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La chica del tambor

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La chica del tambor
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-��Hola, t�a! -dijo Abdul, col�ndose en el dormitorio con una sonrisa en los labios, antes de que ella tuviera tiempo de cerrarle la puerta en las narices. Se sent� en la cama de Charlie y empez� a liar un pitillo.

-��L�rgate! -dijo ella.

-�Claro -dijo �l, que sigui� liando el pitillo. Era alto, con entradas y, visto de cerca, muy flaco. Llevaba uniforme militar cubano y ten�a una sedosa barba casta�a a la que parec�a faltarle pelo.

-��C�mo te llamas en realidad? -pregunt� �l.

-�Smith, Leila Smith.

-�Me gusta. Smith. -Y repiti� el apellido varias veces en diversos tonos-. �Eres irlandesa, Smith? -Encendi� el pitillo y se lo ofreci� a Charlie. Ella le ignor�-. Tengo entendido que eres propiedad privada de mister Tayeh. Admiro tu buen gusto. Tayeh no se conforma con cualquier cosa. �C�mo te ganas la vida, Smith?

Ella cruz� el dormitorio a grandes zancadas, fue a la puerta y la abri� de golpe, pero �l se qued� en la cama, sonriendo levemente con una mueca maliciosa a trav�s del humo de su pitillo.

-��No quieres joder? -pregunt� �l-. �Qu� pena! Esas Fr�uleins son como elefantes enanos de circo. Pensaba que t� y yo pod�amos elevar un poco el nivel. Hacer una demostraci�n de las Relaciones Especiales).

Se levant� l�nguidamente, tir� el pitillo al lado de la cama y lo apag� con la bota.

-��No tendr�s por casualidad un poco de hach�s para este pobre hombre, Smith?

-��Largo! -dijo ella.

Accediendo pasivamente a la voluntad de Charlie, se le acerc� arrastrando los pies. Luego se detuvo y levant� la cabeza, y se qued� quieto; ella se sinti� muy violenta al ver que los ojos agotados y sin personalidad del norteamericano se hab�an llenado de l�grimas y que, con un nudo en la garganta, la miraba con una infantil expresi�n de s�plica.

-�Tayeh no quiere permitirme que salte del tiovivo en marcha -se quej� el norteamericano. Su acento del profundo Sur hab�a dado paso a un acento corriente de la Costa Este-. Cree que mis bater�as ideol�gicas se han descargado. Y me temo que acierta. Es como si ya no me acordara del razonamiento seg�n el cual cada beb� muerto es un paso hacia la paz mundial. Lo cual es una lata para quien ha matado a unos cuantos. Tayeh se lo toma muy deportivamente. Es un tipo deportivo. ((Si quieres irte, vete�, dice. Y se�ala al desierto. Deportivamente.

Como un pordiosero desconcertado, cogi� la mano derecha de Charlie entre las suyas y se qued� mirando la palma vac�a.

-�Me llamo Halloran -explic�, como si a �l mismo le costara recordarlo-. Donde dice Abdul debes leer Arthur J. Halloran. Y si alguna vez pasas delante de alguna embajada de Estados Unidos, te estar�a agradecid�simo si dejaras una nota diciendo que Arthur Halloran, el que fuera miembro de la troupe de Boston y de Vietnam, y �ltimamente soldado de ej�rcitos no tan oficiales, desear�a regresar corriendo a casa y pagar la deuda que ha contra�do con la sociedad antes de que esos macabeos locos aparezcan por esas colinas y nos hagan papilla a todos. �Querr�s hacerme este favor, Smith? Al fin y al cabo, a la hora de la verdad nosotros, los anglosajones, somos superiores, �no te parece?

Ella no pod�a apenas moverse. Una irresistible sensaci�n de mareo la hab�a invadido con la misma fuerza que la primera sensaci�n de fr�o que tiene un cuerpo muy malherido. Lo �nico que quer�a era irse a la cama. Con Halloran. Para proporcionarle el consuelo que ped�a y extraerle a cambio otro tanto. No le importaba que a la ma�ana siguiente �l pudiese delatarla. Que lo hiciera. Lo �nico que sab�a es que no soportaba, ni una noche m�s, aquella infernal celda vac�a.

El reten�a todav�a su mano. Ella le dej�, matando el tiempo como un suicida que mira anhelante desde el alf�izar de una ventana la calle que est� muy abajo, a sus pies. Despu�s, haciendo un tremendo esfuerzo, se liber�, y con las dos manos a la vez empuj� el esquel�tico cuerpo del norteamericano, que no ofreci� resistencia, hacia el exterior.

Se sent� en la cama. Era, sin duda, la misma noche. Pod�a oler todav�a el cigarrillo de �l. Ver la colilla apagada en el suelo.

�Si quieres irte, vete�, dijo Tayeh. Luego se�al� al desierto. �Tayeh es un tipo muy deportivo.�

�No hay miedo que se le pueda comparar -hab�a dicho Joseph-. Tu valent�a ser� como el dinero, ir�s gast�ndola, cada vez m�s, y una noche te mirar�s los bolsillos y estar�s sin un c�ntimo. Entonces es cuando empieza la verdadera valent�a.

�No hay m�s que un principio l�gico -hab�a dicho Joseph-, t�. No puede quedar m�s que un superviviente, t�. No hay m�s que una persona en la que puedes confiar, t�.�

Se qued� junto a la ventana, preocupada por la arena. No hab�a pensado que la arena pudiera remontarse tan alto. De d�a, domada por el ardiente sol, yac�a d�cil y baja, pero cuando, como en este momento, brillaba la luna, se hinchaba formando inquietos conos que saltaban de un horizonte a otro, y supo que con el tiempo acabar�a derram�ndose hasta el barrac�n a trav�s de la ventana, y la dejar�a tiesa en pleno sue�o.

Su interrogatorio empez� a la ma�ana siguiente y dur�, seg�n los c�lculos que hizo al terminar, un d�a entero y dos medias noches. Fue un proceso alocado e irracional, seg�n quien fuese el sujeto al que le tocaba el turno de chillarle y seg�n se tratara de desafiar su compromiso revolucionario o de acusarla de ser una delatora brit�nica, sionista o norteamericana. Mientras dur�, la excusaron de participar en todas las lecciones y la obligaron a encerrarse en su barrac�n entre una sesi�n y la siguiente, bajo arresto domiciliario, aunque a nadie parec�a importarle que fuera a dar un paseo sola por el campamento. Se turnaban cuatro chicos �rabes muy fervientes que actuaban por parejas y le ladraban las preguntas previamente preparadas que iban leyendo en unos cuadernos escritos a mano; lo que m�s los enfurec�a era que ella no entendiese su mal ingl�s. No le pegaron, aunque quiz�s hubiera sido m�s f�cil si lo hubiesen hecho, porque al menos hubiera podido saber cu�ndo les gustaban sus respuestas y cu�ndo no. Pero cuando se enfurec�an resultaban bastante aterradores. A veces le gritaban con el rostro pegado al de ella, la cubr�an de escupitajos, y luego la dejaban, presa de n�useas y jaqueca. Otro de los trucos consist�a en ofrecerle un vaso de agua, y luego tir�rselo a la cara cuando ella estaba a punto de cogerlo. Pero la siguiente sesi�n, el chico que hab�a sido el instigador de esta escena ley� delante de sus tres colegas una declaraci�n de culpabilidad, y despu�s abandon� la estancia profundamente humillado.

Otra vez la amenazaron con dispararle un tiro por su conocida vinculaci�n con el sionismo y la reina de Inglaterra. Pero cuando incluso entonces se neg� a admitir estos pecados, parecieron perder inter�s y empezaron a contarle con mucho orgullo historias de sus aldeas de origen, que no hab�an visto jam�s, y le dijeron que en ellas viv�an las mujeres m�s hermosas, y crec�an los mejores olivos y las mejores vi�as del mundo. Y fue entonces cuando Charlie supo que hab�a regresado a la cordura, y a Michel.

Un punkah el�ctrico empez� a funcionar; de las paredes colgaban unas cortinas grises que ocultaban parcialmente unos mapas. Por la ventana, que estaba abierta, Charlie pod�a o�r los intermitentes golpes sordos de las pr�cticas con bombas que llegaban del campo de tiro de Bubi. Tayeh se hab�a instalado en el sof�, y estirado en �l una pierna. Su cara llena de heridas ten�a un aspecto p�lido y enfermizo. Charlie estaba de pie delante de �l, como una ni�a que se ha portado mal, con la mirada baja y la mand�bula agarrotada de ira. Hab�a intentado hablar una vez, pero Tayeh hab�a impedido que lo hiciera desviando su atenci�n al sacar una botella de whisky del bolsillo y pegarle un trago. Se sec� los labios hacia los dos lados con el dorso de la mano, como si llevara bigote, que no era el caso. Jam�s le hab�a visto Charlie tan contenido, ni tan inc�modo en su presencia.

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