La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
En cuanto a Gadi Becker, por fin estaba otra vez en marcha. Ante la inminencia de la acci�n, su estilo hab�a adquirido una rapidez decidida y resuelta. Las introspecciones que le hab�an perseguido en Jerusal�n se hab�an disipado; el tormento de la espera ociosa hab�a terminado. Mientras Kurtz dormitaba debajo de una manta del ej�rcito, y Litvak, nervioso y agotado, iba de un lado para otro o manten�a conversaciones secretas por alguno de los tel�fonos, con lo que se estaba poniendo de un humor que no se sab�a cu�l era, Becker montaba la guardia junto a las persianas del ventanal, mirando con paciencia las colinas cubiertas de nieve que hab�a al otro lado del r�o Dreisam. Porque Friburgo, lo mismo que Salzburgo, es una ciudad rodeada de alturas, y todas las calles parecen subir hacia su propia Jerusal�n.
-�Est� aterrada -dijo de repente Litvak a la espalda de Becker. Becker, desconcertado, se volvi� a mirarle.
-�Se ha pasado a ellos -insisti� Litvak. Su voz ten�a una cierta inseguridad.
-�Becker volvi� a la ventana:
-�Parte de ella se ha ido, y otra parte se ha quedado -contest�-. Eso era lo que quer�amos de ella.
-��Se ha pasado a ellos! -repiti� Litvak, queriendo darse cada vez m�s importancia-. Ya ha ocurrido antes con otros agentes. Y ahora ha ocurrido con ella. Yo la vi en el aeropuerto, y t� no. �Parece un fantasma, te lo aseguro!
-�Si parece un fantasma es porque quiere parecerlo -contest� Becker, sin descomponerse-. Es una actriz. Llegar� hasta el final, no te preocupes.
-��Y qu� motivos tiene? No es jud�a. No es nada. Es de los otros. �Olv�date de ella!
Al o�r que Kurtz se mov�a debajo de su manta, Litvak levant� la voz todav�a m�s para meterle tambi�n a �l.
-�Si todav�a es de los nuestros, �por qu� le dio en el aeropuerto a Rachel un paquete de cigarrillos en blanco, eh? Se pasa semanas enteras entre esa chusma, y no nos escribe ni una nota cuando vuelve a aparecer. �Que clase de agente es �se, que es tan leal a nosotros?
Becker parec�a estar buscando la respuesta en las monta�as lejanas.
-�A lo mejor no tiene nada que decir -contest�-. Ella vota con sus actos. No con sus palabras.
Desde las escasas profundidades de su cama de campa�a. Kurtz ofreci� un consuelo so�oliento:
-�Alemania te pone nervioso, Shimon. C�lmate. �Qu� importa con qui�n est�, mientras contin�e mostr�ndonos el camino?
Pero las palabras de Kurtz surtieron el efecto contrario. En su af�n de atormentarse, Litvak tuvo la impresi�n de que se un�an en contra de �l, y eso le puso todav�a m�s furioso.
-��Y si se hunde y confiesa? �Si les cuenta toda la historia, desde Mikonos hasta aqu�? �Sigue mostr�ndonos el camino?
Parec�a estar empe�ado en armarla; no iba a poder quedar satisfecho si no lo hac�a.
Kurtz se incorpor� un poco, apoyado en el codo, y adopt� un tono m�s �spero.
-�Entonces, �qu� hacernos, Shimon? Danos la soluci�n. Sup�n que se ha pasado a los otros. Sup�n que se ha descubierto la operaci�n entera, desde el desayuno hasta la cena. �Quieres que llame a Misha Gavron y le diga que ya no hay nada que hacer?
Becker no hab�a abandonado la ventana, pero se hab�a dado otra vez la vuelta, y estaba contemplando pensativo a Litvak. Litvak, mir�ndoles al uno y al otro, levant� los brazos, un gesto muy sin sentido para hacerlo ante dos hombres tan est�ticos.
-��Anda por ah�, en alg�n sitio! -grit� Litvak-. En un hotel. En un apartamento. En una casa de hu�spedes. Tiene que estar. Acordona la ciudad. Carreteras, trenes, autobuses. Di a Alexis que se encargue de aislarla. Registra las casas una por una hasta que le encontremos.
Kurtz trat� de poner un poco de humor:
-�Shimon, que Friburgo no es la Orilla Occidental.
Pero Becker, que por fin estaba interesado, parec�a querer continuar la discusi�n.
-��Y cu�ndo le hayamos encontrado? -pregunt�, como si no acabara de ver del todo claro el plan de Litvak-. �Qu� hacemos entonces, Shimon?
-��Cuando le encontremos! �Matarle! La operaci�n ha terminado.
-��Y qui�n mata a Charlie? -pregunt� Becker, en el mismo tono razonable-. �Nosotros o ellos?
De repente, todo lo que estaba pasando fue demasiado para que Litvak pudiera aguantarlo solo. Bajo la tensi�n de la noche pasada, v del d�a que iba a venir, toda la enmara�ada masa de sus frustraciones, masculinas y femeninas, subi� de pronto a la superficie. Se puso colorado, con los ojos como brasas, mientras extend�a un brazo delgado y acusatorio hacia Becker.
-��Es una puta, es una comunista y es la amante de un �rabe! -grit�, y lo bastante alto para que pudieran o�rle al otro lado del tabique-. Deshaceos de ella. �A qui�n le importa?
Si Litvak esperaba que Becker armara un esc�ndalo por eso, se llev� una desilusi�n, porque todo lo que hizo fue mover la cabeza, como para confirmar que lo que hab�a estado pensando Litvak desde hac�a alg�n tiempo quedaba m�s que demostrado. Kurtz hab�a apartado su manta. Estaba sentado en la cama, en calzoncillos, con la cabeza inclinada hacia adelante, y frot�ndose su pelo gris y corto con la punta de los dedos.
-�Vete a darte un ba�o, Shimon -dijo-. Un ba�o, un buen descanso, un poco de caf�. Y no aparezcas por aqu� hasta mediod�a. Antes de eso, nada. -Son� el tel�fono-. No contest�is -dijo, y lo cogi� �l mismo, mientras Litvak, mudo de espanto, le contemplaba desde la puerta-. Est� ocupado -contest� en alem�n-. Si, soy Helmuth, �qui�n habla?
Dijo s�; volvi� a decir s�; bien hecho. Colg� el tel�fono. Luego sonri�, con su sonrisa eterna y sin alegr�a. Primero a Litvak, para consolarle, y luego tambi�n a Becker, porque en ese momento sus diferencias no ten�an importancia.
-�Charlie lleg� al hotel de los Minkel hace cinco minutos -dijo-. Rossino est� con ella. Se est�n tomando un buen desayuno juntos, y con mucho tiempo por delante, que es como le gusta hacerlo a nuestro amigo.
-��Y la pulsera? -pregunt� Becker.
Esa parte le gust� m�s a Kurtz:
-�En su mu�eca derecha -contest� orgulloso-. Tiene un mensaje para nosotros. Es una buena chica, Gadi, te felicito.
El hotel hab�a sido construido en los a�os sesenta, cuando la industria del ramo todav�a cre�a en los grandes vest�bulos, llenos de gente, con fuentes luminosas tranquilizadoras, y relojes de oro metidos en las vitrinas. Una escalera doble y amplia sub�a hasta el sal�n de la primera planta, y Charlie y Rossino, sentados en una mesa junto a la barandilla, pod�an ver la puerta principal y la recepci�n. Rossino llevaba un traje de ejecutivo, azul, y Charlie su uniforme de las gu�as sudafricanas, y el Ni�o Jes�s de madera del campo de entrenamiento. Los cristales de sus gafas, que Tayeh se hab�a empe�ado en que fueran aut�nticos hac�an que le dolieran los ojos cuando era ella la que ten�a que vigilar. Hab�an comido huevos con tocino porque estaba muerta de hambre, y ahora estaban tomando caf�, mientras Rossino le�a el Stuttgarter Zeitung, y le obsequiaba de cuando en cuando con alguna noticia divertida. Hab�an llegado a la ciudad a primera hora de la ma�ana, y ella hab�a estado a punto de congelarse, sentada detr�s, en la moto. Hab�an aparcado en la estaci�n del ferrocarril, donde Rossino hab�a hecho varias diligencias, y hab�an ido luego al hotel en taxi. Llevaban all� una hora y durante ese tiempo Charlie hab�a visto a los polic�as de escolta depositar a un obispo cat�lico, y volver despu�s con una delegaci�n del Africa Occidental, vestida con los trajes de su tribu. Tambi�n hab�a visto llegar a un autocar lleno de americanos, y marcharse a otro lleno de japoneses; se sab�a de memoria todos los requisitos necesarios para hacer la inscripci�n, incluido el nombre del que cog�a las maletas de los que llegaban, en cuanto entraban por las puertas correderas, las cargaba en unos carritos peque�os, y se manten�a a cierta distancia mientras los hu�spedes rellenaban sus hojas.
-�Y su Santidad el Papa se propone hacer un viaje por todos los estados fascistas de Sudam�rica -anunci� Rossino detr�s de su peri�dico, en el momento en que ella se levantaba-. A lo mejor esta vez se lo cargan. �Ad�nde vas, Imogen?