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Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:

Se acostaría con ella… por venganza y por placer…
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
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– Si no controlara mi mal genio, necesitarías calmantes aún más fuertes.

– Eres una auténtica tirana -sonrió él.

– No lo dudes.

Vincente hizo la llamada y dio una serie de órdenes a su secretaria. Elise fue a hacerle una comida ligera y, cuando regresó, vio su expresión de dolor.

– ¿Te duele mucho?

– No. Lo peor es sentirme como un idiota.

– Bueno. Come un poco.

– Voy a necesitar ayuda para incorporarme.

Ella adivinó que lo irritaba pedir ayuda, pero cuando fue hacia la cama, él se agarró a su cuello y la utilizó para apoyarse.

– Gracias -farfulló.

– Eh, que no es el fin del mundo -se mofó ella-. He tenido que ayudarte, ¿y qué?

– Estás siendo muy razonable, lo sé -gruñó él.

– Es una pena que haya sido la espalda. No es algo peligroso, pero duele una barbaridad. ¿Te había ocurrido antes alguna vez?

– ¿Por qué lo preguntas?

– Mi padre sufría de la espalda. Pasaba unos meses bien y luego cualquier tontería reavivaba el dolor y era una auténtica agonía. Puede pasarle a cualquiera.

– Si te refieres a mí… ¡De eso nada!

– ¿Quieres decir que nunca ha ocurrido antes?

– Una o dos veces, sí, pero… -suspiró-. Supongo que soy igual que tu padre.

– En muchos sentidos -dijo ella, divertida-. Odiaba que alguien supiera la verdad. Le parecía señal de debilidad, lo que era una tontería por su parte.

– No es una tontería cuando uno está rodeado de tiburones -replicó él rápidamente.

– Me pregunto cuántos enemigos tienes.

– Suficientes como para no querer que sepan que sufro de la espalda. ¿Tenía muchos tu padre?

– No, no era un magnate. Era un hombre dulce, que me crió tras la muerte de mi madre. Fui una niña enfermiza y él tenía que tomarse días en el trabajo para cuidarme, así que perdió muchos empleos -una sonrisa iluminó su rostro-. Deseaba tanto…

Elise calló cuando sonó el móvil de Vincente. Él contestó y ella salió de la habitación.

Regresó un rato después a recoger la bandeja y lo encontró dormido.

A la hora de acostarse, buscó un camisón recatado. No lo encontró, así que tuvo que ponerse uno descocado. La cama era lo bastante grande para no rozarse con él y podría cuidarlo si necesitaba algo.

Él se despertó de madrugada y lo ayudó a ir al baño, rehizo la cama, lo ayudó a volver y le dio otro calmante.

– Gracias -gruñó él.

– No me lo agradeces -apuntó ella, risueña-. Me odias porque has tenido que apoyarte en mí. ¿Quieres que me vaya?

– Quédate -dijo él, agarrando su mano.

– Duérmete -contestó ella, tapándolo.

Por la mañana volvió a ayudarlo y le hizo el desayuno. Luego discutieron porque él se negó a tomar más calmantes.

– Me dan sueño -protestó-. Mi secretaria vendrá está mañana y necesito estar bien despierto.

La secretaria resultó ser una mujer corpulenta, que llegó cargada con archivos y un ordenador portátil. Trabajaron un par de horas y ella se marchó, cargada de instrucciones. Vincente trabajó en el portátil y al teléfono casi todo el día.

Pero por fin incluso él tuvo que admitir que necesitaba tomar un calmante, rezongando sobre algo que le quedaba por hacer.

– Olvídalo -ordenó ella-. Duérmete.

– ¿Te quedarás aquí?

– Intenta librarte de mí.

Él gruñó y ella se acostó, sonriente. Se despertó de madrugada, comprobó que seguía dormido y fue a sentarse junto a la ventana, a observar el amanecer.

– Buon giorno! -exclamó él, sonriéndole desde la cama. Ella fue a sentarse a su lado.

– ¿Necesitas algo? ¿Qué tal el dolor?

– Mejor, siempre que no me mueva. No necesito un calmante. Prefiero que hables conmigo.

– De acuerdo, hablemos de tu gran reunión y de cómo vas a vencerlos a todos.

– No, por una vez callaré y escucharé. Sigue hablándome de tu padre. Estabas diciendo que deseaba algo cuando sonó el teléfono. ¿Qué quería?

– Ah, sí, quería ganar mucho dinero y darme caprichos, pero nunca lo consiguió. Pero eso no me importaba, era un padre maravilloso.

– Háblame de él.

– Lo que más recuerdo es que siempre estaba a mi lado, dispuesto a jugar y a reírse de chistes tontos.

Él la observaba, fascinado por su sonrisa. Expresaba cariño e indulgencia y el recuerdo de una infancia feliz. Vincente pensó en su propia infancia y en el padre al que rara vez había visto.

Elise siguió hablando, contándole incidentes y aventuras. Se sentía completamente feliz.

– Lo querías mucho, ¿no? -preguntó Vincente, recordando su visita a la tumba el día que dejaron Londres.

– Sí. Ojalá estuviera aquí ahora, pero murió hace unos meses. Si al menos…

– Si tan sólo, ¿qué? -la animó él.

– Da igual.

– Dímelo -urgió él. Algo le decía que se trataba de algo importante, de una revelación.

– Vine a Roma a estudiar diseño de moda y, tonta de mí, no le pregunté a papá cómo había reunido el dinero para enviarme aquí. Me dijo que tenía una póliza de seguros destinada a mis estudios universitarios. Lo creí porque me convenía.

Movió la cabeza con tristeza y suspiró.

– Pero había pedido un préstamo a un interés muy alto, y no pudo pagar las cuotas. Entonces, trabajaba en el negocio de Ben y utilizó dinero de la empresa, creyendo que no lo descubrirían. Ben se enteró.

– ¿Y qué hizo Ben? -preguntó él con urgencia.

– Vino a Roma a decirme lo que había hecho mi padre y que iba a entregarlo a la policía. Tenía que impedirlo, y sólo había una manera.

– ¿Estás diciendo…?

– Ben me quería a mí. Yo era su precio. Sabía que yo… Que yo no lo amaba, pero eso le dio igual.

Elise había estado a punto de decir que amaba a Angelo, pero algo la detuvo. No podía hablarle de su joven amante a Vincente.

– ¿Te casaste con Ben para salvar a tu padre?

– Era la única solución. No podía permitir que lo enviara a la cárcel, se había metido en ese lío por mí.

– ¿Y por eso te casaste con ese hombre?

– Ninguna otra cosa me habría llevado a hacerlo. Todo el mundo creyó que era afortunada: una chica pobre que había atrapado a un rico. Pero lo hice por necesidad. Y lo realmente cruel fue que mi padre murió dos meses antes que Ben. Todo podría haber sido muy distinto. Si hubiera vivido algo más, ambos habríamos sido libres.

– Estás llorando -murmuró él.

– No, en realidad no.

– Sí que lo estás. Ven aquí.

Vincente la atrajo hacia él y ella descubrió que si lloraba: por sí misma, por su padre y sus sueños arruinados. La asombró que ocurriera en brazos de ese hombre tan duro. Intentó controlarse, para no concederle una victoria en su batalla, pero percibió una insólita ternura en él.

– Lo siento -dijo-. No suelo desmoronarme así.

– Tal vez deberías. Te ayudaría a largo plazo.

– Me las apaño muy bien. Nunca permití que Ben me viera llorar.

– No, él habría disfrutado demasiado -dijo Vincente con voz seca.

– ¿Cómo lo sabes?

– Lo sabría cualquiera que lo hubiera conocido.

Ella soltó una risita.

– ¿Qué pasa? -preguntó él.

– Nunca te habría imaginado como paño de lágrimas.

– Tengo muchos talentos ocultos.

– Apuesto a que ese lo mantienes bien escondido.

Él sonrió antes de reflexionar. Aparte de su madre, Elise era la única persona que había visto ese lado suyo. Se sentía como un león dispuesto a protegerla.

Le resultaba insoportable verla infeliz. Se había casado con Ben a la fuerza. No buscando dinero sin pensar en a quién haría daño. Lo había hecho por amor a su padre. Vincente se recostó, apretándola contra su pecho. Su corazón se había librado de un peso enorme y experimentaba un júbilo que no se atrevía a analizar. Era demasiado desconocido, demasiado complejo.

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