El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
– ¿Señor Tannenbaum? -preguntó.
El hombre se puso en pie.
– Sí. ¿Señor Perleman?
Se estrecharon la mano, y el hombre que se llamaba a sí mismo Tannenbaum preguntó:
– ¿Quiere tomar un café?
– Creo que debemos irnos -respondió Jalil, y salió de la cafetería.
El hombre pagó su café en la caja y se reunió fuera con el señor Perleman. Salieron del edificio y echaron a andar en dirección al parking.
– ¿Ha tenido un buen viaje? -preguntó el señor Tannenbaum, hablando todavía en inglés.
– ¿Estaría aquí, si no?
El hombre no respondió. Percibía que el compatriota que caminaba a su lado no buscaba compañía ni conversación.
– ¿Está seguro de que no lo han seguido? -preguntó Jalil.
– Sí, estoy seguro. No estoy implicado en nada que pudiera atraer la atención de las autoridades.
– Ahora lo está. No haga suposiciones de ese tipo, amigo -replicó Jalil en árabe.
– Desde luego. Le ruego me disculpe -contestó en árabe el otro.
Se aproximaron a una furgoneta estacionada en el parking. En uno de sus costados se leía: «Servicio rápido de reparto – Local y estatal – Entrega garantizada en el día o al día siguiente.» Seguía un número de teléfono.
El hombre abrió las puertas y se sentó al volante. Jalil subió al asiento del copiloto y miró a la trasera de la furgoneta, en la que se veía una docena de paquetes.
El hombre puso el motor en marcha.
– Sujétese el cinturón para que no nos pare la policía -pidió.
Jalil se sujetó el cinturón, conservando sobre las rodillas el maletín negro.
– Carretera Cuatro-Cinco-Cero, norte -ordenó.
El hombre arrancó, salió del parking y luego dejó atrás el aeropuerto municipal. A los pocos minutos circulaban por una interestatal en dirección norte. Jalil y el conductor miraban sus respectivos espejos retrovisores en tanto el coche iba ganando velocidad.
El cielo se había llenado de claridad, y Jalil miró a su alrededor mientras continuaban avanzando hacia el norte. Vio indicadores de salidas a Century City, Estudios de la Twentieth Century Fox, West Hollywood, Beverly Hills y algo llamado UCLA. Jalil sabía que Hollywood era el lugar donde se hacían las películas norteamericanas pero el tema no le interesaba y su conductor no se prestó a informarle.
– En la trasera llevo unos paquetes dirigidos al señor Perleman -dijo el conductor.
Jalil no respondió.
– Naturalmente -añadió el conductor-, no sé qué hay en ellos pero confío en que encuentre usted todo lo que necesita.
Jalil siguió sin responder.
El conductor permaneció en silencio, y Jalil advirtió que se estaba poniendo nervioso, así que se dirigió a él por su verdadero nombre:
– De modo, Azim, que eres de Bengasi.
– Sí.
– ¿Echas de menos a tu país?
– Desde luego.
– Y echas de menos a tu familia. Tengo entendido que tu padre vive todavía en Libia.
Azim titubeó.
– Sí.
– Pronto podrás visitarlo y llenar de regalos a tu familia.
– Sí.
Permanecieron un rato en silencio, y ambos continuaron mirando los espejos retrovisores.
Se aproximaban al cruce de la Interestatal con la autovía de Ventura. Al este quedaba Burbank, y al oeste, Ventura.
– Me dijeron que tenía usted la dirección del lugar de su entrevista -observó Azim.
– A mí me dijeron que la tenías tú -replicó Jalil.
Azim estuvo en un tris de salirse de la carretera y empezó a tartamudear:
– No… no… Yo no sé nada… me dijeron…
Jalil se echó a reír y le puso la mano en el hombro.
– Oh, sí. Lo olvidaba. Tengo la dirección. Toma la salida a Ventura.
Azim forzó una sonrisa e incluso consiguió soltar una risita. Luego pasó al carril derecho y tomó la salida hacia Ventura.
Asad Jalil miró el amplio valle lleno de casas y edificios comerciales y luego volvió la vista hacia los altos montes que se alzaban a lo lejos. Reparó también en las palmeras, que le recordaron a su país.
Ahuyentó los recuerdos de la patria y pensó en su próximo bocado. Elwood Wiggins había sido una presa escurridiza pero finalmente lo había localizado en Burbank. Después, se había trasladado inesperadamente al lugar llamado Ventura, más al norte a lo largo de la costa. De hecho, este traslado resultó fatal y situó a Wiggins más cerca de donde Asad Jalil se proponía poner fin a su visita a Estados Unidos. Jalil no podía dudar de que la mano de Alá estaba moviendo a los últimos jugadores de la partida que se estaba llevando a cabo.
Si el teniente Wiggins estaba en casa, Asad Jalil podría terminar su negocio y pasar a otro todavía por realizar.
Si el teniente Elwood Wiggins no estaba en casa, cuando finalmente regresara a ella encontraría allí a un león hambriento esperando para desgarrarle la garganta.
Jalil soltó una risita, y Azim lo miró y sonrió, pero su sonrisa se esfumó en el acto al ver la expresión que acompañaba a la risa. Azim sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca mientras miraba a su pasajero, que parecía haberse transformado de hombre en bestia.
CAPÍTULO 46
Marqué un número de Washington, D. C, y una voz respondió:
– Homicidios. Detective Kellum.
– Aquí John Corey, de la policía de Nueva York, Homicidios. Busco al detective Calvin Childers.
– Tiene coartada para esa noche.
Todo el mundo tiene su veta de gracioso. Seguí el juego y respondí:
– Es negro, va armado y es mío.
Kellum se echó a reír.
– Un momento -dijo.
Esperé un minuto, y Calvin Childers se puso al aparato.
– Hola, John. ¿Qué tal por la Gran Manzana?
– De maravilla, Cal. La misma mierda de siempre. -Terminadas las cortesías, dije-: Estoy trabajando en el asunto de la Trans-Continental.
Soltó una exclamación de sorpresa.
– Vaya, ¿cómo te has metido en eso?
– Es una larga historia. Para serte sincero, ahora estoy trabajando para el FBI.
– Sabía que acabarías mal.
Reímos los dos. Cal Childers y yo habíamos asistido años atrás al antes mencionado seminario celebrado en el cuartel general del FBI, y simpatizamos mutuamente por razones que tenían que ver sobre todo con nuestros problemas con la autoridad y con los federales. Fue Cal quien me contó el estúpido chiste de la fiscal general.
– ¿Has averiguado ya quién mató a los Wheaties? -le pregunté.
Se echó a reír y exclamó:
– Oye, ¿eran de piedra aquellos tíos o qué? Estaban allí sentados, con su cara de palo y sin tan siquiera la sombra de una sonrisa. ¿Trabajas para esos gilipollas?
– Estoy con un contrato corto y atado más corto aún.
– Ya. ¿Y qué puedo hacer por ti?
– Verás… ¿quieres que sea sincero o tengo que andar con esas chorradas de cuanto menos sepas mejor?
– ¿Estamos en antena?
– Probablemente.
– ¿Tienes un móvil?
– Claro.
– Llámame.
Me dio su número directo. Colgué y le dije a Kate, que había vuelto de dondequiera que sea adonde van las mujeres cuando se cabrean:
– Disculpa. ¿Puedo usar tu móvil?
Estaba haciendo algo en su ordenador, y, sin pronunciar palabra ni dirigirme una mirada, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y me dio su teléfono.
– Gracias. -Marqué el número directo de Calvin, contestó, y dije-: Bien, ¿estás trabajando en el caso del general Waycliff?
– No. Pero conozco a los tipos que lo llevan.
– Estupendo. ¿Tienen alguna pista?
– No, ¿y tú?
– Tengo el nombre del asesino.
– ¿Sí? ¿Está detenido?
– Todavía no. Por eso necesito tu ayuda.
– Descuida. Dame el nombre del asesino.