La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Pero la estrella del campamento durante aquellos primeros d�as de Locura fue un fan�tico de las bombas, un checo llamado Bubi, que la primera ma�ana acribill� su propio casco de combate sobre la arena, primero con un Kalashnikov, luego con una enorme pistola de pr�cticas calibre 45, y por fin, para rematarlo, con una granada rusa que lo hizo volar por los aires hasta una altura de quince metros.
La lengua franca utilizada en las discusiones pol�ticas era un ingl�s de grado elemental con el que de vez en cuando entremezclaban algunas palabras francesas, y Charlie jur� en el m�s profundo secreto de su coraz�n que si llegaba a regresar viva a su casa, saldr�a todas las noches a cenar en restaurantes para compensar aquellas cretinas conversaciones nocturnas sobre el �amanecer de la revoluci�n� durante el resto de su antinatural vida. Entretanto, no se re�a de nada. No hab�a vuelto a re�r desde que los bastardos hab�an hecho volar en pedazos a su amante en la carretera de Munich; y su reciente visi�n de la agon�a del pueblo de �l no hab�a hecho sino intensificar la rencorosa necesidad que sent�a de conseguir un justo desquite.
�Deber�s hacerlo todo con la mayor y m�s solitaria seriedad -le hab�a dicho Joseph, que era un hombre absolutamente solitario y serio-. Puedes distanciarte, hasta parecer un poco chalada, est�n acostumbrados a estas cosas. No debes hacer preguntas, y tendr�s que permanecer sola siempre, d�a y noche.�
La cifra de alumnos variaba todos los d�as. Cuando el cami�n sali� de Tiro, el grupo de Charlie estaba formado por cinco chicos y cuatro chicas, y los dos guardias con la cara llena de manchas de p�lvora, que estuvieron con ellos en la trasera del cami�n durante todo el recorrido que el veh�culo hizo dando saltos y tumbos por la pedregosa pista de monta�a les prohibieron decir una sola palabra. Una chica que result� ser vasca consigui� comentarle en susurros que estaban en Ad�n; dos chicos turcos dijeron que estaban en Chipre. Cuando llegaron hab�a otros diez alumnos esperando, pero el segundo d�a los dos turcos y la chica vasca hab�an desaparecido, seguramente por la noche, cuando pudieron o�r camiones que llegaban y se iban con los faros apagados.
Como ceremonia de ingreso los obligaron a hacer un juramento de fidelidad a la Revoluci�n Antiimperialista y a estudiar el �reglamento� del campamento, que estaba escrito como si fueran los Diez Mandamientos en una pared encalada del Centro de Recepci�n de Camaradas. Todos los camaradas deb�an utilizar en todo momento su nombre �rabe; estaban prohibidas las drogas, la desnudez, los juramentos en nombre de Dios, las conversaciones privadas, las bebidas alcoh�licas, la cohabitaci�n y la masturbaci�n. Mientras Charlie estaba todav�a pregunt�ndose cu�l de estas normas violar�a en primer lugar, son� a trav�s de los altavoces un discurso pregrabado y sin firma de bienvenida.
-�Camaradas, �qui�nes somos? Somas los que no tienen nombre, los que no tienen uniforme. Somos las ratas que han huido de la ocupaci�n capitalista. �Venimos de los campos libaneses, asolados por el dolor! �Y combatiremos contra el genocidio! �Venimos de las sepulturas de cemento de las ciudades de Occidente! �Y nos encontraremos los unos a los otros! �Y todos juntos encenderemos la antorcha en nombre de los ochocientos millones de bocas hambrientas que hay por todo el mundo!
Cuando termin� la arenga, Charlie sinti� un sudor fr�o que le recorr�a la espalda, y una ira latente en su pecho. �Encenderemos la antorcha -pens�-. Si, la encenderemos.� Mirando de reojo a una chica �rabe que estaba a su lado, vio en sus ojos el mismo fervor.
�D�a y noche�, hab�a dicho Joseph.
D�a y noche, por lo tanto, hizo los mayores esfuerzos: por Michel, por su propia loca cordura, por Palestina, por Fatmeh y por Salma y por los ni�os v�ctimas de las bombas en la c�rcel de Sid�n; oblig�ndose a salir de s� misma para huir del caos interior; concentr�ndose en las caracter�sticas del personaje que interpretaba con mayor intensidad que en toda su vida, fundi�ndolas en una �nica identidad combativa.
�Soy una triste y enfurecida viuda y he venido aqu� para tomar el relevo de mi amante muerto y continuar su lucha.
�Soy la militante que acaba de despertar y que ha perdido demasiado tiempo haciendo las cosas a medias y que ahora est� aqu�, firme y con la espada en la mano.
�He tocado con mi mano el coraz�n palestino; me he comprometido a tirar de las orejas al mundo, para obligarle a que escuche.
�Ardo en llamas, pero soy astuta y tengo muchos recursos. Soy la avispa dormida que puede esperar a que pase el largo invierno antes de clavar su aguij�n.
�Soy la camarada Leila, ciudadana de la revoluci�n mundial.� D�a y noche.
Interpret� este papel hasta el l�mite, desde el iracundo y seco adem�n con que participaba en el combate sin armas hasta el inquebrantable gesto ce�udo con que miraba su cara en el espejo cuando se peinaba brutalmente el pelo negro en el que empezaban a asomar las ra�ces pelirrojas. Hasta que lo que hab�a empezado como un ejercicio de fuerza de voluntad acab� convirti�ndose en un h�bito mental y corporal, una enfermiza, permanente y solitaria ira que se comunicaba r�pidamente a su p�blico, tanto a los instructores como a los alumnos. Casi desde el primer momento aceptaron su relativa rareza, que le permit�a mantener distancias. Es posible que hubieran visto esa misma actitud en otros; Joseph le hab�a dicho que no ser�a la primera. Su costumbre de llevar camisas de hombre adquiri� una macabra dignidad cuando hizo saber que eran las de su asesinado amante. La fr�a pasi�n con que actuaba en las sesiones de pr�cticas de tiro -que iban desde los lanzacohetes manuales sovi�ticos hasta el inevitable Kalashnikov, pasando por la fabricaci�n de bombas con cables el�ctricos rojos y detonadores -impresion� hasta al exaltado Bubi. Era una alumna entregada, pero se manten�a apartada. Gradualmente not� que le mostraban cierta deferencia. Los hombres, incluso los de la milicia siria, dejaron de hacerle proposiciones de forma indiscriminada; las mujeres dejaron de sentir recelos de su despampanante tipo; los camaradas m�s d�biles empezaron a buscar t�midamente su apoyo, y los fuertes la trataron de igual a igual.
En su dormitorio hab�a tres camas, pero al principio no ten�a m�s que una sola compa�era: una diminuta muchacha japonesa que pasaba mucho tiempo rezando de rodillas, pero que no hablaba con los mortales en ning�n idioma que no fuera el suyo. Cuando dorm�a, rechinaba los dientes tan fuerte que una noche Charlie la despert�, se sent� a su lado, cogi�ndole la mano mientras ella lloraba con silenciosas l�grimas asi�ticas, y estuvieron as� hasta que los altavoces empezaron a vomitar m�sica y lleg� la hora de levantarse. Poco despu�s, y sin explicaciones, tambi�n ella desapareci�, para ser sustituida por dos hermanas argelinas que fumaban cigarrillos rancios y parec�an estar tan enteradas como Bubi de todo lo concerniente a armas y bombas. A Charlie le parecieron chicas corrientes, pero los instructores las veneraban por haber sido las autoras de una haza�a armada contra el opresor que nadie lleg� a explicar en qu� hab�a consistido. Por las ma�anas sal�an, todav�a adormiladas, del barrac�n de los instructores, enfundadas en sus monos de lana, mientras las menos favorecidas terminaban sus ejercicios de combate sin armas. De modo que Charlie dispuso durante una temporada de su dormitorio para ella sola, y aunque Fidel, el amable cubano, apareci� all� una noche, tan relimpio y repeinado como un ni�o del coro, dispuesto a estrecharla con su amor revolucionario, ella conserv� su pose de firme abnegaci�n y no le concedi� ni un beso antes de echarlo.
El primero que le pidi� sus favores despu�s de Fidel fue Abdul el norteamericano. Fue a verla una noche, a �ltima hora, y llam� tan suavemente que ella crey� que ser�a una de las argelinas, porque acostumbraban olvidarse la llave. A estas alturas Charlie hab�a deducido que Abdul era un miembro permanente del campamento. Porque trataba a los instructores con gran intimidad, le dejaban mucha libertad, y no ten�a m�s trabajo que el de leer sus aburridos art�culos y citar a Marighella con un atronador acento del profundo Sur, que Charlie sospechaba que era postizo. Fidel, que le admiraba, dijo que era un desertor de la guerra de Vietnam, que odiaba el imperialismo y hab�a llegado all� v�a La Habana.