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Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:

Se acostaría con ella… por venganza y por placer…
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
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– ¿Es tan terrible para no poder hablar de ello?

– Nunca podré hablar de ello -afirmó ella.

– ¿Ni siquiera conmigo? ¿Es que entre nosotros no hay más que lo que hacemos en la cama?

– No me regañes. Hay cosas que no puedo contarle a nadie -al ver la tristeza de su mirada, le dolió el corazón-. Nunca he hablado de ellas -se justificó.

– ¿Lo amabas mucho? -insistió él-. ¿Debería estar celoso?

– Fue hace mucho tiempo. Yo era otra persona. A los dieciocho se quiere de otra manera, con todo el ser. Aún no se sabe de la cautela.

– Y nunca volverás a amar así. ¿Eso es lo que me estás diciendo?

– Supongo. Amaba a Angelo más que a mi vida, y él me amaba a mí. Queríamos estar juntos para siempre, pero tuve que abandonarlo por Ben. Sólo pasamos tres meses juntos. Desde entonces he oído su voz en mi cabeza, suplicándome que no lo dejara.

– ¿Qué le ocurrió?

– Murió. No sé cómo, pero cuando telefoneé una mujer contestó y gritó que había muerto. No pude averiguar más.

– ¿Por qué no querías volver a Roma entonces?

– No podía enfrentarme a él -contestó.

– ¿Enfrentarte? Pero está muerto.

– No para mí. A veces es como si no hubiera muerto y me estuviera esperando en algún sitio. Supongo que en parte se debe a que no conozco los detalles. Es como si su muerte no fuera real.

– ¿Intentabas mantenerlo vivo?

– Puede. Pero cuando fui a la casa donde había vivido con él en el Trastevere y vi que ya no existía, una mujer me dijo que ese pasado había desaparecido para siempre y supe que era verdad. Fui a comprobar los certificados de defunción de esa época, pero no había ninguno con el nombre de Angelo Caroni, y no lo entiendo. ¿Vincente?

A él le había ocurrido algo extraño. Seguía abrazándola pero parecía haberse convertido en piedra.

– Puede que no buscaras en el lugar correcto -dijo él, como si regresara de un sueño.

– Tal vez no existe el sitio correcto -sonrió débilmente-. Tal vez no exista un hombre como el Angelo que yo recuerdo.

– Entonces deberías dejarlo marchar.

– Lo intento, pero es como si estuviera esperando que sucediera algo. No se qué, pero lo sabré cuando ocurra -lo besó-. Gracias por escucharme. Debería habértelo contado antes.

– Es tarde. Deberíamos irnos a la cama.

Una vez allí, la abrazó y dio un beso suave, pero no intentó hacerle el amor. Elise se preguntó si la historia le habría puesto celoso.

Él se alegraba de que no pudiera ver su rostro en ese momento. Elise le había contado el secreto que la atormentaba, pero su propio secreto empezaba a ser demasiado penoso.

Al día siguiente Vincente regresó a su casa. Tras pasar media hora sintiéndose sola, Elise salió a la calle y volvió varias horas después con los brazos llenos de carpetas. Vincente había dejado el mensaje de que la recogería a las ocho, si no le parecía mal.

– Pensé que estarías vestida y lista para salir -dijo, sorprendido, cuando llegó al piso.

– Perdona. Empecé a leer y se me pasó el tiempo.

– Estarías leyendo algo fascinante.

– Sí. Mira -le enseñó las carpetas-. Son de donde estudiaba moda cuando estuve aquí. Voy a volver.

– ¿Quieres decir a estudiar?

– Sí. El trimestre acaba la semana que viene, pero me permitirán asistir a las clases para ver si encajo. Me matricularé oficialmente el próximo curso.

Vincente echó un vistazo a los papeles mientras ella se vestía. No comentó nada hasta que estuvieron en el restaurante, a una calle de allí.

– No necesitas estudiar ahora -dijo él.

– Quiero hacerlo. Necesito estar ocupada. Voy a ir a la agencia inmobiliaria e insistir en que se esfuercen en vender el piso para buscar algo más pequeño. Entonces tendré una vida propia.

– ¿Tendrás tiempo para mí? -preguntó, sarcástico.

– Haré tiempo -bromeó ella-. Si eres bueno.

– ¿Bueno? Anda, come y calla, malvada.

Regresaron paseando y él se detuvo en el portal.

– Supongo que ahora me toca ser bueno, darte un beso de despedida e irme a casa.

– Si haces eso, estás muerto.

Subieron juntos, riendo. Hicieron el amor pero ella tuvo la impresión de que él estaba inquieto.

– ¿Por qué me miras así? -preguntó.

– Me pregunto en qué piensas. Si en mí o en tu nueva carrera.

– Se diría que estás celoso.

– Digamos que soy posesivo. Te quiero para mí. No intentes alejarme de tu vida.

– ¿Crees que voy a hacerlo?

– Podrías hacer la tontería de intentarlo. Y yo no lo permitiría.

– Supongamos que quisiera dejarte. Sería mi decisión -aventuró ella.

– No, cara. Cuándo y dónde acabemos es algo que decidiré yo. No lo olvides nunca -aunque su voz sonó suave, tenía un tinte de amenaza.

– ¿Estás diciendo que me forzarías?

– Más bien que haría que cambiaras de opinión.

– Dios mío, estás demasiado seguro de ti mismo -soltó ella-. ¿Y si un día las cosas no van como tú quieres?

Vincente no contestó con palabras. Dio la vuelta a su mano y posó los labios en la palma. Ella intentó soltarse, pero no pudo. Su aliento era puro fuego. Aunque su cuerpo respondió, comprendió que la situación tenía algo de alarmante. No era amor, ni deseo, sino una demostración de poder. Quería que supiera que era su prisionera, que dominaba su voluntad porque hacía que su cuerpo no obedeciera a su mente. Si podía hacer eso, era su dueño.

Diciéndose que debía escapar. Bajó de la cama y estiró la mano hacia la bata. Pero él agarró su muñeca y tiró la bata a un rincón.

– Suéltame -ordenó ella.

– Quiero hablar -dijo él-. Hay cosas que tenemos que dejar claras entre nosotros.

– He dicho que me sueltes.

Él la ignoró y tiró de ella, acercándola. Luego rodeó su cintura con el otro brazo e hizo que se sentara.

– No luches contra mí, Elise -murmuró-. Nunca. No podrías ganar. No lo permitiría.

– Eso no está en tus manos -rechinó ella.

– No te engañes. Cuanto ocurre depende de mí.

– No eres mi dueño -escupió ella- No puedes controlarme. Suéltame ahora mismo.

La tumbó en la cama. Apenas presionó, pero ella no pudo liberarse. Era puro acero. Elise pensó que era así en todo, determinado y calculador, ya fuera absorbiendo una empresa, silenciando a un enemigo o subyugando a una mujer.

Él bajó la mano desde su hombro hacia sus senos, siempre listos para él. Aunque lo negara, ella anhelaba sus caricias. La enfureció estar desnuda y no poder ocultar que jadeaba con deseo renovado.

Hacía sólo unos minutos se había sentido saciada, pero con sólo una mirada y una caricia, volvía a desearlo, a tensarse de frustración y a anhelar sentirlo en su interior. Y el maldito lo sabía, y muy bien.

Él bajó la cabeza y acarició su piel con los labios. Cuando sintió la caricia de su lengua gimió, a su pesar, y se arqueó. Él le dio la vuelta y empezó a acariciar su espalda con manos y boca, provocando un excitante y maravilloso cosquilleo. Descubrió un punto en su nuca que le hizo estremecerse de placer. Un buen rato después, la puso boca arriba y la contempló. Elise pensó que le daba igual que venciera él. Si la reclamaba, se entregaría.

Deseó gritar «Ahora, ya». Consiguió contenerse, pero su voluntad ya había cedido. Lo quería sobre ella, en su interior, llevándola al paraíso.

Él también estaba excitado, veía su erección. La satisfizo saber que, igual que ella, él había llegado a un punto en el que ya no existía el control. Abrió las piernas, esperando el momento de la penetración que los convertiría en iguales.

Pero él inclinó la cabeza y le dio un beso suave en los labios. Casto, casi reverente.

– Buenas noches. Que duermas bien -bajó de la cama, agarró su ropa y salió de la habitación.

Ella se quedó paralizada. Después de excitarla al máximo, se marchaba sin mirar atrás, dejándola insatisfecha y desesperada para demostrar su poder sobre ella.

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