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La chica del tambor

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La chica del tambor
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A la ma�ana siguiente, regres� a Jerusal�n y, tras presentarse en la calle Disraeli, pas� casi todo el d�a errando por las calles de la ciudad en la que hab�a librado tantas batallas y visto el derramamiento de tanta sangre, incluyendo la suya. Y todav�a daba la sensaci�n de que estuviera cuestionando todo lo que ve�a. Miraba con deslumbrado desconcierto las est�riles arcadas del barrio jud�o reci�n reconstruido; se sent� en los vest�bulos de los alt�simos hoteles que actualmente echan a perder el perfil de los tejados de Jerusal�n, y contempl� meditabundo los grupos de honrados ciudadanos norteamericanos procedentes de Oshkosh, Dallas y Denver, reci�n descargados de sus jumbos, con su buena fe y su mediana edad, para mantener el contacto con sus antepasados. Se asom� a las peque�as tiendas que vend�an caftanes �rabes bordados a mano y artefactos �rabes garantizados por los due�os; oy� la inocente charla de los turistas, inhal� sus caros perfumes y les oy� quejarse, aunque con amabilidad y camarader�a, de la calidad de los bistecs al estilo de Nueva York, que no parec�an tener el mismo sabor que en Estados Unidos. Y pas� una tarde entera en el Museo del Holocausto, mirando preocupado fotograf�as de ni�os que, de haber sobrevivido, tendr�an ahora su edad.

Despu�s de enterarse de todo esto, Kurtz interrumpi� antes de lo fijado el permiso de Becker y le puso a trabajar otra vez. �Ent�rate de todo lo de Freiburg -le dijo-. Repasa las bibliotecas. Ent�rate de las personas que conocemos all�, obt�n los planos de la universidad. Consigue planos de los edificios y de la ciudad. Averigua todo lo que necesitamos y m�s. Y tenlo todo listo para ayer.�

-�Los buenos combatientes -le dijo Kurtz a Elli para consolarse-, no son nunca gente normal. Si no son absolutamente necios, tienden a pensar demasiado.

Pero Kurtz se asombr� a s� mismo cuando descubri� hasta qu� punto pod�a a�n encolerizarle la oveja descarriada.

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