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Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:

Se acostaría con ella… por venganza y por placer…
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
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– Tuviste suerte de tener un padre como ése.

– ¿Qué me dices del tuyo?

– Era buen padre a su manera, pero centrado de lleno en el trabajo. Tenía que dominar y mandar y no se rindió hasta obtener el poder que deseaba.

– ¿Y por eso eres igual que él?

– Supongo -dijo él tras un breve silencio-. Era la forma de obtener su atención. Recuerdo que…

Le contó que había sido un niño ávido de halagos, con un padre impaciente con todo lo que interrumpiera su trabajo. Vincente había contraatacado centrándose en sus estudios. En el colegio, destacó en Matemáticas, Ciencias, Tecnología y todo lo que lo ayudara a convertirse en un hombre de negocios como su padre. Y funcionó. Entró en la empresa y demostró de inmediato que era digno hijo de él.

– ¿Eso hizo que tu padre se enorgulleciera?

– Oh, sí, le impresioné.

– ¿Y eso te hizo feliz?

– Era lo que quería conseguir -se evadió él.

Ella decidió no presionarlo.

Vincente había asumido cada vez más responsabilidad, sin dudarlo. Tenía poco más de veinte años cuando su padre sufrió un infarto fatal. Entonces, ya estaba listo, en lo bueno y en lo malo, para asumir el control.

Eso había ocurrido diez años antes, y desde entonces sus cualidades iniciales, coraje y empuje, desdén por la debilidad y disposición para luchar hasta la muerte, se habían agudizado y teñido de crueldad. Que estuviera allí con esa mujer lo demostraba, por razones que ella desconocía y que a él le provocaban inquietud en ese momento. Se incorporó de repente.

– ¿Ocurre algo? -preguntó ella.

– No -replicó él-. Puedo salir de la cama solo. Duerme un rato -necesitaba pensar. Se sentó en la ventana, intentando dilucidar qué le había ocurrido.

Siempre había sido sencillo para él, se fijaba una meta e iba a por ella, le gustara a la gente o no. Con respecto a las mujeres era justo y generoso y se mantenía a salvo eligiendo la clase de mujer que entendía el juego. Y nunca, nunca se había permitido mostrarse débil.

Hasta ese momento.

Había estado preparado para todo excepto para lo que le había ocurrido esa noche. O tal vez esa noche había culminado algo que llevaba tiempo acercándose en silencio y cuyo peligro no había visto.

Se culpó a sí mismo. Un buen empresario lo planificaba todo y siempre estaba listo para luchar. Ésas eran las reglas. Pero las reglas no decían qué hacer cuando se perdían las ganas de luchar y las sustituía el traicionero deseo de estar con una mujer que siempre había parecido peligrosa y que empezaba a serlo más que nunca. Si tuviera sentido común, la enviaría de vuelta a Inglaterra y no volvería a verla.

Vincente pasó largo rato sentado, observándola.

Establecieron una rutina. Ella lo ayudaba y daba de comer, le mantenía oculto a la vista de las limpiadoras, lo preparaba para las visitas de su secretaria y le masajeaba la espalda. Lo había hecho con su padre y sabía cómo aliviar el dolor temporalmente.

A veces hablaban sobre su infancia y otras cosas.

– Quiero que me hables sobre tus otras mujeres -dijo ella una noche-. Vamos, diviérteme.

Estaban bebiendo vino, recostados en la cama, y él le dirigió una mirada cómica y cínica.

– Si crees que voy a caer en ese trampa, tienes muy mala opinión de mí. Inténtalo de nuevo.

– ¡Vamos! ¿Qué me dices de ese pisito que tienes? Es el lugar perfecto para celebrar orgías.

– Lo elegí porque está cerca de la oficina y si tengo mucho trabajo no necesito ir hasta casa. Además, no es un hogar. Esto se parece mucho más a uno.

– ¿Conmigo atendiendo todos tus caprichos? ¿Ésa es tu idea del hogar?

– Claro -sonrió él-. ¿Qué otra podría ser? -reflexionó un instante-. ¿Cómo sabes lo del piso?

– Ya te he dicho que he estado leyendo sobre ti.

– ¿Dicen algo más de mí? -preguntó él con voz inexpresiva, sin mirarla.

– La misma historia siempre; que eres adicto al trabajo, etcétera. Como no concedes entrevistas, se repiten. Sólo leí que el piso te convenía por el trabajo y que es muy austero. Me inventé lo de las orgías.

– Eso es un alivio.

– Puedes relajarte -lo miró traviesa-. No han descubierto la historia verdadera.

– No conseguirás sacarme nada, te aviso.

Ambos rieron y cambiaron de tema. Pero Elise empezó a notar de que él le hablaba menos que antes. Se preguntó si su vida había sido infeliz o si temía revelarle algún secreto profesional por accidente.

Cada vez que creía entenderle un poco, él la sorprendía otra vez. El día antes de la junta de accionistas, le hizo un regalo que la dejó sin aire.

– ¿Acciones? -exclamó, atónita.

– Ahora eres accionista de la empresa, así que puedes asistir a la junta -explicó él-. Considéralo un pago por tus servicios de enfermera.

– Pero estas acciones valen una fortuna.

– Eres muy buena enfermera. Me has ayudado mucho -caminó por la habitación y le hizo una reverencia-. Has hecho un gran trabajo.

Ya andaba bien, pero si se quedaba parado un rato, el dolor volvía. Eso le preocupaba, porque sabía que pasaría mucho tiempo de pie durante la junta.

– Pasa tanto tiempo como puedas sentado -le recomendó.

– ¿Sentado? ¿Con mis enemigos de pie? No.

– Pues entonces toma un calmante antes.

– ¿Y arriesgarme a dormirme? ¡Ni en broma!

Fueron juntos en el coche y se separaron en la puerta. Elise fue conducida a un asiento en las primeras filas, obviamente por instrucciones de él. Estaba preparada para lo peor y la reunión fue tan tormentosa como esperaba. No entendía bien porque hablaban rápido y a gritos. Sólo sabía que atacaban a Vincente y que él devolvía el ataque con saña.

Captó cuando empezó a sentir dolor, pero no creyó que nadie más lo notase. El efecto fue que se volvió más agresivo, más dispuesto a aplastar a la oposición. Era claro que dominaba la reunión e iba convenciendo todos de su punto de vista, o al menos, no dejándoles otra opción que aceptarlo.

Cuando acabaron, esperó a que bajase de la plataforma. La gente lo rodeó, estrechando su mano, y aunque él no perdió la sonrisa, le pareció que cada apretón le causaba dolor. Por desgracia, alguien le dio una fuerte palmada en la espalda e insistió en que todos fueran a comer juntos para celebrarlo.

– No puede ser -Vincente mantuvo la sonrisa por pura voluntad-. Tras la junta hay aún más trabajo.

– Pero te has salido con la tuya.

– Por eso hay trabajo que hacer. Id a comer vosotros. Ah, aquí estás -simuló no haber visto a Elise hasta ese momento. Le puso un brazo en los hombros-. Vámonos.

Los demás pensaron que se iba con una bella mujer. Sólo Elise sabía que se estaba apoyando en ella.

El coche esperaba fuera. Él se sentó y cerró los ojos. Elise le dio unos calmantes y una botellita de agua. Él asintió y los tragó con agradecimiento. Fueron directos a casa de ella.

– Desvístete y ve a la cama, te daré un masaje -le ordenó Elise en cuanto cerró la puerta.

Poco después se reunió con él. Levantó la sabana, el estaba desnudo. Inició el masaje.

– Así que ganaste.

– Por supuesto.

– No hubo nada que se diera «por supuesto».

– Pero tú estabas allí para dar tu voto. Gracias. No podría haberlo hecho sin ti.

– No quería que mis acciones se devaluaran.

– Bien hecho. Haré de ti una mujer de negocios -hizo una mueca de dolor.

– Deja de hacerte el duro. A mí no necesitas impresionarme -le dijo ella.

– No funcionaría. Siempre ves cuando estoy débil.

– La debilidad no es importante -dijo ella.

– Yo creo que sí.

– Todos somos débiles a veces. Lo que importa es cómo nos comportamos cuando estamos bien y tenemos fuerzas para ser crueles. Así es como hay que juzgar a las personas.

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