El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
Llevé a Kate a un sitio llamado Ecco, y entramos. Es un lugar grato y acogedor, con el sabor del viejo Nueva York, salvo por lo que se refiere a los precios. Mi ex y yo solíamos ir allí, ya que ambos trabajábamos en la zona, pero eso no se lo mencioné a Kate.
El maître me saludó por mi nombre, lo que nunca deja de impresionar a los invitados. El local estaba abarrotado pero fuimos conducidos a una excelente mesa para dos situada junto al ventanal principal. Los tipos de la policía neoyorquina que van de traje y llevan armas son bien tratados en los restaurantes de Nueva York, y supongo que otro tanto ocurre en todo el mundo. Aunque yo no tendría ningún problema en renunciar a mi posición y a este tipo de privilegios a cambio de un buen retiro en algún lugar de Florida.
Bueno, pues el local estaba lleno de políticos del Ayuntamiento y otros organismos municipales. Éste es una especie de centro de poder para la élite municipal provista de abultadas cuentas de gastos; un lugar donde el impuesto municipal sobre ventas se recicla retornando momentáneamente al sector privado para retornar luego nuevamente a la ciudad. La cosa funciona realmente bien.
Kate y yo pedimos al dueño, que se llamaba Enrico, vasos de vino de ocho dólares. Blanco para la señora, tinto para el caballero.
Una vez que Enrico se fue, Kate dijo:
– No tienes que pagarme una comida cara.
Claro que tenía que hacerlo. Sin embargo, respondí:
– Realmente, te debo una buena comida después de ese desayuno.
Rió. Llegó el vino.
– Tal vez necesite recibir aquí un fax -le dije a Enrico-. ¿Puedes darme tu número?
– Desde luego, señor Corey. -Apuntó el número de fax en una servilleta de papel y se fue.
Kate y yo entrechocamos nuestros vasos, y yo dije:
– Slainté.
– ¿Qué quiere decir eso?
– A tu salud. Es gaélico. Yo soy medio irlandés.
– ¿Qué mitad?
– La izquierda.
– Quiero decir, ¿por parte de madre o por parte de padre?
– De madre. Papá es mayormente inglés. Menudo matrimonio. Se mandan cartas bomba el uno al otro.
– Se echó a reír y observó:
– Los neoyorquinos se preocupan mucho de sus orígenes. Eso no se ve en el resto del país.
– ¿De veras? Qué aburrido.
– Como aquel chiste que contaste sobre los italianos y los testigos de Jehová. Tardé unos segundos en cogerlo.
– Tengo que presentarte a mi ex compañero, Dom Fanelli. Es más gracioso que yo.
Etcétera, etcétera. Yo había estado allí antes pero, por alguna razón, esta vez era diferente.
Estudiamos los menús, como dicen, yo estudiando el lado derecho, Kate estudiando el lado izquierdo. El lado derecho era un poco más exorbitante de lo que yo recordaba pero me salvó el sonido del móvil. Lo saqué del bolsillo y contesté:
– Corey.
– Bien, estoy en el estudio del fallecido -dijo la voz de Calvin Childers-, y aquí hay una foto de ocho hombres delante de un cazarreactor que alguien me dice que es un F-111. La fecha de la foto es el 13 de abril, y el año es 1987, no 1986.
– Sí… bueno, era una especie de misión secreta, así que quizá…
– Sí, entiendo. Bueno, pero ninguno de los tipos de la foto está identificado por su nombre.
– Maldita…
– Espera, muchacho. Calvin está en el caso. Así que voy y encuentro luego una foto grande en blanco y negro con el título de «Cuarenta y Ocho Ala Táctica de Cazas, base de la Royal Air Forcé de Lakenheath». Y hay unos cincuenta o sesenta tíos en la foto. Y está rotulada con los nombres, primera fila, segunda fila y de pie. Así que pongo la lupa delante de sus caras y localizo las que se corresponden con los ocho tipos de la foto del F-111. Vuelvo luego a la foto grande y de la lista de nombres tomo los de esos ocho individuos. Siete, ya sé el aspecto que tiene Waycliff. Bien, entro luego en la agenda telefónica personal del difunto y obtengo siete direcciones con sus números de teléfono.
– Excelente -dije-. ¿Quieres mandarme por fax esos nombres y números?
– ¿Qué gano con ello?
– Una comida en la Casa Blanca. Una medalla. Lo que quieras.
– Sí. Probablemente, una temporada en Leavenworth. Bueno, aquí, en el despacho del difunto hay un fax. Dame el número del tuyo.
Le di el fax del restaurante.
– Gracias, muchacho. Buen trabajo -dije.
– ¿Dónde crees que está ese tal Jalil?
– Está visitando a esos pilotos. ¿Hay alguno en la zona de Washington?
– No. Florida, Carolina del Sur, Nueva York…
– ¿Dónde en Nueva York?
– Veamos… el tipo se llama Jim McCoy… vive en un sitio llamado Woodbury, tiene el despacho en el Museo Cuna de la Aviación de Long Island.
– Muy bien. ¿Qué más?
– ¿Quieres que te lo mande por fax o que te lo lea?
– Mándamelo. Y, ya que estás en ello, mándame también por fax la foto de los ocho hombres. Y anota en la foto quién es cada uno. Y, ya puestos, mándame por correo aéreo una buena foto, comunícame el número del vuelo y enviaré a un agente subalterno a recogerla.
– Eres insaciable, Corey. Bueno, déjame salir de aquí antes de que empiece a llamar la atención. Ese Jalil es un tipo perverso, Corey -añadió-. Te mandaré unas fotos de la escena del crimen.
– Yo te mandaré unas de un avión lleno de cadáveres.
– Cuídate.
– Siempre lo hago. Te veré en la Casa Blanca. -Colgué.
Kate me miró.
– Tenemos todos los nombres y direcciones -le dije.
– Espero que no sea demasiado tarde.
– Estoy seguro de que lo es.
Llamé a un camarero.
– Necesito la cuenta y necesito que me traiga un fax recibido aquí, en el aparato del establecimiento. Dirigido a Corey.
Desapareció. Bebí mi vaso de vino, y Kate y yo nos levantamos.
– Te debo una comida -dije.
Nos dirigimos hacia la puerta de salida, se nos acercó el camarero, le di un billete de veinte dólares y él me dio dos páginas manuscritas y la foto, que no estaba muy clara, transmitido todo ello por fax.
Salimos a Chambers Street, y, mientras regresábamos con paso rápido a Federal Plaza, leí en voz alta los nombres, ordenados alfabéticamente.
– Bob Callum, Colorado Springs, Academia de la Fuerza Aérea. Steve Cox, con la indicación: muerto en combate, Golfo, enero 1991. Paul Grey, Daytona Beach/Spruce Creek, Florida. Willie Hambrecht, a éste ya lo conocemos, Jim McCoy, en Woodbury…, eso está en Long Island. Bill Satherwaite, Moncks Corner, Carolina del Sur. ¿Dónde diablos está eso? Y por último un tipo llamado Chip Wiggins, en Burbank, California, pero Cal indica que esta dirección y su número de teléfono estaban tachados en la agenda de Waycliff.
– Estoy tratando de imaginar los movimientos de Jalil -dijo Kate-. Sale en taxi del aeropuerto Kennedy a eso de las cinco y media de la tarde, presumiblemente en el taxi de Gamal Yabbar. ¿Va entonces a casa de Jim McCoy, llevado por Yabbar?
– No lo sé. Lo sabremos cuando hablemos con Jim McCoy.
Mientras andábamos, marqué en el móvil el número de la casa de McCoy pero sólo me respondió un contestador automático. No quería dejar un mensaje demasiado alarmante, por lo que dije:
– Señor McCoy, soy John Corey, del FBI. Tenemos razones para creer que… -¿Qué? ¿Que el mayor hijo de puta del planeta anda buscándolo?-… que tal vez esté usted siendo buscado por un hombre que quiere vengarse por su participación en la incursión aérea de 1986 sobre Libia. Por favor, póngase en contacto con la policía de su localidad y llame también a las oficinas del FBI en Long Island. Tome nota de mi número directo en Manhattan. -Se lo di y agregué-: Extreme las precauciones. Le aconsejo que usted y su familia se trasladen inmediatamente a otro lugar.
Colgué.
– Quizá piense que se trata de una broma, pero puede que la palabra Libia le convenza. Apunta la hora de mi llamada -le dije a Kate.