Por venganza y placer
- Автор: Гордон Люси
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
– ¿A través de mí?
– Sí.
– ¿Cómo? ¿Haciendo que le traicionara contigo?
Vincente no contestó. Los ojos de ella destellaron y le dio una bofetada. Él no se apartó a tiempo. Le dejó una marca en la cara, pero él no se la tocó.
– Es eso, ¿no? Lo habrías humillado. ¿Y si yo no hubiera seguido tu juego? ¿Tan seguro estabas de que caería rendida a tus pies?
– No soy tan malvado -dijo él.
– Yo creo que sí. Estabas seguro de mí. Creías que no podías fracasar porque yo no era más que una buscona que seguiría a cualquier hombre por dinero. ¡Admítelo, maldito seas!
– No cómo tú lo planteas. Sí, pensé que tenía oportunidades, pero haces que suene peor de lo que fue.
– ¿Cuánto peor podría ser? No tienes ni idea de cómo le suena a una persona decente, aunque tú opines que yo no lo soy. Me consideras una cazafortunas y casi una asesina, ¿verdad?
– Ahora no… -dijo él.
– Pero entonces sí. ¿Eso pensabas de mí?
– Antes de conocerte. Sólo sabía que Angelo te amaba y que le rompiste el corazón.
– No tuve otra opción que abandonarlo.
– Eso lo sé ahora; entonces no lo sabía.
– Claro, es más conveniente no saber demasiado. La venganza es más fácil cuando es ciega. Sin saber lo que había ocurrido, me juzgaste y planeaste humillarme, y también a Ben.
Elise esperó a ver qué contestaba, pero él se limitó a mirarla con ojos vacíos.
– Y cuando estuviéramos manteniendo una aventura ante los ojos de toda la ciudad, ¿ibas a abandonarme públicamente o no habría bastado con eso? ¿También iba a acabar en la cárcel?
– Claro que no -refutó él, enfadado.
– No hay nada claro. Habrías hecho cualquier cosa, no lo niegues.
– Las cosas no salieron como pensaba. Tú eras distinta, pero Ben era como esperaba. Pensé que lo tenía… -Vincente cerró el puño, como si tuviera a Ben atrapado en él.
– Y murió y se te escapó -dijo ella, cínica-. Sólo te quedaba yo. ¡Debió ser una gran decepción! Así que apareciste en el funeral y me llevaste a cenar. Tenías que conseguir traerme aquí, ¿verdad?
– Sí.
– Por eso intentaste convencerme para que viniera contigo. ¿Qué habrías hecho si hubiera encontrado comprador para el piso? -al ver que no contestaba, la verdad la golpeó de nuevo-. Lo hiciste tú. Lo arreglaste para que no encontrara comprador. Un hombre hizo una oferta y la retiró. Eso fue cosa tuya.
– Claro que sí. Lo persuadí para que la retirase… No quería que vendieras el piso. Era la única forma de conseguir que vinieras a Roma.
– Reconozco que a manipulador no te ganaría nadie. Pero, claro, no tienes conciencia, eso ayuda.
– ¿Tú me hablas de conciencia?
– Siempre tuve a Angelo en mi conciencia. Lo traté mal, pero no pude evitarlo. Ben me tenía atrapada. Pero tú llevas tramando venganza ocho años.
– Vi su cuerpo destrozado -gritó él-. Vi el dolor de mi madre. ¿Esperas que olvide eso?
– Olvidar no, pero tampoco culpar sin saber. Me dijiste que no te juzgara, pero tú llevas juzgándome ocho años. Ni se te ocurrió que tuviera justificación.
– No. Y me he culpado por ello desde que me contaste cómo te forzó Ben.
– Pero era demasiado tarde. Ya estaba atrapada en tu red. ¡Debiste disfrutar viendo cómo se cerraba a mi alrededor! Cada palabra era una mentira. Incluso…
La atenazó una oleada de angustia y luchó contra ella con todo su ser.
– Incluso cuando parecías sincero, mentías. Te felicito. Fue una buena representación, pero se acabó. Me serviste para lo que quería.
– ¿Qué quiere decir eso?
– Que no eres el único que ocultaba sus pensamientos. Hacía años que no me acostaba con un hombre. Me apetecía… una nueva experiencia. Sin ataduras. Sin condiciones. Encajabas perfectamente.
La alegró ver que eso había hecho mella. Él palideció y apretó los labios.
– ¿Qué estás diciendo? -preguntó.
– Lo sabes perfectamente -Elise lo retó con la mirada-. Eres listo y calculador, pero también eres bueno en otro sentido, justo el que, yo necesitaba. ¿Quieres que te lo aclare más?
– No será necesario.
– No sabía que un hombre pudiera ser tan experto en la cama -siguió ella-. No lo olvidaré, porque será un rasero para medir a los otros.
– ¿Otros?
– En el futuro. Y habrá otros, no lo dudes. Hiciste un buen trabajo; ahora comprobaré hasta qué punto. ¿Todos los hombres conocen tus trucos? Si no es así, ¿aprenderán? Da igual, me divertiré descubriéndolo.
– No hables así -rugió él.
– Hablaré como quiera. Si no te gusta, peor para ti. Recuerda, en parte soy tu creación. Me has enseñado mucho, no sólo de sexo, sino de crueldad, dureza y engaño. Me alegro. Tus lecciones serán muy útiles.
– Bien hecho, Elise -torció la boca con cinismo-. Has dado la vuelta a cuanto pensaba de ti. Sabía que al final te mostrarías como eres en realidad.
– Sí, lo sabías, ¿no? Y ahora lo he hecho. Y tu también. Así que podemos seguir nuestro camino.
– Una gran idea -espetó él-. Me alegra que creas haber aprendido algo de mí.
– Crueldad, manipulación…
– Me consideran el maestro. Has aprendido del mejor.
– Cada palabra que me has dicho…
– Mentiras. Cada palabra, caricia y momento de pasión… todo tenía un propósito.
– ¿Todas las veces que hicimos el amor…?
– No pensaras que podría amarte, ¿verdad? -dijo fríamente-. Para mí eres poco mejor que una asesina. Sé que mi madre cree que Angelo se suicidó porque no soportó lo que habías hecho, y tal vez sea así…
– ¿Tal vez? ¿No estás seguro? ¿Qué dijeron los testigos?
– No hubo testigos. Nadie vio el golpe.
– Entonces pudo ser un accidente -dijo ella. Desesperada, se dio la vuelta y se tapó los oídos. Él la siguió y la agarró-. ¡Suéltame!
– No, vas a escucharme -soltó sus manos pero la aprisionó de nuevo rodeándola con los brazos y sujetándola contra su pecho-. Oirás la verdad y vivirás con ella, y espero que te destruya para siempre, como destrozó a otras personas.
Ella se estremeció.
– Angelo había recorrido esa carretera cientos de veces y nunca tuvo un accidente. ¿Por qué esa noche? Tal vez fue a propósito, o tal vez estaba tan destrozado que no prestaba atención. En cualquiera de los casos, la culpa fue tuya.
Calló y siguió sujetándola. Ella sentía su cálido aliento, igual que otras veces que se habían abrazado. Ya sólo había odio y deseo de herir. Apartó la cabeza tanto como pudo para que no él no viera sus lágrimas. Pero él alzó su barbilla para mirarla y se mojó.
La soltó como si hubiera recibido un golpe y ella se tambaleó, cegada por la tristeza.
– Pensaba decirte todo esto hace mucho tiempo. Debí hacerlo, pero fui débil, porque tienes tus atractivos. Pero nada ha cambiado en realidad. Siempre estuvimos abocados a este final.
– Mejor que todo haya quedado claro -dijo ella, obligándose a hablar con calma.
– Exacto.
– Quiero que te vayas, Vincente. ¡Ahora!
Él titubeó un segundo. Luego hizo un gesto de resignación y se marchó. Elise se quedó parada en el centro de la habitación, escuchando el silencio que parecía tronar en sus oídos. Después empezó a moverse sin propósito ni rumbo. Era como si su vida se hubiera estrellado contra un muro de piedra.
Por fin lo pies la llevaron al dormitorio, donde se desvistió automáticamente y se acostó. Le pareció que Angelo estaba allí, en la oscuridad, mirándola con amor y reproche. Él la había amado y ella había provocado su muerte.
– Lo siento -susurró-. Lo siento mucho.
Pero esa mirada de reproche la perseguiría el resto de su vida. La verdad la destruiría, tal y como Vincente esperaba. Y ni siquiera podía culparlo.
Pasaron las horas. Cuando llegó la mañana seguía despierta y en la misma posición. Quería llorar pero no podía. Su corazón estaba helado.