La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Abdul el norteamericano -dijo ella.
-��Qu�?
Charlie estaba preparada. Hab�a ensayado mentalmente la escena repetidas veces: el elevado sentido del deber de la camarada Leila supera su repugnancia natural a dar el chivatazo. Se sab�a el texto de memoria. Sab�a c�mo eran las furcias del campamento que lo hab�an pronunciado. Para recitarlo mantuvo el rostro desviado del de �l y habl� con furia �spera y masculina.
-�Su verdadero nombre es Halloran. Arthur J. Halloran. Es un traidor. Me pidi� que, cuando me vaya, les diga a los norteamericanos que quiere regresar y hacer frente a los tribunales. Admite francamente que tiene ideas antirrevolucionarias. Podr�a traicionarnos a todos.
La oscura mirada de Tayeh no se hab�a apartado ni un instante de su rostro. Sosten�a su bast�n de fresno con las dos manos, y golpeaba con su extremo los dedos de su pierna mala, como si tratara as� de mantenerla despierta.
-��Es por eso que has pedido verme?
-�S�.
-�Halloran fue a verte hace tres noches -observ� �l, desviando su mirada-. �Por qu� no me lo has dicho antes? �Por qu� has esperado tres d�as?
-�No estabas aqu�.
-�Estaban otros. �Por qu� no preguntaste por m�?
-�Ten�a miedo de que le castigaras.
Pero Tayeh no parec�a pensar que Halloran estuviese siendo juzgado.
-�Miedo -repiti�, como si se tratase de una admisi�n muy grave-. �Miedo? �Y por qu� ibas a temer por Halloran? �Durante tres d�as? �Acaso simpatizas secretamente con su actitud?
-�Sabes que no.
-��Es por eso que �l te habl� con tanta franqueza? �Por qu� le diste motivos para que confiara en ti? Creo que s�.
-�No.
-��Te acostaste con �l?
-�No.
-�Entonces, �qu� deseos pod�as sentir de proteger a Halloran? �Por qu� ibas a temer por la vida de un traidor cuando est�s aprendiendo a matar en nombre de la revoluci�n? �Por qu� no eres sincera con nosotros? Me decepcionas.
-�No tengo experiencia. Lo sent�a por �l y no quer�a que sufriera ning�n da�o. Despu�s me acord� de cu�l era mi deber.
Tayeh parec�a cada vez m�s confuso ante el desarrollo de la conversaci�n. Tom� otro trago de whisky.
-�Si�ntate.
-�No siento necesidad de hacerlo.
-�Si�ntate.
Ella hizo lo que le ordenaban. Miraba con fiereza hacia un punto situado a un lado de �l, alg�n punto odiado de su propio horizonte. En su interior hab�a ido m�s all� del punto en que �l hubiera tenido alg�n derecho a conocerla. �Ya he aprendido lo que me enviaste a aprender aqu�. Echate la culpa a ti mismo si no me entiendes.�
-�En una carta que escribiste a Michel hablabas de un hijo. �Tienes un hijo? �De �l?
-�Me refer�a a la pistola. Dorm�amos con ella.
-��Qu� clase de pistola?
-�Una Walther. Se la dio El Jalil a �l.
Taveh suspir�.
-�Si estuvieras en mi lugar-dijo por fin, volviendo la cabeza a otro lado para no mirarla-, y tuvieras que arreglar el asunto de Halloran (que quiere irse a casa, pero sabe demasiado), �qu� har�as con �l?
-�Neutralizarle.
-��Pegarle un tiro?
-�Eso es asunto tuyo.
-�S�. Lo es. -Volv�a a estudiar su pierna mala, sosteniendo su bast�n encima de ella, en paralelo-. Pero �por qu� habr�a que ejecutar a un hombre que ya est� muerto? �Por qu� no podr�amos dejarle que trabajara para nosotros?
-�Porque es un traidor.
Una vez m�s Tayeh pareci� no querer entender la l�gica a la que obedec�a la actitud de
ella.
-�Halloran se acerca a muchos de los que pasan por este campamento. Siempre lo hace por alg�n motivo. Es nuestro buitre, y nos se�ala los sitios donde hay debilidad y enfermedad. Nos se�ala a los posibles traidores. �No crees que ser�a una tonter�a librarse de una criatura tan �til? �Te acostaste con Fidel?
-�No.
-��Porque es latino?
-�Porque no quer�a acostarme con �l.
-��Y con los chicos �rabes?
-�No.
-�Me parece que eres muy quisquillosa.
-�No lo fui con Michel.
Soltando un suspiro de perplejidad, Tayeh tom� un tercer trago de whisky.
-��Qui�n es Joseph? -pregunt� en un tono ligeramente quejumbroso. �Qui�n es Joseph, por favor?
�Hab�a por fin muerto la actriz que hab�a sido? �O estaba tan reconciliada con el teatro de la realidad que hab�a desaparecido la diferencia entre la vida y el arte? No se le ocurr�a ni una sola de las respuestas de su repertorio; no ten�a a la sensaci�n de estar eligiendo entre diversas formas de interpretaci�n. No pens� en la posibilidad de desplomarse en el suelo y quedarse quieta sobre sus losas. No sinti� la tentaci�n de embarcarse en una dram�tica confesi�n, de revolcarse por el suelo admitiendo su culpa, vendiendo todos los secretos que conoc�a a cambio de su vida, que le hab�an dicho que era la �ltima opci�n que le quedaba, y que le hab�an permitido utilizar. Estaba furiosa. Estaba hart�sima de ver c�mo sacaban a rastras su integridad y la desempolvaban y la somet�an a nuevos escrutinios cada vez que alcanzaba otro hito en su camino hacia la revoluci�n de Michel. De modo que lo que hizo fue lanzarle sin pensar una r�plica -una carta cogida bruscamente de la parte superior de la baraja-, lo tomas o lo dejas, y vete al infierno.
-�No conozco a ning�n Joseph.
-�Anda. Piensa. En Mikonos. Antes de que fueras a Atenas. Uno de tus amigos, en una conversaci�n intrascendente con alguien que te conoc�a, fue o�do mencionar a Joseph, que hab�a entrado en vuestro grupo. Dijo que Charlie estaba absolutamente cautivada por �l.
No quedaban barreras ni curvas. Las hab�a dejado todas atr�s, y ahora avanzaba libremente.
-��Joseph? �Ah, ese Joseph! -dej� que su cara denotara el retrasado recuerdo, y, en el mismo momento, que se nublara de repugnancia.
-�Le recuerdo. Era un grasiento jud�o que se enganch� a nuestro grupo.
-�No hables as� de los jud�os. No somos antisemitas. Somos simplemente antisionistas.
-�Oh, s�, desde luego! -cort� ella.
A Tayeh le interes� esta reacci�n.
-��Est�s llam�ndome mentiroso, Charlie?
-�Fuera o no un sionista, era un pelotillero. Me recordaba a mi padre.
-��Era jud�o tu padre?
-�No. Era un ladr�n.
Tayeh estuvo pensando en esto un buen rato, utilizando primero la cara de ella, y luego todo su cuerpo, como t�rmino de referencia para las dudas que quiz�s albergaba todav�a. Le ofreci� un cigarrillo, pero ella no lo acept�: su instinto le aconsej� que no diera ese paso hacia �l. Tayeh volvi� a golpearse el pie malo con el bast�n.
-�Esa noche que pasaste con Michel en Tesal�nica, en el viejo hotel, �la recuerdas?
-��Y qu� pasa?
-�El personal del hotel oy� gritos en vuestra habitaci�n cuando ya era casi de madrugada.
-��Y qu� quieres saber?
-�No me empujes, por favor. �Qui�n gritaba esa noche?
-�Nadie. Se confundieron de puerta cuando se metieron a fisgonear.
-��Qui�n gritaba?
-�Nosotros no grit�bamos. Michel no quer�a que me fuese. Eso es todo. Tem�a por m�.
-��Y t�?
Era una historia que hab�a fabricado con ayuda de Joseph, el momento en que ella era m�s fuerte que Michel.
-�Le dije que le devolver�a su brazalete.
Tayeh asinti� con la cabeza.
-�Lo cual explica la posdata de tu carta: �Me alegr� much�simo quedarme al final con el brazalete.� Y, naturalmente, no hubo gritos. Tienes raz�n. Perdona mi simple trampa �rabe.
La mir� inquisitivamente una �ltima vez, tratando, una vez m�s, en vano, de resolver el enigma; luego hizo un puchero con los labios, militarmente, de una forma parecida a como a veces hac�a Joseph, como preludio de una orden.
-�Tenemos una misi�n para ti. Ve a por tus cosas y regresa aqu� inmediatamente. Tu preparaci�n ha terminado.
Irse de all� era la locura m�s inesperada. Era peor que el final de un curso; peor que deshacerse de la pandilla en el puerto del Pireo. Fidel y Bubi la apretaron contra sus pechos. Sus l�grimas se mezclaron con las de ella. Una de las chicas argelinas le regal� un ni�o Jes�s de madera para que lo usara como medall�n.