La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Imogen -contest� ella, porque Tayeh hab�a dicho que Sa�l era el nombre que ten�an que darle.
-�Levanta la tapa, Imogen. Mete la maleta dentro. Ahora echa una ojeada a ver si ves a alguien. �No te molesta nadie?
Examin� detenidamente el aparcamiento. En la cabina de un cami�n Bedford, cubierto de margaritas, Raoul y una chica a la que no pod�a ver bien, estaban ya a medio camino de la consumaci�n.
Dijo que no hab�a nadie.
Sa�l abri� la puerta del coche.
-�Y ponte el cintur�n, guapa -dijo al sentarse a su lado-. En este pa�s tienen leyes, �sabes? �D�nde has estado, Imogen? �De d�nde has sacado tu bronceado?
Pero las viudas dedicadas al crimen no se ponen a charlar con extra�os. Sa�l se encogi� de hombros, encendi� la radio, y escuch� las noticias en alem�n.
La nieve hac�a que todo pareciera bonito y que el tr�fico fuera prudente. Se abrieron paso entre �l y cogieron una carretera de doble v�a bordeada de edificios. Los copos de nieve se lanzaban contra los faros. Terminaron las noticias y una mujer anunci� un concierto.
-��Te gusta esto, Imogen? Es m�sica cl�sica.
No la quit�, aunque no contestara. Mozart, desde Salzburgo, donde Charlie se hab�a sentido demasiado cansada para hacer el amor con Michel la noche antes de que muriera.
Bordearon el centro de la ciudad y sus luces, y los copos de nieve volaban hacia all� como cenizas negras. Subieron un paso elevado y, desde arriba, vieron a unos ni�os con anoraks rojos que jugaban a tirarse bolas de nieve, en un patio de recreo alumbrado con luces de ne�n. Se acord� del grupo de ni�os que ten�a en Inglaterra, hac�a ya un mont�n de a�os. Lo estoy haciendo por ellos, pens�. Michel m�s o menos hab�a pensado lo mismo. De alguna forma todos lo hacemos. Todos, menos Halloran, que ha dejado de comprenderlo. �Por qu� se acordaba tanto de �l? Porque dudaba, y la duda era lo que hab�a llegado a darle m�s miedo. �Dudar es traicionar�, le hab�a advertido Tayeh.
Joseph tambi�n dec�a lo mismo.
Hab�an entrado en otro pa�s, y la carretera era ahora como un r�o negro metido entre gargantas de campos blancos y bosques cargados. Perdi� la noci�n del tiempo y luego la de las proporciones. Ve�a castillos de ensue�o y pueblos en hilera que se destacaban sobre el cielo p�lido. Las iglesias, que parec�an de juguete con sus c�pulas en forma de cebolla, le daban ganas de rezar, pero ella ya era demasiado mayor para eso, y adem�s la religi�n era una cosa para los d�biles. Vio �ponies� que tiritaban y mord�an balas de heno, y se acord� de todos los caballitos de su infancia, uno por uno. Cada vez que ve�a una cosa bonita, se le iba el coraz�n tras ella, y trataba de que se quedara all�, que se calmara. Pero no hab�a nada que se detuviera, nada que dejara una huella en su mente; era como echar el aliento sobre un cristal bru�ido. De cuando en cuando, les adelantaba un coche; una vez pas� a su lado una moto a toda velocidad, y le pareci� reconocer la espalda de Dimitri, pero estaba ya fuera del alcance de los faros antes de que pudiera tener alguna seguridad.
Subieron una cuesta, y Sa�l empez� a aumentar la velocidad. Torci� a la izquierda y cruz� una carretera, luego volvi� a la derecha y se meti� por un camino. Se ve�an �rboles talados a uno y otro lado, como soldados congelados en un noticiario ruso. A lo lejos, Charlie empez� a distinguir una casa antigua, ennegrecida, con chimeneas altas en el tejado, y por un momento le record� la casa de Atenas. �Delirio, �es �sa la palabra?� Sa�l par� el coche, y apag� y encendi� un par de veces los faros. Desde lo que parec�a el centro de la casa, contestaron haciendo se�ales con una linterna. Sa�l estaba mirando su reloj, contando los segundos en voz alta. �Nueve, diez� tiene que ser ahora�, dijo, y la luz que se ve�a a lo lejos hizo otra se�al. Pas� el brazo por delante de ella, y abri� la puerta.
-�Hasta aqu� hemos llegado, guapa. Ha sido una conversaci�n estupenda. Tranquila.
Con la maleta en la mano, eligi� una rodera y ech� a andar hacia la casa, sin m�s auxilio para ver el camino que la blancura de la nieve y la luz de la luna que se filtraba entre los �rboles. Al acercarse a la casa, pudo distinguir una torre de reloj, que no ten�a reloj, y un estanque helado, con un plinto que tampoco ten�a estatua. Una moto brillaba bajo un cobertizo de madera.
De repente, oy� una voz conocida que se dirig�a a ella, pero reprimi�ndose, como si se tratara de una conspiraci�n.
-�Imogen, ten cuidado con el tejado. Como te caiga un pedazo en la cabeza, te deja en el sitio. Imogen -bueno, Charlie-, qu� absurdo es esto.
Un momento despu�s, un cuerpo fuerte y suave hab�a salido de la oscuridad del porche para abrazarla, aunque se lo estorbaran algo la linterna y la pistola que llevaba.
Dej�ndose arrastrar por una rid�cula gratitud, Charlie devolvi� el abrazo a Helga.
-��Helga, santo Dios, eres t�, cu�nto me alegro!
A la luz de la linterna, Helga la gui� por un vest�bulo con el suelo de m�rmol, del que hab�an arrancado ya la mitad de las piedras; y luego, con cuidado, por una escalera combada y sin barandilla. La casa se estaba muriendo, pero alguien se hab�a encargado de acelerar su muerte. Las paredes estaban cubiertas de pintadas rojas; los picaportes de las puertas y la instalaci�n el�ctrica, arrancados. Charlie, recobrada otra vez su hostilidad, intent� soltar su mano, pero Helga se la apret� coma si tuviera derecho a hacerlo. Pasaron por una serie de habitaciones vac�as, cada una de ellas lo bastante grande como para celebrar un banquete. En la primera, hab�a una estufa de porcelana hecha pedazos y rellena de peri�dicos. En la segunda, una prensa de mano, cubierta de polvo, y rodeada de montones de hojas impresas amarillentas tiradas por el suelo, restos de anteriores revoluciones. Entraron en otra habitaci�n, y Helga enfoc� su linterna sobre una masa de carpetas y papeles tirados en una alcoba.
-��Sabes lo que hacemos aqu� mi amiga y yo, Imogen? -pregunt�, subiendo de repente la voz-. Mi amiga es fant�stica. Es Verona, y su padre era un aut�ntico nazi. Un terrateniente, un industrial, lo que quieras. -Solt� la mano, pero s�lo para coger a Charlie por la cintura-. Se muri�, as� es que estamos vendi�ndolo todo para vengarnos. Los �rboles, a los que acaban con los �rboles. La tierra, a los que destruyen la tierra. Las estatuas y los muebles, al mercado de trastos viejos. Si vale cinco mil, lo damos por cinco. Aqu� estaba el escritorio de su padre. Lo hicimos astillas con nuestras propias manos y lo quemamos en una hoguera. Como s�mbolo. Era el cuartel general de su campa�a fascista, aqu� firmaba sus cheques, y preparaba todas sus acciones represivas. Lo hicimos trizas y lo quemamos. Y ahora Verona es libre. Es pobre, pero es libre, se ha unido a las masas. �No te parece fant�stica? A lo mejor t� debieras haber hecho lo mismo.
Una escalera de servicio sub�a dando vueltas hasta un corredor largo. Helga se puso delante. Charlie o�a m�sica folk arriba, y notaba olor a petr�leo quemado. Llegaron a un descansillo, pasaron una serie de dormitorios de los criados, y se pararon delante de la �ltima puerta. Sal�a un poco de luz por debajo de ella. Helga dio unos golpecitos, y habl� en alem�n. Descorrieron un cerrojo y se abri� la puerta. Helga entr� primero e hizo se�as a Charlie para que entrara.
-�Imogen, �sta es la camarada Verona. -Su voz tom� un tono autoritario-. �Vero!
Una chica regordeta y asustada acudi� a recibirlas. Llevaba un delantal y unos pantalones negros y anchos, y ten�a el pelo cortado como un chico. Una Smith amp; Wesson, metida en una funda, colgaba de sus caderas gordas. Verona se limpi� con el delantal, y las dos se dieron un apret�n de manos burgu�s.
-�Hace un a�o, Vero era tan fascista como su padre -coment� Helga, con la debida autoridad-. Una esclava y una fascista, las dos cosas. Ahora, lucha. �No es verdad, Vero?
Una vez despedida, Verona volvi� a cerrar la puerta, y luego se fue a un rinc�n, donde estaba guisando algo en un hornillo. Charlie pens� si no estar�a so�ando para sus adentros con el despacho de su padre.
-�Ven, mira qui�n est� aqu� -dijo Helga, y la llev� al otro lado de la habitaci�n.