la campiña que había al sur de la ciudad. Había caído el sol y las luces empezaban a encenderse. Cuando el Palazzo Marini apareció ante sus ojos, estaba iluminado y resultaba espectacular, mucho más que en las fotos de Internet.

La madre de Vincente era una mujer pequeña, de ojos brillantes, modales suaves y que se parecía mucho él. Se rió al ver la expresión de Elise.

– Sí, mi hijo se parece a mí, ¿verdad?

– Signora -dijo Elise-, ¿cómo ha sabido quién era y dónde encontrarme?

– Tengo amigos por toda Roma -sonrió la mujer-. Algunos asistieron a la junta de accionistas. Otros… -se encogió de hombros.

– Otros estaban en todas partes -acabó Elise.

– Y son muy cotillas. Nunca había visto a mi hijo tan… entregado. Por eso decidí que debía conocerte.

Enseñó el Palazzo a Elise rápidamente.

– Ahí está mi apartamento. Subamos y pongámonos cómodas -señaló una escalera de mármol.

Las habitaciones eran pequeñas e íntimas.

– Aquí estoy mejor -dijo la signora con una sonrisa-. Me pierdo en ese enorme edificio. No nací rodeada de grandeza y no me acostumbro a ella.

La mesa para cenar estaba puesta en un balcón con vistas a los jardines, y Roma en la distancia.

La anfitriona tenía unos setenta años y parecía frágil, pero era encantadora. Le ofreció una cena deliciosa. Pareció congeniar con Elise de inmediato.

– Pensé que nunca tendría un hijo -le confió-. Los dos primeros nacieron muertos y cuando Vincente nació fue una bendición.

– ¿No tuvo más después de él? -preguntó Elise.

– No, pero tenía un sobrino, el hijo de mi hermana, que vino a vivir conmigo cuando ella falleció. Era…

En ese momento llegó la sirvienta con el postre y la signora cambió de tema. Le preguntó a Elise por su vida y ella le dio una versión resumida, y una aún más resumida de cómo había conocido a Vincente.

– Supongo que resulto muy obvia -dijo la signora-, pero anhelo tener nietos y estoy envejeciendo.

– No creo que podamos hablar de nietos -se apresuró a decir Elise-. Vincente y yo sólo estamos…

– Claro, claro. No pretendía… hablemos de otra cosa -dijo ella. Elise aceptó, aliviada.

Aunque se decía que lo odiaba por cómo la había tratado, lo echaba mucho de menos y pasaba del odio a la tristeza. Sabía que si aparecía le perdonaría todo.

Su madre había planteado la posibilidad del matrimonio, e hijos. No podía negar que anhelaba eso. Pero debía ser su secreto. Ellos aún estaban batallando. Él tenía las riendas de momento, pero aún podía luchar con él. Seguramente sería así toda su vida.

Se preguntó si eso era amor. Era violento y peligroso, muy distinto de lo que había compartido con Angelo. Pero podría ser amor.

– Disculpe -dijo. Su anfitriona le había dicho algo y, ensimismada, no lo entendió-. ¿Qué ha dicho?

– Empieza a hacer fresco. Entremos.

Una vez dentro, fue a la cocina a pedir más café y Elise paseó por la habitación, mirando los libros y los bonitos muebles.

De repente vio algo que le paralizó el corazón. Se acercó a la pared, incapaz de creer lo que veían sus ojos.

Era una acuarela de la Fontana de Trevi, con un joven sentado al lado. Tenía la mano en el agua y sonreía. Era Angelo.

Capítulo 8

Era el cuadro que ella había pintado ocho años y muchas vidas antes. Se lo había regalado y se había preguntado qué habría sido de él. Ya lo sabía.

– Ése era mi sobrino -dijo la signora Farnese, a su espalda-. Él que mencioné antes.

– ¿Su… sobrino? -consiguió decir Elise. Un escalofrío se apoderó de ella, percibía que iba a enterarse de algo aterrador.

– Se llamaba Angelo -dijo la signora con tristeza-. Lo crié y amé como si fuera hijo mío.

Elise sintió que se convertía en hielo. Angelo, el joven al que había amado con desesperación y llorado durante años, había sido parte de esa casa y esa familia. Una vocecita en su cabeza le advirtió que no podía tratarse de una coincidencia.

– ¿Qué le ocurrió? -consiguió preguntar.

– Fue víctima de una mujer cruel -dijo la signora Farnese con amargura-. Ella lo mató -al oír el gemido de Elise, siguió hablando-. Fue como si lo matara. Se quitó la vida porque no pudo soportar lo que ella le había hecho.

– ¿Él… se suicidó? -susurró Elise. Había sabido que Angelo había muerto, pero no así-. ¿Qué le hizo esa mujer? -preguntó con un hilo de voz.

– Aceptó su amor y le hizo creer que lo amaba, pero después lo abandonó por otro hombre, un hombre con más dinero… o eso creyó ella.

– No… no entiendo.

– Angelo quería ser independiente, así que alquiló un pequeño piso en el Trastevere y vivía como un estudiante. Me pregunto si ella lo habría abandonado de saber que pertenecía a una familia adinerada.

– Quizás ella no lo hiciera por dinero -protestó Elise-. Tal vez hubo otra razón.

– Nunca vi al otro hombre, pero la gente decía que era un gordo y de mediana edad -rezongó la signora-. Elegir eso en vez de a Angelo sólo es comprensible por cuestión de dinero.

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