Por venganza y placer
- Автор: Гордон Люси
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
Vincente conducía él coche cuando fue a recogerla. La había avisado de que esperara abajo.
– Perfecto -dijo al verla-. Casi no he tenido que parar. El policía de tráfico se habría enfadado.
– ¿Contigo? ¡Tonterías! No se habría atrevido.
Él no contestó, pero ella vio que sonreía.
– Me extraña que hayas encontrado el tiempo -comentó mientras salían a la campiña-. ¿No se suponía que ibas a vivir en la oficina?
– Sería mala política. El enemigo pensaría que estoy preocupado.
– Ya -asintió ella-. Seguro que hay un fotógrafo esperando en los establos, para captar tu indiferencia.
– Eso no se me había ocurrido, vaya.
– Creía que te enorgullecías de pensar en todo.
– Ahí me has pillado -dijo él-. Espero que sepas que no te sometería a un fotógrafo sin avisarte antes. Aunque no lo creas, tengo ciertos modales.
– Tienes razón. No lo creo -bromeó ella.
– No soy tan malo -soltó una carcajada-. Cambiaras de opinión al ver la yegua que he elegido para ti.
Minutos después tomaron un camino que conducía a unos establos. Un mozo sacó a una elegante yegua moteada y la presentó como Dorabella.
– Pero la llamamos Dora -apuntó-. Lo prefiere. Es muy amigable. El señor Farnese dijo que sería perfecta para usted.
Y lo era. Vincente montaría un magnífico semental llamado Garibaldi, con ojos de fuego y paso impaciente. Salieron a la vez, pero Elise pronto notó que Vincente y su caballo deseaban galopar.
– ¿Por qué no lo cansas un poco? -sugirió-. Yo os seguiré más despacio.
Partieron rápidos como el viento, y ella condujo a Dora a un repecho para observarlo. Garibaldi saltaba y galopaba con vigor equiparable al de su jinete. Los perdió de vista, pero volvió a verlos diez minutos después, a lo lejos, galopando sin descanso.
– Me alegro de haber evitado eso -le dijo a Dora, acariciando su cuello-. ¿Por qué no…? ¡Oh, no!
Garibaldi había saltado un tronco de árbol, tropezado y lanzando a Vincente al suelo, antes de caer él. Por un momento creyó que el animal caería sobre Vincente, aplastándolo. Pero él consiguió apartarse de la trayectoria del animal.
Elise galopó hacia él. Estaba tumbado boca abajo, inmóvil. Saltó de la yegua y se arrodilló a su lado.
– ¡Vincente! -gritó con frenesí.
Él emitió un gemido pero después, para alivio de ella, empezó a maldecir e intentó levantarse. Pero tuvo que rendirse; se dejó caer de espaldas.
– Estás malherido -dijo ella, preocupada-. Llamaré a una ambulancia.
– Nada de ambulancia. No quiero que nadie me vea así. ¿Dónde están los caballos?
– Allí -señaló ella. Garibaldi no había sufrido daño alguno y mordisqueaba la hierba, junto a Dora.
– Llévalos de vuelta a los establos -jadeó Vincente-, y trae el coche aquí -apenas podía moverse pero alzó una mano y la agarró antes de que se levantara-. Nada de ambulancia -repitió-. Prométeme que no se lo dirás a nadie.
– Tengo que decirle que el caballo se ha caído. Podría necesitar tratamiento.
– Él, no yo. Promételo.
– Lo prometo… de momento.
Elise corrió hacia los caballos, montó a Dora y agarró las riendas de Garibaldi. En el establo, entregó los animales, dio una breve explicación y pocos minutos después conducía el coche de vuelta. Tenía miedo de que él hubiera perdido el conocimiento.
Lo encontró sentado en una roca, a la que debía haberse arrastrado con gran dolor. Se agarraba el costado y jadeaba, pero consiguió sonreír al verla.
– ¿Qué les has dicho? -preguntó.
– Eso da igual ahora. Agárrate a mi cuello y apóyate, sólo son un par de pasos -lo ayudó a llegar al coche y a tumbarse en el asiento trasero.
– ¿Qué les has dicho? -repitió él.
– Lo suficiente para que echaran un vistazo a Garibaldi. Dije que tú sólo tenías un par de cardenales.
– ¿Estás segura? -insistió él con suspicacia.
– Claro que estoy segura -gritó ella, airada-. Me preguntaron por qué no habías vuelto y les dije que eras un malhumorado antipático que no soportaba que nadie lo viera tras hacer el ridículo. Lo aceptaron sin dudarlo un segundo.
– Bien -gruñó él.
– Pronto estarás en casa.
– En la mía no. Vamos a la tuya. No quiero que me vea ningún conocido. Si esto se sabe, los chacales cerrarán filas para rodearme.
– De acuerdo.
Vincente no volvió a hablar hasta que llegaron a casa y se obligó a cojear hasta el ascensor, apoyándose sólo en la mano de ella. Temblaba y tenía la frente cubierta de sudor. Por suerte nadie los vio. Entraron al piso y él se dejó caer en el sofá.
– Necesitas un médico.
– Ya te he dicho que no.
– ¿A qué viene este ridículo secretismo?
– No es ridículo, sino esencial. La junta de accionistas es muy importante. Será una batalla que debo ganar. No puedo mostrar ninguna debilidad.
– ¡Eso es una estupidez! Escúchame, Vincente, no pienso discutir. Necesitas un médico y llamaré a uno o a una ambulancia. Tú eliges.
– Estás habiendo una montaña de un grano de arena.
– Lo creeré cuando me lo diga un médico. Dime el teléfono del tuyo.
– Elise…
– Eso o una ambulancia, tienes diez segundos: nueve, ocho…
– ¡De acuerdo! Llamaré yo mismo -gritó-, o harás que parezca que estoy moribundo.
– Diré lo que quiera cuando llegue.
– Cañe dei to morti! -rugió él.
– Lo que tú digas -dijo ella, reconociendo la maldición. Era una de las favoritas de Angelo, un comentario muy grosero sobre los antepasados y dónde debían estar enterrados-. Ahora llama.
Él obedeció con gesto colérico.
– Vendrá enseguida -gruñó tras colgar.
– Te ayudaré a desvestirte y acostarte.
– Gracias -dijo él con voz más tranquila.
– ¿Por qué has dejado de ladrarme?
– Porque no tenía ningún efecto -admitió él.
– Has hecho bien. Agárrate a mí, te ayudaré a levantarte.
Vincente dejó que lo llevara al dormitorio, le quitase todo menos los calzoncillos y lo acostara.
– Siento haberte gritado. A veces soy un poco…
– Ya lo sé. Más que un poco. Quédate quieto.
El médico llegó diez minutos después. Vincente y él eran viejos amigos. Lo reconoció y luego rezongó.
– Has tenido suerte -dijo-. Un tobillo torcido y un par de músculos dislocados en la espalda que dolerán mucho, pero no es grave. Un par de días en la cama ayudarán. Enviaré a una enfermera.
– No -refutó Vincente-. No quiero desconocidos.
– Yo me ocuparé -dijo Elise.
– Gracias -dijo el médico-. Básicamente tendrá que hacer de criada para todo -miró a Vincente con sorna-. Si es capaz de soportarlo, signora.
– Puede que sea él quien lo pase mal conmigo -contestó ella, irónica. Vincente la miró con admiración.
Capítulo 6
– Tenías razón -dijo Vincente cuando el médico se fue.
– Ha dicho que no es grave -le recordó Elise.
– Es peor de lo que quería admitir. Debería haberte escuchado -agarró su mano-. Gracias por cuidar de mí. Supongo que debería pedir disculpas por imponerte mi presencia; no se me ocurrió pedírtelo antes.
– ¿Por qué será que eso no me sorprende?
– ¿Estoy siendo un pesado insoportable?
– No más de lo habitual. Por suerte, tengo sentido del humor.
Él consiguió esbozar una sonrisa dolorida.
– Debo llamar a mi secretaria. Necesito que me traiga unos informes mañana a primera hora.
– ¿No pensarás trabajar?
– Un día libre es cuanto puedo permitirme.
– Pero estás enfermo.
– Oficialmente no.
– Al cuerno con lo oficial. No puedes moverte.
– El médico ha dejado analgésicos fuertes. He tomado dos y pronto harán efecto -insistió él.