La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Profesor -dijo Kurtz-, soy perfectamente consciente de cu�l es su actitud en todas estas cuestiones y, desde luego, no tengo intenci�n de interferir en modo alguno con su magn�fica posici�n �tica. -Hizo una pausa, dando tiempo a que sus palabras tranquilizaran plenamente a Minkel-. Por cierto, �puedo suponer que su pr�xima conferencia en la Universidad de Freiburg trata tambi�n de esta misma cuesti�n de los derechos individuales?
Los �rabes, y sus libertades b�sicas�, �no es �ste el tema de su conferencia del d�a veinticuatro?
El profesor no estaba dispuesto a aceptar aquello. Las definiciones imprecisas no le interesaban en lo m�s m�nimo.
-�El tema que tratar� en esa ocasi�n es diferente. Se refiere a la realizaci�n del juda�smo por parte de los propios jud�os por medio de la ejemplificaci�n de la cultura y la moral jud�as, y no por medio de la conquista.
-��Qu� dice exactamente la argumentaci�n que utiliza usted? -pregunt� benignamente Kurtz.
La esposa de Minkel regres� con una bandeja de pastas caseras.
-��Ya est� pidi�ndote otra vez que te conviertas en un delator? -pregunt�-. Si te lo pide, dile que no. Y cuando le hayas dicho que no, dile que no otra vez, hasta que se entere. �Qu� crees que te har�? �Golpearte con una porra de caucho?
-�Se�ora Minkel, no estoy pidi�ndole eso que usted dice, en absoluto -dijo Kurtz, imperturbable.
Dirigi�ndole una mirada de paciente incredulidad, la se�ora Minkel volvi� a retirarse.
Pero Minkel apenas esper�. Si hab�a notado la interrupci�n, la ignor�. Kurtz le hab�a dirigido una pregunta; Minkel, que rechazaba todo cuanto supusiera oponer barreras al conocimiento, porque le parec�a inaceptable, se dispon�a a contestarle.
-�Le dir� exactamente c�mo funciona la argumentaci�n, se�or Spielberg -contest� solemnemente-. Mientras tengamos un Estado jud�o peque�o, podremos avanzar democr�ticamente, como jud�os, hacia nuestra realizaci�n como tales jud�os. Pero cuando ampliemos nuestro Estado e incorporemos en �l a muchos �rabes, tendremos que elegir. -Y le mostr� a Kurtz las alternativas con sus manos pecosas-. De este lado, democracia sin realizaci�n del juda�smo; de este otro, realizaci�n del juda�smo sin democracia.
-��Cu�l es, por lo tanto, la soluci�n, profesor? -pregunt� Kurtz.
Las manos de Minkel volaron por el aire en un despectivo adem�n de impaciencia universitaria. Parec�a haber olvidado que Kurtz no era alumno suyo.
-��Muy sencilla! �Retirarnos de Gaza y de la Orilla Occidental antes de que perdamos nuestros valores! �Qu� otra soluci�n podr�a haber?
-��Y cu�l es la reacci�n de los propios palestinos a esta propuesta, profesor?
La anterior seguridad del catedr�tico fue sustituida por cierta tristeza.
-�Me llaman c�nico -dijo.
-��Ah, s�?
-�Seg�n ellos, quiero conseguir a la vez un Estado jud�o y las simpat�as de todo el mundo, y por eso dicen que soy un agente subversivo y contrario a su causa. -La puerta volvi� a abrirse y entr� la se�ora Minkel con la cafetera y las tazas-. Pero no soy subversivo -dijo con desesperaci�n el profesor, aunque, ante la entrada de su esposa, no a�adi� nada m�s.
-��Subversivo? -repiti� como un eco la se�ora Minkel, dejando de golpe la bandeja de la vajilla y sonroj�ndose-. �Est� usted llamando subversivo a Hansi? �Porque decimos lo que pensamos sobre lo que le est� pasando a este pa�s?
Kurtz no hubiera podido hacerla callar aunque lo hubiese intentado, pero de hecho ni siquiera hizo el menor esfuerzo en este sentido. Le bastaba dejar que siguiera su carrera hasta agotarse.
-��Y las palizas y torturas en Gol�n? �Y no los tratan en la Orilla Occidental peor que las SS? �Y en el L�bano y en Gaza? Incluso aqu�, en Jerusal�n, les dan bofetadas a los cr�os por el solo hecho de ser �rabes. �Y nos llama subversivos porque nos atrevemos a hablar de la opresi�n, simplemente porque nadie nos oprime a nosotros, jud�os de Alemania! �Nosotros somos subversivos para Israel?
-�Aber, Liebchen� -dijo el profesor, enrojeciendo de embarazo.
Pero la se�ora Minkel era evidentemente una dama acostumbrada a decir todo lo que ten�a que decir.
-�No pudimos frenar a los nazis, y ahora no podemos frenarnos a nosotros mismos. Conseguimos una patria, �y qu� es lo que hacemos? Al cabo de cuarenta a�os nos inventamos otra tribu perdida. �Qu� idiotez! Y si no lo decimos nosotros, ser� el mundo quien lo dir�. El mundo ha empezado ya a decirlo. �Lea los peri�dicos, se�or Spielberg!
Como si estuviera cubri�ndose para evitar un golpe, Kurtz hab�a levantado el antebrazo hasta situarlo entre su cara y la de ella. Pero la se�ora Minkel no hab�a ni mucho menos terminado.
-�Esa Ruthie� -a�adi�, con una mueca despectiva-. Era muy inteligente, estudi� aqu� casi tres a�os con Hansi. �Y qu� hace luego? Ingresa en el aparato.
Kurtz baj� la mano y revel� que estaba sonriendo. No era una sonrisa burlona ni enfurecida, sino que denotaba el confundido orgullo de un hombre que amaba verdaderamente la asombrosa variedad de su raza. Estaba diciendo �por favor�, apelaba al profesor, pero la se�ora Minkel ten�a a�n much�simas cosas sabrosas que decir.
Finalmente, sin embargo, call�, y despu�s de que lo hiciera Kurtz le pregunt� si no quer�a sentarse tambi�n ella para o�r lo que hab�a ido a discutir con ellos. De modo que la se�ora Minkel se colg� en lo alto del taburete otra vez, en espera de que la desenojasen.
Kurtz eligi� sus palabras con el mayor cuidado, con la mayor amabilidad. Dijo que lo que ten�a que decirles era del m�ximo secreto. Ni siquiera Ruthie Zadir, les dijo, ni siquiera Ruthie Zadir -una magn�fica funcionaria, que todos los d�as ten�a que trabajar con numerosos asuntos secretos-, ten�a noticia de aquello; lo cual no era cierto, pero no importaba. No hab�a ido a verlos para hablar de los alumnos del profesor, dijo, y much�simo menos a acusarle de subversi�n o a discutir sus magn�ficos ideales. Hab�a acudido sola-mente a tratar de la pr�xima conferencia que el profesor ten�a que pronunciar en Freiburg, debido a que hab�a llamado la atenci�n de ciertos elementos extraordinariamente negativos. Y finalmente habl� con claridad.
-�Esta es, pues, la triste realidad -dijo, e inspir� profundamente-. Si algunos de esos palestinos, cuyos derechos ha estado usted defendiendo con tanta valent�a, logran realizar sus prop�sitos, el veinticuatro de este mes no va usted a pronunciar ninguna conferencia en Freiburg. De hecho, profesor, jam�s volver� usted a pronunciar conferencias. -Hizo una pausa, pero su p�blico no dio se�ales de querer interrumpirle-. Seg�n las informaciones que obran actualmente en nuestro poder, es evidente que uno de los grupos menos intelectualizados de los palestinos le ha elegido a usted como un peligroso moderado, capaz de aguar el vino puro de su causa. Eso mismo que me ha referido usted antes, pero peor incluso. Le toman a usted por un defensor de la soluci�n a la Bantust�n para los palestinos. Le toman por una falsa luz, que podr�a conducir a los m�s d�biles a hacer una nueva y fatal concesi�n a la bota sionista.
Pero hizo falta m�s, mucho m�s que la simple amenaza de muerte para convencer al profesor de que deb�a aceptar una versi�n no demostrada de los acontecimientos.
-�Perdone -dijo en tono cortante-. Esa es exactamente la definici�n que hicieron de m� en la prensa palestina despu�s de mi discurso en Beersheva.
-�Precisamente de ah� es de donde la hemos sacado nosotros, profesor -dijo Kurtz gravemente.
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