La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
El profesor Minkel viv�a en el collado que une el monte Scopus con la Colina Francesa, en el octavo piso de una nueva torre pr�xima a la Universidad Hebrea, vecina de otras muchas que formaban un racimo que hab�a causado un gran dolor a los desafortunados que pretend�an conservar el antiguo car�cter de Jerusal�n. Todos los apartamientos ten�an vistas de la Ciudad Vieja, pero lo malo era que tambi�n desde la Ciudad Vieja se ve�an, en lo alto, los apartamientos. Al igual que las torres vecinas, �sta era, adem�s de un rascacielos, una fortaleza, y sus ventanas hab�an sido dispuestas de modo que sirvieran para devolver desde ellas el fuego en caso de que hubiese necesidad de repelir un ataque. Kurtz se equivoc� tres veces antes de encontrar el sitio que buscaba. Se perdi� primero en un centro comercial, cuyos muros de cemento ten�an m�s de un metro y medio de espesor; luego volvi� a extraviarse y fue a parar a un cementerio brit�nico dedicado a los ca�dos en la primera guerra mundial y que ten�a una placa que dec�a:
�Obsequio del pueblo de Palestina.� Luego explor� otros edificios; casi todos regalo de millonarios norteamericanos, y finalmente lleg� a esta torre de piedra labrada. Los carteles donde estaban los nombres hab�an sido estropeados por los gamberros, de modo que apret� un timbre al azar y desenterr� a un viejo polaco de la Galitzia que solamente hablaba yiddish. El polaco sab�a cu�l era el edificio que estaba buscando -es precisamente �ste, no lo dude- y conoc�a al doctor Minkel y le admiraba por su actitud; �l mismo hab�a sido alumno de la venerada Universidad de Cracovia. Pero tambi�n ten�a que hacerle muchas preguntas, que Kurtz se vio obligado a contestar lo mejor que pudo: por ejemplo, �de donde proced�a Kurtz? Santo cielo, �y no conoce a fulano y mengano? �Y qu� es lo que puede querer hacer en ese edificio, a las once de la ma�ana, todo un adulto, cuando el doctor Minkel estaba seguramente ense�ando a los futuros grandes fil�sofos del pueblo jud�o?
Los mec�nicos del ascensor estaban en huelga, de modo que Kurtz se vio obligado a subir por la escalera, pero no hab�a nada que hubiera podido echar a perder sus �nimos. Para empezar, porque su sobrina acababa de anunciar su compromiso con un joven que trabajaba precisamente en la misma secci�n que �l, y no se trataba de un compromiso prematuro. Adem�s, la conferencia b�blica de Elli hab�a concluido felizmente; al terminar hab�a ofrecido un caf� a los participantes y se alegr� much�simo de que �l hubiera podido combinarse el trabajo y estar presente. Pero, sobre todo, porque el decisivo descubrimiento de lo de Freiburg hab�a sido respaldado por varios indicadores que lo confirmaban, de los cuales el m�s satisfactorio hab�a llegado ayer mismo, gracias a uno de los escuchas de Shimon Lityak, que, probando un nuevo micr�fono direccional desde un tejado de Beirut, hab�a captado la palabra Freiburg; Freiburg repetida tres veces en poco tiempo, una aut�ntica delicia. �A veces -reflexion� Kurtz mientras iba subiendo-, la suerte te trata as� de bien.� Y la suerte, como sabia Napoleon y sab�an tambi�n todos los habitantes de Jerusal�n, era la cualidad definitiva de los grandes generales.
Al llegar a un peque�o rellano hizo una pausa para recobrar un poco el aliento, y tambi�n para serenar sus pensamientos. La escalera ten�a una iluminaci�n propia de un refugio antibombardeo, con las bombillas protegidas por jaulas de alambre, pero lo que hoy o�a saltar y brincar en el fondo del sombr�o pozo eran los sonidos de su propia infancia en los ghettos. �Hice bien no trayendo conmigo a Shimon -pens�-. A veces Shimon da un toque helado a las cosas; ser� mejor actuar con cierto desparpajo superficial.�
La puerta del n�mero 18 D ten�a una mirilla incrustada en una chapa de acero, y en uno de sus lados estaba atestada de cerrojos. La se�ora Minkel los fue abriendo de uno en uno, como si desabrochara los botones de un bot�n, mientras iba diciendo �Un momentito, por favor�, y segu�a bajando m�s y m�s. Kurtz se hizo a un lado y esper� a que ella los fuese cerrando pacientemente otra vez. Era una mujer alta y guapa, con unos ojos azules muy luminosos, y el cabello cano recogido en un mo�o universitario.
-�Usted es el se�or Spielberg, del Ministerio del Interior -le inform� ella con cierta reserva, mientras le daba la mano-. Hansi le est� esperando. Bienvenido. Pase.
Abri� la puerta que daba a un diminuto estudio y all� vio sentado a Hansi, curtido y patriarcal como un Buddenbrook. Ten�a un despacho demasiado peque�o para sus necesidades y hac�a a�os que trabajaba as�; sus libros y papeles estaban esparcidos a su alrededor por todo el suelo, en un orden que no pod�a ser fruto del azar. La mesa estaba puesta en un �ngulo torcido a medio camino del saliente de una ventana, y el saliente era un semihex�gono con delgadas ventanitas de cristales ahumados que parec�an troneras para un arquero, y en la parte inferior ten�a un banco empotrado. Levant�ndose cuidadosamente, Minkel avanz� con precauci�n y lleno de una dignidad celestial por la habitaci�n hasta llegar a una isleta que no hab�a sido invadida a�n por su erudici�n. Su bienvenida no fue muy tranquila, y cuando se sentaban en el saliente de la ventana, la se�ora Minkel acerc� un taburete y se instal� firmemente entre los dos, como si pretendiera juzgar si se jugaba limpio o no.
Hubo entonces un inc�modo silencio. Kurtz esboz� la sonrisa apesadumbrada del hombre que est� obligado a cumplir con su deber.
-�Se�ora Minkel, siento decirle que hay un par de cuestiones que por motivos de seguridad mi departamento insiste en tratar primero solamente con su esposo -dijo. Y volvi� a esperar, sonriendo todav�a, hasta que el profesor le sugiri� a su mujer que les preparase un caf� y le pregunt� a Kurtz si lo quer�a con leche.
Lanzando una mirada de advertencia a su esposo desde el umbral, la se�ora Minkel se retir� a rega�adientes. En realidad, apenas deb�a haber diferencia de edad entre aquellos dos hombres; pero Kurtz tuvo el cuidado de hablarle a Minkel como a un superior, porque eso era a lo que el catedr�tico estaba acostumbrado.
-�Profesor, tengo entendido que nuestra amiga Ruthie Zadir habl� con usted ayer mismo -empez� Kurtz con el respeto de quien se dirige a un enfermo desde la cabecera de la cama. Pisaba aqu� terreno seguro porque hab�a estado al lado de Ruthie cuando llam� al profesor, v hab�a escuchado las palabras de ambos a fin de hacerse una idea de la clase de persona que era.
-�Ruth fue una de las mejores alumnas que he tenido -observ� el catedr�tico como quien recuerda una p�rdida.
-�Sin duda es tambi�n uno de nuestros mejores elementos -dijo Kurtz, mas expansivo-. Profesor, �tiene usted idea, por favor, del caracter del trabajo que realiza actualmente Ruthie?
Minkel no estaba en realidad acostumbrado a contestar preguntas que no hicieran referencia a su especialidad, y necesit� unos instantes de desconcertada concentraci�n antes de responder.
-�Creo que deber�a decir una cosa -dijo por fin con inc�moda resoluci�n.
Kurtz sonri� hospitalariamente.
-�Si su visita a mi casa tiene relaci�n con las tendencias o simpat�as pol�ticas de mis alumnos, lamento no poder colaborar con usted. No puedo aceptar la legitimidad de tales criterios. Lo siento, pero ya hemos discutido de esto con anterioridad. -Parec�a repentinamente embarazado, tanto por sus pensamientos, como por su mal hebreo-. Yo estoy aqu� porque creo en algo. Y cuando creemos en algo tenemos el deber de decirlo, pero a�n es m�s importante actuar seg�n esas creencias. Esa es mi actitud.
Kurtz, que hab�a le�do la ficha de Minkel, sab�a exactamente cu�l era la actitud del profesor. Era disc�pulo de Martin Buber, y miembro de un grupo idealista olvidado hac�a tiempo que entre las guerras del 67 y el 73 hab�a defendido la idea de llegar a una verdadera paz con los palestinos. Los pol�ticos de derechas le llamaban traidor; y tambi�n lo hac�an a veces los de izquierdas cuando recordaban aquella �poca. Minkel era un or�culo de la filosof�a jud�a, de los primeros tiempos del cristianismo, de los movimientos humanistas alemanes y de unos treinta temas m�s; hab�a escrito un libro en tres vol�menes sobre la teor�a y la pr�ctica del sionismo, con un �ndice tan abultado como un list�n telef�nico.